jueves, septiembre 29, 2022

Talento sobrevalorado – Sandra Fernández 

Dicen que los artistas somos comprometidos, creativos, apasionados y originales además de otras tantas peculiaridades que pienso son verdad, además de que creo firmemente que estamos un poco locos. Somos los que nos detenemos a mirar la majestuosidad de un atardecer o nos embelesamos con una melodía hasta las lágrimas o somos capaces de tejer intrincadas historias atormentadas y hasta un poco dramáticas. Imaginamos escenarios imposibles, irreales, con personajes fantásticos. Vivimos en otro mundo, en el nuestro, en donde todo es posible. 

Somos capaces de amanecernos guiados con esa hambre de espíritu, siguiendo esa voz que rebota dando vueltas en nuestra cabeza y nos impide conciliar el sueño como si fuera una bestia que circula en nuestras venas y necesita ser alimentada. O como una enfermedad que necesita ser curada, y sí: en verdad es así… la enfermedad se llama locura.  

Lo cierto es que para ser artista y vivir de nuestras habilidades poco alineadas con el mundo real se necesita valor. Valor de a de veras, para mostrarnos al mundo a través de nuestras obras. Es como desnudarnos, subirnos a un estrado y aguantar estoicamente las miradas lascivas, curiosas o hasta indiferentes, así como los halagos y las críticas justificadas o no, pero al fin críticas que son como cuchillas o dardos que traspasan nuestra piel.

Y somos tan apasionados, que si nuestras obras reciben un halago, por mínimo que sea, de inmediato nuestro afán de gloria se ve saciado y nos embarga una emoción que compensa cualquier exigua retribución económica. Lo cual, sobra decir, no es propio de nuestros tiempos, ya que al artista se le consideraba desde tiempos remotos como un artesano con poca estima. Ya lo decía Plutarco: “Disfrutamos de la obra y despreciamos al artista”.

Y tal parece que derrochamos creatividad por cada poro, que las ideas frescas e innovadoras salen como caballos desbocados para plasmarse sobre la hoja en blanco o sobre el lienzo sin estrenar, así, sin más. Y me encantaría decir que así es. Pero no: no lo es. Es la mentira más grande del mundo. Lo invito, querido amigo, a mirar las cantidades oníricas de trabajo, dedicación y disciplina que se requieren para alimentar a la bestia que llevamos dentro.  El tiempo discurre como un elemento más y que preferimos ignorar para no caer en la desesperación y en la angustia de ver la vida pasar mientras perseguimos a la inspiración que esquiva nuestros anhelos.

Hay una idea acerca del talento que poseemos y que pudiera ser una idea equivocada, ya que el talento en mi opinión está sobrevalorado. Si bien es cierto es que abundan los seres excepcionales dotados de un entendimiento artístico superior y casi sobrehumano, la verdad es que la gran mayoría de los artistas somos seres terrenales que, a base de horas de trabajo, frustraciones, decepciones, lágrimas, sangre, aprendizaje, prueba y error, podemos ir avanzando en este camino lleno de escollos, pero, como ya lo dije, sumamente satisfactorio.

Y es ahí, en donde los artistas nos identificamos. En la enorme pasión que le impregnamos a nuestras obras. Después de todo, la mayor enseñanza que he recibido al admirar una obra es el enorme respeto que me infunde el artista que la creó. Todos por igual; artistas visuales, músicos, digitales, escénicos, literarios. Profesionales o autodidactas. Artistas liberales, conceptuales, autónomos y urbanos, todos por igual, son dignos de mi admiración. 

Porque a través del arte el mundo se ha embellecido. Y porque el artista nos muestra algo que somos incapaces de ver, sentir, admirar, escuchar, palpar o soñar por nuestra sola cuenta. Ya lo dijo Picasso: “El objeto del arte es quitar el polvo de la vida diaria de nuestras almas.” 

En honor a todos los artistas que con sus obras imperfectas, mundanas y fantásticas nos han hecho soñar.

Por: Sandra Fernández

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