En ocasiones, el amanecer y el atardecer se dan la mano. Cuando este momento tiene lugar, en los seres humanos emergen emociones, ilusiones, alegría por la vida. La energía de los presentes es positiva, se unen formando una gran bengala, cuya brillantez ilumina a quienes por diversas circunstancias están con las personas indicadas, en el tiempo, lugar y espacio propicios.
Por circunstancias de la vida, fui testigo de una reunión familiar. La buena charla, las sonrisas de bebés, niños, adolescentes, jóvenes, adultos en pleno desarrollo laboral y personas con años acumulados, todos fuimos cobijados con la energía positiva emanada de cada uno de los presentes.
En ese evento, se desarrolló una historia de amor filial. La matriarca de la familia, unos días antes, había estado muy grave. Una de sus hijas, desde que era muy jovencita, ha procurado atender a sus padres, hermanos y, por supuesto, a su propia familia: esposo, tres hermosas hijas que actualmente están casadas.
Ella, al observar la fragilidad de la salud de su mamá, optó por reunir a toda la familia, para mejorar el estado de ánimo de Elenita, su madre. Decidió adelantar el festejo del cumpleaños, maravillosos 89 años. Esta bondadosa, empática, amorosa mujer, está viviendo un hermoso atardecer, pleno de amor filial.
Suelo decir que la vida es una aventura; los sucesos inesperados me lo han confirmado. El festejo fue en un salón de fiestas del cual ignoraba su existencia. Se encuentra ubicado en el número 161 B de la calle de Madrid en la colonia España, al norte de la ciudad de Querétaro. Es un espacio agradable, nuevo, con buen gusto en su diseño. Lo necesario para sentirse en armonía.
Los recuerdos ocuparon mis pensamientos. Haría treinta años o más de que no pasaba por esa colonia, que tardó años en poblarse, pues decían sus moradores que estaba muy lejos del centro. Era la primera vez que transitaba por la calle de Madrid. Las piezas se acomodaban para que las neuronas despertaran, construyendo sinapsis en el festejo de Elenita, mujer de corazón puro. Con la convivencia suscitada en esa reunión familiar, mis ilusiones y esperanzas de un México seguro y progresista renacieron.
Con rapidez, la anfitriona se movía de una mesa a otra, acomodando lo necesario para recibir a los invitados. Se cercioraba de que todo estuviera listo, antes del arribo de la invitada principal.
Desde la mesa donde estábamos mi esposo y yo, teníamos una vista panorámica, observábamos a familias sonrientes saludando. Los afectuosos abrazos cobijaban amorosamente a los invitados a su llegada. Con cierta discreción, veía el orgullo de los padres acercarse con sus hijos, unos estudiando prepa, otros en la universidad, el hijo recién casado con su bella esposa. Otros, felices de estar con sus hijas que ya crecieron, cada una acompañada de su novio.
Algo llamó mi atención: los niños no andaban corriendo de un lado a otro ni gritando haciendo ruido; se reían y platicaban entre ellos. Cuando una familia llegaba, pasaba a todas las mesas a saludar. Los niños, muy respetuosos, saludaban a la abuelita, los tíos, primos.
Adultos y adolescentes portaban su celular. En general, sólo lo atendían al recibir alguna llamada, luego lo alzaban, no era necesario usarlo. La plática entre amigos y parientes estaba divertida, solo se escuchaban sus risas.
Me sentí muy feliz de reencontrarme con niños y jóvenes que aman la vida, están conscientes de asumir responsabilidades y de las buenas actitudes que, en el diario acontecer, facilitarán su desempeño en un buen empleo, sin meterse en problemas que enturbien su vida.
La presencia de los niños me trajo gratos recuerdos, aquellas experiencias vividas y jamás olvidadas con los alumnos de primer grado de la Escuela Primaria Benito Juárez de la comunidad de Pie de Gallo, perteneciente a la Delegación de Santa Rosa Jáuregui, municipio de Querétaro. Los recuerdo con mucho cariño. Aquellos niños ahora son padres de familia.
Sí, la vida es una aventura. Mi memoria viajó al siglo XX, para meterse en aquel salón de clases con niños y niñas deseando aprender leer, escribir y hacer cuentas, como lo pedían sus padres.
Escuché a unas madres jóvenes hablar del adelanto de sus hijos en la escuela. La hija de una de ellas cursaba el preescolar; la otra, el primer grado de primaria. Su mirar se iluminaba al compartir los logros académicos de sus pequeños.
Yo no era la festejada, pero disfruté esa fiesta tan especial. Renacieron en mí las ilusiones y se activó la esperanza.
Tuve la fortuna de esta cerca de Elenita. Tuvimos una charla muy amena, llena de recuerdos. Sonreía como niña traviesa, cuando me platicó lo que había sucedido. Su hija “Yolanda, a quien decimos Yoyis”, organizadora del festejo, le dijo que había sido invitada toda la familia a una fiesta de quince años, que pasarían por ella a las cuatro de la tarde.
─Yo venía a disfrutar la fiesta de la quinceañera y resulta que la festejada soy yo ─dijo riendo Elenita.
Su rostro, surcado por las huellas de los años, y la brillante luz que emanaba de sus pupilas denotaban un espíritu joven. En ese momento, los años no contaban.
La vida y el tiempo forman un importante binomio. Si aprendemos a valorarlo, tendremos grandes momentos de felicidad. De no ser así, la vida se va sin haber aprovechado el tiempo.
Fragmento de un poema del filósofo y escritor, Miguel de Unamuno:
Agranda la puerta, padre, porque no puedo entrar.
La hiciste para los niños, yo he crecido a mi pesar.
Si no me agrandas la puerta, achícame, por piedad.
Vuélveme a la edad aquella, en que vivir era soñar.







