sábado, diciembre 3, 2022

Un día de esos – Teresita Balderas y Rico

En la vida existen momentos donde tiempo y espacio se conjugan al crear situaciones no planeadas.

Cursaba el segundo año en mi formación de profesora en la Escuela Normal del Estado de Querétaro “Andrés Balvanera.”  vivía en el Barrio de Santa Catarina, al Norte de la ciudad. Recorría varias calles para llegar a la escuela. 

En la madrugada, había caído una tormenta. Algunos árboles estaban derribados, varios postes se sostenían con los alambres, formando columpios. Parecía que en cualquier momento se desencadenaría un efecto dominó.

Ese día portábamos el uniforme de gala, habría una ceremonia cívica en la escuela. Caminaba moviéndome de un lado a otro, no porque me hubiera tomado un juguito de uva, lo hacía para evitar meterme en los charcos. Antes de cruzar la vía del tren, el agua había perforado la barda de unos terrenos, formando una zanja. 

 “Ahora, ¿qué hago me pregunté?”, tendría que dar un gran salto. Resultó un problema duro de resolver, el lodo estaba resbaladizo.  

No veía cómo salvar el obstáculo. En ese momento, se acercó un señor alto y delgado, fácilmente podría pasar sin caerse. Vi en él, mi salvación. Con vocecita de niña extraviada, me dirigí a quien esperaba me sacara del atolladero.

─ Señor, buenos días ¿por favor me ayuda a pasar la zanja?

─ Señorita, no sé si yo pueda pasar.

Lo animé diciéndole que sí podía hacerlo. Sugerí que me diera la mano y saltaba con él. 

─ Deje brinco y le doy la mano.

Si saltaba el solo, se iría sin ayudarme. Cuando él brincó, lo pesqué del cinturón, el jalón que le di detuvo el salto, quedó con un pie al frente y el otro en una piedra en medio de la zanja. 

Nos podíamos haber caído, como pudo se agarró de una rama. Muy disgustado dijo, “¡señorita suélteme!”, claro que no lo solté, no estaba dispuesta a caerme en el agua lodosa. “¡Suélteme, suélteme le digo, que se me están cayendo los pantalones!” Yo había permanecido con la vista en el agua, y la mano derecha en el cinturón del furioso hombre.

Cuando alcé la vista, ¡oh santo cielo, qué cara tan horrible estaba frente a mí! ¡Efectivamente, se le estaba cayendo el pantalón y no traía calzones el pobre individuo! 

Por fin logramos pasar, cuando ya me sentí a salvo, dije: Lo siento señor, perdóneme, al tiempo que corría. Lo escuché decir muy enojado “¡qué señorita tan terca, ya se amoló mi cinturón!” 

En aquellos años solíamos decir “patitas para que las quiero”. Corrí y corrí, pensaba que el señor me alcanzaría para que le pagara el cinturón. Paré a una cuadra de la escuela.

La mayoría de mis compañeros estaban formados con su impecable uniforme de gala, las calcetas muy blancas, ya se han de imaginar cómo estaban las mías. Fui corriendo al baño a lavar los zapatos y las calcetas, solo pude quitarles el lodo. 

 Con los zapatos haciendo un espantoso ruido, me acerqué a mi grupo, volteaban a verme.

Cuando se trata de esconder algo, se hace más notorio. Los compañeros empezaron a preguntar “¿qué te pasó te caíste o qué?”, algo así, fue mi respuesta. La ceremonia estaba a punto de empezar y un grupito continuaba haciendo preguntas indiscretas. 

 El director había ordenado que iniciara el programa, si nos veía platicando nos regañaría frente a todos, podría expulsarnos. Como becada peligraba mi estancia en la escuela.  Por fortuna, los chicos regresaron a sus lugares. 

Término el acto cívico, las preguntas siguieron. Comenté que por el rumbo donde vivía, había llovido mucho. Pero un compañero super latoso, no quedó satisfecho.  Entramos al salón, y él quería conocer más detalles.

─ Oye Tamara, ¿en dónde andabas, por qué te fuiste a meter en los arrabales?

─No estés molestando, déjame dar un repaso a mis apuntes, dije a mi amigo, él, insistía.

─ Me tienes intrigado, Tamara, ¿por qué estás llena de lodo?, ten cuidado, no vayas a enlodar tu honor.

Terminó con mi poca tolerancia y grité. ¡Ya cállate! Para mi mala suerte, estaba entrando la maestra de psicología que, por sus actitudes me parecía la madre superiora del convento.  

De inmediato empezó el regaño.  

─ Creo que me equivoqué de lugar, vengo al sacro templo de la sabiduría y me encuentro ante un mercado, ¡porque un grito como el suyo señorita Tamara, es de un mercado! 

Esperé a que terminara su letanía mirando hacia el piso, no quería que ella se diera cuenta de lo enojadísima que estaba. 

Una vez que terminó de regañarme, dije: “Lo siento maestra usted tiene toda la razón, nuestra conducta debe ser impecable. No permitiré que mis problemas personales interfieran en mis estudios”. En esta parte de mi pequeño discurso observé que su rostro se había dulcificado un poco, y agregué: “Gracias que la tenemos a usted maestra, que nos guía al darnos buenos consejos”.

Fue uno de esos días donde todo sale mal, y se termina diciendo: “ya nada más falta que un perro me orine. No lo van a creer, pero a la salida de clases, me puse a platicar con mis amigos, pasó un perro y estando un poste a modo, se paró a orinar, nos quitamos rápido para evitar la mojada. Mi amigo el latoso estaba con nosotros, soltó la carcajada y dijo:

─ De plano Tamara, hoy la traes chueca. Necesitas con urgencia una limpia con los brujos de Catemaco, o por lo menos ir a bailar a Chalma. A cualquier lugar que decidas ir, me ofrezco para acompañarte. Recuerda que soy tu muy atento amigo y seguro servidor.           

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