lunes, diciembre 5, 2022

Sin embargo – Rodolfo Lira Montalbán

En ese lejano país en donde, por extraño que parezca, la justicia ni era pronta ni era expedita, llegó el día señalado para ejecutar el embargo judicial de aquel cliente que no pudo, o no quiso, honrar sus compromisos crediticios. El gerente de la empresa defraudada se reunió con sus abogados frente al domicilio del deudor. Un ficus de follaje impenetrable les sirvió como escondite. Las ocho de la mañana, era la hora que se señalaba en los pormenores de la diligencia judicial.

            Muchas veces se habían visto estos personajes en esta penosa experiencia. Estaban cansados de ser vistos como los malos de la película. La gente solía acusarlos. Despojar de sus pertenecias a una familia era un acto desalmado. Pocos sabían quién era en realidad el malo. El abusivo que pidió una mercancía a crédito con la promesa de pagarla en el transcurso de unas semanas y que, tras meses después, cien llamadas de la encargada de créditos y cobranzas, y cincuenta visitas del cobrador, se negaba a pagar.

—Señor, tenemos un cheque que el banco nos reporta sin fondos.

—¡No puede ser mío! ¿Qué fecha tiene el cheque?

—Es de hace un mes, señor.

—¿Y hasta ahorita me avisan que “rebotó”? 

—Hasta hoy lo está reportando el banco.

—Pues lo siento. Si ustedes no tuvieron la delicadeza de avisarme a tiempo, yo no me puedo hacer responsable.

Lindas anécdotas como esta contaba la encargada del incomprendido departamento de créditos y cobranzas, odiado por los vendedores. No entendían cómo es que una venta le era negada a su cliente. Su comisión corría peligro de esfumarse. “¡Qué exageración!” decían. “¡Qué falta de criterio”, “pues si solo está atrasado con tres meses!”.  

Las ventas de la tienda dependían de los créditos. El dueño, después de revisar los números con el gerente, terminaba siempre molesto: “Tal parece que en vez de mercancía vendemos créditos, ya parecemos banco”. Imposible eliminar esa política, la competencia los haría pedazos. Impedidos para mejorar la calidad de los productos o su precio, los créditos eran su instrumento para la venta.

Proveniente del latín creditum: creer, confiar. Era el sustantivo que tenían que empuñar. Arma poderosa de doble filo, capaz de destruir a quien no la sabe esgrimir con destreza. Muchas firmas comerciales cerraron sus puertas a cuenta de esto. Las leyes eran claras y protegían al crédulo. Pero las autoridades y sus procedimientos, gracias a “amables donaciones”, defendían al estafador. Cada mes, en la revisión de los números, el ritmo de la taquicardia del gerente de la tienda era semejante al de los dedos del dueño, que tamborileaban sobre el escritorio. 

La orden de proceder con una demanda judicial era la declaratoria de la derrota. Aún con todos los requisitos salvados: contratos, pagarés, facturas, firmas por aquí y por allá. En ese país extraño, la sentencia no progresaba.

Un extranjero llegó a la tienda a ofrecer sus mercancías. Su oferta de dejarlas a cambio de la simple entrega de un cheque, era muy atractiva. El gerente, como buen samaritano, lo puso sobre aviso: el riesgo de ser víctima de un fraude era muy alto. Pese a todo, el foráneo se resistía a creerle:

—Lo que usted me dice, me parece increíble. En mi país, un cheque es como dinero en efectivo, el banco tiene la obligación de pagarlo y ¡ay de aquel, que no tenga fondos suficientes en su cuenta! De inmediato es boletinado y ningún banco lo podría aceptar como cliente.

El portador de la advertencia suspiró conmovido. En su extraño país, esto era un sueño inalcanzable. Esa mañana, había sido partícipe del procedimiento de embargo que aún lo tenía contrariado. Después de esperar tras del frondoso ficus por más de media hora, por fin, los actuarios se constituyeron en el domicilio del deudor. La negativa de este para abrirles, fue doblegada después de que leyó los documentos que le hicieron llegar por debajo de la puerta. Las autoridades y los acreedores, introducidos en el domicilio, señalaron los bienes. Las lágrimas de la esposa acompañaron a sus amenazas. El deudor solicitó que su guitarra eléctrica no se considerara en el inventario. Petición denegada.

En la soledad de su oficina, el gerente se debatía entre dudas y remordimientos. Como diletante de la música y asiduo al bar del pueblo, sabía que su deudor, además de ser comerciante, por las noches participaba en el grupo musical que amenizaba ese lugar, haciéndose acompañar por su legendaria guitarra. Sin ella, este pobre hombre estaría perdido. El gerente, sabedor de que esta garantía era infalible para recuperar el adeudo, decidió apersonarse esa noche en el bar y, a pesar de su profundo sentido del deber, decidió devolver la guitarra. El asombrado músico deudor recibió conmovido a su amado instrumento. Al siguiente día, la deuda, que ya casi celebraba su primer aniversario, fue pagada en su totalidad. La noticia, fue música para los oídos del gerente melómano.

www.paranohacerteeltextolargo.com

Twitter: @LiraMontalban

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