martes, febrero 27, 2024

Un viaje astral – Teresita Balderas y Rico

Estoy en el aeropuerto de la Ciudad de México, en espera del avión que nos llevará a España. Me acompañan mi hijo Miguel Ángel y mi nuera Carla América. Ellos caminan rápido, en busca de información. Los espero cuidando las maletas. 

El registro del equipaje, y la espera, me parecieron una eternidad. 

─Ya es hora de abordar. ¿Le ayudo con el bolso, doña Sofi? ─dijo Ame (América).

El avión despegó a las 23.45, con destino a Madrid. Planeamos quedarnos un día en esa bella ciudad; al siguiente viajaremos a París, después a Florencia, Italia.    

Acomodé mi butaca, dispuesta a disfrutar el viaje. Abrí el libro Revolución, de Arturo Pérez Reverte. Me concentré en la lectura, sólo la abandoné para ir al sanitario.   

Al regresar, leí dos páginas. Empecé a sentir mucho sueño, raro en mí, jamás he dormido cuando viajo. No sé cuánto tiempo transcurrió. Desperté al escuchar: “Estamos por llegar al aeropuerto de Barajas de la Ciudad de Madrid, vamos a aterrizar, abrochen sus cinturones”.

Entramos a una de las grandes salas de espera, había gente en constante movimiento.

─Mami, tú siéntate. Ame y yo recogeremos las maletas. 

─Gracias, hijo, guardaré mis energías —respondí.

Acaté las órdenes. ¿A dónde podría ir sin conocer el lugar? Me entretuve observando lo que sucedía. Llamó mi atención el vestuario de la gente que recién había llegado. Me pareció la moda de principio del siglo XX, supuse que era para algún festival, ya que cuando entramos a la sala vestían lo acostumbrado en esta época de abril, 2023.

Los minutos pasaban. El movimiento era constante, la gente se aglomeraba buscando a sus familiares, o lugares disponibles para viajar. Los que esperaban hacían señas para ser vistos. En el reencuentro, los abrazos, besos, lágrimas de alegría, eran un continuo.

Sentí que alguien estaba observándome, quise saber quién lo hacía. Su mirada era como un imán, localicé el lugar de procedencia. Era una chica muy guapa, tal vez tendría dieciocho o veinte años. Movió sus manos y sonrío.  

Sorprendida, devolví el saludo por cortesía. No tenía parientes o amigos que vivieran en Madrid. 

Caminó hacia mí. Creí haberla visto en otro lugar, pero no recordaba dónde. Al acercarse recordé a quien se parecía. Deseché mi pensamiento, no era lógico. Al levantar el rostro, ella estaba frente a mí.

─Por fin viniste, Sofi. Desde que salí de la casa de tu madre, he estado esperándote.

─¿Quién eres?, no te conozco ─dije.  

─Eso es mentira. Tú me recuerdas con frecuencia, me has mencionado en tus escritos. Mírame bien.

─Te pareces a mi abuelita Salomé, pero ella murió hace muchos años, tenía más de cincuenta; tú eres muy joven.

─La edad es un convencionalismo inventado por la sociedad. En la dimensión donde estoy, es una cuestión relativa ─dijo la hermosa joven.

─Vamos a mi casa, vivo en el centro de la ciudad. Te presentaré a mis padres, tus bisabuelos. 

─No debo moverme. Estoy esperando a mi hijo y mi nuera. Fueron a recoger las maletas.

─No te preocupes, Sofi, todavía no recogen el equipaje. Además, ellos están en el aeropuerto de Barajas en Madrid y nosotras estamos en Barcelona. 

─¿Dónde?—exclamé asustada. 

─En Barcelona, en marzo de 1909. Caminemos un poco, el auto lo dejé a tres cuadras ─dijo tranquilamente mi supuesta abuela. 

Era un hermoso automóvil antiguo, comparados con los de 2023. Autos, carretas y gente de diferentes edades se desplazaban por la calle.  

Mi mente era un caos. No entendía lo que estaba sucediendo. La bella chica manejaba el auto.  

─Mi padre trascendió a otra dimensión antes que tú nacieras, quiere conocerte.

─No comprendo, esto es enigmático. No sé cómo dirigirme a ti, si decirte Salomé o abuelita. Tú eres una jovencita y yo tengo la edad de una abuela. 

─Me extraña que no quieras entenderlo, bien que has leído sobre física cuántica y las líneas curvas en el universo ─dijo mi bella abuela, un tanto divertida.

La casa era muy bella, con balcones, amplios pasillos y macetones.  En el patio había una fuente con una escultura de Venus. 

Salomé me instaló en un salón muy elegante.

─Avisaré a mis padres que estás aquí.  

Al verlos, supe que eran mis bisabuelos. 

─Bienvenida a tu casa. Perdón, no me he presentado. Soy Rosario Cervantes Quevedo, tu bisabuela.

─No sé si esto es un viaje astral, o estoy soñando, pero ya no importa. El conocerlos en un gran regalo en mi vida terrenal.  

─Yo soy José Antonio Vargas López, tu bisabuelo.  

Iniciamos una interesante charla, acompañada con un exquisito vino y deliciosas tapas. 

Quise saber por qué, si habían fallecido en la tercera década del siglo XX, pude encontrarme con ellos en un viaje que inicié en la Ciudad de México rumbo a Madrid, donde debo estar esperando a mi hijo y mi nuera y me encuentro en Barcelona, en la casa de mis bisabuelos, con una abuela muy joven. ¡Esto es la locura! 

─En la dimensión donde estamos, podemos realizar viajes cuando existe una razón para hacerlo. Nuestra apariencia física será acorde a la época y lugar donde estemos ─dijo mi bella abuela.

─¿Qué pasará conmigo?, ¿voy a regresar a lugar donde me dejó mi hijo?

─No te preocupes, todo regresará a la llamada realidad. 

Comentaron que, por situaciones políticas, pronto viajarían a México. Querían verme porque he mencionado a mi abuela Salomé en mis escritos.

Hablaron de la trascendencia al dejar el plano terrenal. No sé cuánto tiempo pasamos juntos, reíamos felices de cualquier comentario.

─Pronto será hora de partir. Nos ha dado gusto conocerte, Sofía Ángela ─dijo mi guapa bisabuela. 

─Quiero saber el origen de mis familiares ─expresé. 

─Podría ser en un próximo encuentro ─dijo mi abuela.

Mi bisabuelo, José Antonio, se despidió con un cálido apretón de manos; luego, los cuatro nos dimos un prolongado abrazo. No pudimos evitar la caída de una lagrimita. 

─¿Me regresarás al aeropuerto? pregunté a Salomé. 

─No será necesario, tu cuerpo no se ha desplazado, solo tu ser.

─Te quise mucho, Salomé, nunca te he olvidado.

─Sí, fue el propósito de este viaje astral. Te regalo esta pulsera, sé que te gustan.

 ─Es bellísima, gracias. 

Mi abuela la puso en mi mano derecha.  

─Nos veremos después ─dijeron al unísono. 

Una tenue neblina envolvió el hermoso salón.

─Hola ma, tardaron mucho en entregar las maletas, ¿no te aburriste? 

No podía hablar. Me preguntaba si lo que recordaba lo había soñado o vivido, porque parecía tan real. 

Fue solo un sueño, me dije para tranquilizarme.

─¡Qué pulsera tan bonita! ¿Dónde la compró, doña Sofi?, parece muy antigua, ─expresó mi nuera.

No pude responder…

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