Cuando tengo insomnio, suelo buscar en el televisor algún canal cuyos temas me parezcan interesantes, programas que hablen de los recientes hallazgos en ciudades con cientos de años de antigüedad. Con la nueva tecnología, se han descubierto ciudades subterráneas que fueron edificadas antes de la Era Cristiana. Son grandes descubrimientos.
La narrativa que no me agrada, porque me trae terribles recuerdos, es sobre seres extraños o sucesos inexplicables.
A principios de la segunda mitad del siglo XX, los barrios ubicados al norte de la ciudad de Querétaro, entre ellos: El Retablo, San Sebastián, La Trinidad, El Cerrito, San Roque, Santa Catarina y San Gregorio, se encontraban en completo abandono, no había servicios básicos. Para las autoridades de aquella época, no era prioridad atenderlos.
Quienes vivían en el centro de la ciudad, poco conocían de ellos, o tal vez ignoraban su existencia. Están ubicados después de Avenida Universidad. Para algunas personas era difícil su localización, se decía que estaban en La Otra Banda.
Los barrios mencionados se vestían de gala en las fiestas patronales. Cada barrio tiene su comité, los habitantes consideran un honor ser asignados a esa comisión. El comité responsable de la preparación de la Fiesta Patronal asumía con responsabilidad su cargo, era en honor a la Virgen o santo tutelar de la capilla del barrio. Disponían de un año para su preparación. Había una especie de competencia no dicha. Cada comité quería hacerlo mejor que el anterior, sabía que la gente lo reconocería.
Fue en el barrio de Santa Catarina en 1953, cuando sucedió la historia que contaré, yo tenía siete años. Los recuerdos son tan claros que pareciera que sucedieron ayer.
Era una calurosa noche de verano de brillante luna llena, que alumbraba con su luz plateada al barrio. Los chicos salían a jugar, las madres también aprovechaban aquel ambiente, salían a la puerta de su casa con una silla para sentarse y platicar con las vecinas o alguna comadre, mientras sus hijos jugaban.
Los juegos para niños y niñas eran diferentes: los niños se divertían jugando al burro castigado, al bote pateado; niños y niñas creaban sus propios juguetes. No había dinero, pero sí imaginación. Creaban un aro con un pedazo de alambre, hacían un gancho y con él empujaban el aro. Para jugar en el día, tenían juguetes hechos de cactus, láminas, pedazos de madera, cualquier material era bueno.
En esa ocasión, las niñas jugábamos a la roña, los encantados, también algunas rondas, entre ellas la rueda de San Miguel.
En esa noche en especial, afuera de la casa de mi vecina se reunieron varias señoras, entre ellas mi mamá. La conversación de las mamás era sobre los hijos. Las familias eran numerosas, tenían que ingeniárselas cada día para que la comida alcanzara a todos. Ellas se ayudaban mutuamente al compartir algunos guisos y señalando el lugar donde vendían más barato.
A las ocho se empezaron a retirar las señoras, llevándose a sus hijos. Mi hermanita y yo queríamos seguir jugando, nuestra vecina intercedió por nosotras y nos quedamos. El grupo quedó integrado por doña Paz, su hija Elena de trece años, mi hermanita María Pueblito, yo, y un hermoso perro gris con rayas blancas llamado Tuz.
La casa de mi vecina estaba ubicada a media cuadra de la calle de Esmeralda, entre San Roque y Fraternidad. En honor a la verdad, solo eran callejones con piedras de tamaños diversos, algunas gigantescas. Cuando llovía, se convertía en un arroyuelo. A los chiquillos del barrio nos encantaba meternos en él, sin importar que nos castigaran.
Enfrente de la casa de mi vecina había un enorme árbol, era un mezquite.
Felices continuamos jugando. Doña Paz se integró al grupo, estaba feliz, por minutos se olvidó de su edad, jugaba con nosotros como si fuera una niña.
Había pasado tal vez media hora, cuando en la esquina de San Roque, dio vuelta hacia la calle de Esmeralda un señor vestido de blanco: calzón, camisa, patío, faja roja y un sombrero de ala ancha, a la usanza campesina, como los que se usaban en la época de la revolución, a principios del siglo XX. Desde que apareció volteamos a verlo, siguiendo cada paso.
La luz de la luna nos permitió observar detenidamente cada movimiento. Su figura era erguida, su paso lento pero firme, como hipnotizadas, seguíamos su andar. Antes de él, habían pasado varias personas que saludaban con amabilidad, a quienes respondíamos el saludo de buenas noches, sin fijarnos en ellas. Este señor atrapó nuestra atención desde que dio vuelta en la esquina. Pronto pasaría frente a nosotras. El Tuz empezó a gruñir. La señora Paz dijo a Elena:
─Agarra al perro, puede morder al señor.
Su hija obedeció.
Como ladraba fuerte, nos tapamos los oídos. Conforme el señor avanzaba, el Tuz cambió el ladrido por fuertes aullidos. Estaba muy nervioso su pelo se erizó, logró soltarse, corriendo se metió a su casa. El aullido se convirtió en llanto. El perro tenía varias formas de comunicarse, pudo mostrar sus emociones. Nosotras no podíamos abrir la boca. Por fin, el señor llegó frente a donde estábamos, su andar se perdió en el mezquite. Esperábamos que pasara, pero no salía, algo inexplicable pasaba tras el enorme mezquite.
La señora empezó a rezar, pensamos que algo malo sucedía. Estábamos muy asustadas.
─Pobre señor, tal vez un fuerte dolor no lo deja caminar, vamos a verlo.
Temblando y, tomadas de la mano fuimos al árbol, el señor todo vestido de blanco no estaba. No pudo irse a otro lado sin verlo, había desaparecido. Muertas de miedo regresamos corriendo a casa, nos caímos varias veces.
Doña Paz envió un telegrama a su esposo para que vinera por ellas, él trabajaba en un pozo petrolero. Cinco días después del suceso, un camión hacía la mudanza de la vecina. No hemos vuelto a verla.
Han pasado muchos años, pero, cuando hay luna llena, no puedo evitar recordar aquel momento de terror, habíamos visto un espíritu errante. “El aparecido de la luna llena”.







