lunes, julio 13, 2026
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Sin visa ni pasaporte / Por: Tersita Balderas y Rico

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Muerte, palabra corta de significado grande. Hoyo negro en la densidad de la eternidad. Fiel compañera de la humanidad, ha caminado con ella a través de su construcción histórica.

El ser humano aparenta tranquilidad cuando se habla de la muerte, cosa más alejada de la realidad. Sabido es que un día vendrá por cada uno de los moradores de este mundo para cruzar el último umbral. Debemos tener claro que la única verdad que conocemos en nuestro periodo de vida, es que vamos a morir. Al momento de nacer, se inicia la cuenta regresiva rumbo al último segundo de existencia.

Los humanos nos aferramos a nuestro pequeño tiempo y espacio de vida en este planeta. Por mal o bien que lo estemos pasando, no queremos morir, a excepción de los suicidas.

Se requiere cierto temple para hablar de la muerte. Es complejo aceptar la desaparición física. Resulta difícil soltar las amarras de quien se va, tal vez porque nos recuerda que algún día llegará nuestro turno. La resignación, el miedo y el terror son sentimientos anidados en el espíritu humano, por la incertidumbre a lo desconocido; al no saber lo que pueda o no existir más allá de lo que llamamos vida. Tal vez por ello, los seres de este planeta en su devenir histórico, han creado las religiones, los ritos, las ofrendas, haciéndolos suyos en la práctica de usos y costumbres.

La sensibilidad del ser humano busca construir un atracadero en donde asir su barca cuando llegue la hora de navegar en la inmensidad de la eternidad y en la tranquilidad del silencio.

Una forma de congratularse con la muerte es el culto que los pueblos realizan en diferentes regiones del mundo. México es un país en donde se le rinde culto a la muerte. Se elaboran altares acordes a los usos y costumbres de los lugareños. Realizan ritos religiosos o paganos. Ofrecen plegarias y ofrendas a sus difuntos, tratando de estar en buenos términos con la muerte misma.

En lugares como Oaxaca, Michoacán, pueblos del Estado de México, el culto a los muertos se ha convertido en ceremonias que traspasan la frontera del lugar en donde se realizan. El arte, la religiosidad y el recuerdo latente de los que han partido, están presentes en la memoria de los familiares.

Los festejos atraen a personas de otros países, que desean observar ese culto ancestral hacia la muerte.

Alondra cerró el libro que estaba leyendo: Vida más allá de la muerte. Cada vez que lee o escucha algún tema acerca de que morir es una realidad, son más las interrogantes que las respuestas formuladas en su cerebro. No le agrada la temática. Sin embargo, la curiosidad tratando de encontrar algo que tranquilice su vida es más fuerte que su aberración a incursionar en ella.

La lectura le recordó a Alondra que debía revisar los implementos para la puesta del altar que acostumbra a elaborar desde hace veinte años. Lo realiza en honor a sus seres queridos que han partido. También lo hace para que sus hijos se enteren de ciertas tradiciones en México.

Al revisar los objetos que guarda celosamente para el altar, de manera inconsciente derramó una lágrima. Inició con la fotografía de uno de sus familiares, el número ha crecido. Actualmente utiliza dos mesas para dar cabida a los homenajeados y a las ofrendas. Con tristeza observa que son más los que se han ido que los que aún están.

La lectura y la revisión de los objetos provocaron que Alondra rememorara los incidentes de la muerte de su madre.

Sucedió la mañana del sábado 30 de abril de 2005. Alondra se encontraba trabajando cuando le avisaron que su madre había fallecido. En ese momento un leve llanto acompañó la noticia. No había tiempo para más, era necesario empezar los trámites para el funeral.

El médico que atendió a su progenitora en los últimos años de su existencia, llenó el formato del certificado de defunción. Se equivocó en la escritura de una vocal, trató de corregir el error encimando la letra que correspondía.

El velorio fue la tarde y noche de ese sábado.

El día siguiente fue domingo 1° de mayo, día festivo; motivo por el cual era reducido el personal para atender las demandas de servicio en el Registro Civil. Alondra y una sobrina que le acompañó iniciaron el viacrucis suscitado en los trámites de ley. Primero la fila de espera para ser atendida, la revisión de los documentos solicitados y llenar algunos formularios. Al revisar el certificado de defunción, fue rechazado por el error cometido. Había que hacerlo de nuevo.

Fue necesario entregar ese documento en el Hospital General, recoger un nuevo formato y buscar al médico para que lo volviera a elaborar y firmar. Entre el hospital y el domicilio del médico, había una gran distancia de por medio. Una vez

con el certificado estuvo correcto, regresaron para terminar la tramitología y obtener el permiso para la cremación.

Mientras esto sucedía, se estaba llevando a cabo la misa de cuerpo presente, la cual terminó dos horas antes de los trámites del Registro Civil.

Alondra habló a la funeraria. Solicitó que dejaran el féretro en el domicilio familiar. Les explicó los problemas suscitados, motivo por el cual llegarían más tarde. Llamaría cuando ya tuvieran los documentos expedidos para trasladar el féretro al lugar de la cremación.

Aproximadamente a las doce del día culminaron los trámites. Fue una sorpresa inusitada la que se llevaron Alondra y su sobrina: la carroza y toda la gente que había asistido a misa, las esperaban. Agradeció su generosidad y partieron al crematorio. Con todo el trajín de los trámites, Alondra no se había dado tiempo para llorar la pérdida de su madre.

Se realizó el novenario en la casa materna. Estaba planeado llevar la urna a la cripta cuando terminaran los rosarios. Se postergó la ceremonia a petición de familiares que deseaban estar en la misa, así es que la urna fue depositada en la cripta el domingo 15 de mayo, día de Pentecostés.

Parecía que ya todo había terminado. No fue así. Al día siguiente, Alondra empezó a sentir un cansancio físico y un agobio moral. Recordaba a su madre, pero no había podido llorar su pérdida.

Una amiga la llevó casi a empujones con un médico que cursó su carrera en la UNAM y tenía ciertos dones para sanación. Vivió varios años con los monjes tibetanos. Aprendió medicina alternativa y sanación a través de plegarias.

Alondra se vio de pronto sentada frente al médico, quien la saludó amablemente y la invitó a comentar algo de los acontecimientos relevantes que le habían ocurrido. Ella empezó a narrar las vicisitudes de la muerte de su madre. Se dio cuenta de que estaba llorando porque lágrimas silenciosas corrían por sus mejillas, tan abundantes que mojaron sus manos.

También escuchó al médico orar, no se enteró en qué momento él se puso de pie para decir las plegarias. La concentración en la oración transformó el rostro blanco del médico en un tono escarlata. Grandes gotas de sudor perlaban su frente. Alondra lo observaba perpleja. Ella guardó silencio y esperó a que culminara su oración. Cuando terminó de orar, el rostro del médico reflejaba serenidad y alegría, Alondra no sabía lo que estaba pasando. Cuando él salió del trance habló.

—El mensaje ha sido entregado, sus padres se podrán encontrar ─dijo el médico.

—No comprendo ─comentó Alondra.

—Todo lo que sucedió en el funeral de su madre tiene una explicación, lo que ella quería era mandarle un mensaje a su padre a través de usted.

—Sigo sin entender ─expresó Alondra.

—Las fechas 30 de abril y 15 de mayo están relacionadas con usted, Alondra, con su profesión. Se fueron dando las circunstancias para que así sucediera.

—No sé qué decir doctor, me cuesta trabajo comprender lo que usted expresa y a la vez me siento diferente, con energía renovada.

—¿Trae un espejo Alondra? Me gustaría que viera su rostro, luce brillante y juvenil.

—No, pero buscaré uno para hacer lo que usted sugiere.

—Su figura se ve erguida, cuando usted llegó venía encorvada y con paso lento.

—Doctor, me explica por favor: ¿cuál fue el mensaje y por qué yo?

El médico y curandero espiritual explicó a Alondra que su madre, antes de morir, le pidió a Dios que le permitiera encontrar a su marido en el otro mundo, ya que cuando él falleció ella estaba muy enferma y no lo vio partir. Alondra fue el enlace para la petición.

Le dijo que el mensaje había sido recibido y que en algún momento en la eternidad ellos se encontrarían. Alondra quedó asombrada con lo que escuchó, sobre todo con la paz que a su espíritu llegó.

A la semana siguiente, Alondra pudo soñar a su madre. Estaba de pie en una amplia calzada, poblada de árboles altos, de verde follaje. Al fondo había un árbol con el tronco más grueso, menos alto y más frondoso. Todo el follaje era blanco, de él salían tenues rayos de luz. El color del cielo era azul ultramar.

Alondra se dirigió a su mamá y le dijo: Después de todo, te fuiste en un día muy bonito, ¡mira qué belleza!

Alondra está convencida de que a través de ese sueño pudo despedirse de su madre.