Tenía una mente privilegiada, que le llevó a alcanzar todas sus metas. Fue un hombre polifacético, catalogado como genio por sus contemporáneos.
En el libro El Teacher, firmado por los hermanos Enrique y Jorge Landaverde Trejo, se recopilan datos vitales de este ingeniero, profesor de inglés y de matemáticas, ampliamente recordado por su paso por el Colegio Civil, institución que más tarde se convirtió en la Universidad Autónoma de Querétaro. Su periodo de docencia abarca esta transición. Sus alumnos lo nombraban Teacher, y así pasó a la historia regional, con este cariñoso mote.
Eduardo Loarca Castillo, en el prólogo de la biografía firmada por los Landaverde, afirma: “Este personaje ilustre de Querétaro está considerado como un prolífico inventor, como lo podrán constatar quienes lean esta biografía, la cual está ligada al sencillo y útil limpiaparabrisas, que hoy día todas las marcas de automóviles usan, sin darle el debido crédito a este queretano distinguido que, de haber vivido en otras circunstancias, quizá su fama volaría muy alto”.
Nació el 29 de julio de 1886, en la casa marcada con el número 2 de la actual calle de Pasteur, frente al templo de la Congregación. Fue hijo del doctor Ponciano Herrera y Fuentes, uno de los primeros médicos cirujanos que tuvo Querétaro; y de María Tejeda Mirón, originaria de Alvarado, Veracruz. Durante la mayor parte de la vida del inventor, la familia vivió en la casa número 15 de la calle de Hidalgo, una fastuosa residencia de dos pisos, que tuvo patios y caballeriza.
Este matrimonio tuvo quince hijos, de los cuales sobrevivieron doce: María, quien fue religiosa; Rafael, sacerdote; Rosa, esposa de Rafael Altamirano; Salvador, nuestro personaje; Guadalupe, esposa de Enrique Villa y Martínez de los Ríos; Luz, quien fue esposa de Antonio Trejo Montes; José, ingeniero, inventor de una resina para crear globos; Ignacio, político; Carmen, quien murió soltera; Luis, médico, fundador del Instituto de Venerealogía de México; Francisco, médico, casado con Beatriz Castañeda; y Ana, quien no tuvo descendencia.
Ignacio, abogado de profesión, tuvo una trayectoria sobresaliente, en la que destaca el haber ejercido cargos diplomáticos en Perú y Guatemala, fue nombrado gobernador interino del estado de Veracruz en 1936 y fue el primer magistrado de la Suprema Corte de Justicia de la Nación en 1947. Rafael, sacerdote, vivió la persecución religiosa. Dicen los Landaverde: “Fue en la época cristera, cuando el presidente Calles orilló al cierre de los templos, de modo que los sacerdotes celebraban misa a escondidas. En una ocasión en que el Padre Rafael estaba oficiando misa en la casa paterna, llegaron los soldados y forcejearon en la puerta para entrar. Fue tal el estruendo que dio señal de alarma para que el Padre Rafael huyera, junto con su padre, don Ponciano”.
Salvador e Ignacio, a principios del siglo XX, poseían una de las bibliotecas más completas del centro del país; en su casona de la calle de Hidalgo, el inventor había instalado su laboratorio para crear sus inventos.
Salvador Herrera realizó sus primeros estudios formales en el Seminario Conciliar de Querétaro, fundado a finales del siglo XIX. Después, cursó la secundaria en el colegio Liceo, que ya no existe. Completó la carrera de ingeniería mecánica y eléctrica en la Universidad de Harvard, ubicada en Cambridge, Massachusetts, Estados Unidos. Fue oficial de la Marina Mercante de los Estados Unidos, donde obtuvo una condecoración y grado de oficial; participó en la I Guerra Mundial. Esta condición le permitió conocer el mundo; con diferentes misiones, viajó varias veces a Singapur y otros lugares del Sudeste de Asia y el Oriente Lejano. Recorrió países de América, desde Canadá hasta el sur del continente.
En su juventud, cuando residía en el área metropolitana de Boston, conoció a Thomas Alva Edison, quien le confesó que era un hijo bastardo de un mexicano de Zacatecas. Esta confidencia les hizo unirse como amigos; de Edison obtuvo Salvador la inspiración que requería para dedicarse a la invención de aparatos. Su hija Gloria Herrera de Guevara declaró a los hermanos Landaverde, biógrafos del genio: “Mi padre decía: ‘Si un paisano mío, como Thomas Alva Edison, ha llegado a ser inventor de talla mundial, ¿yo por qué no?’ Fue viajando en su pequeño automóvil en Riverside, California, cuando lo sorprendió una brisa de nieve que le impidió seguir su camino. Al bajarse a limpiar el cristal con su pañuelo blanco, de pronto se le chispeó la idea de inventar el limpiaparabrisas”.
Desde los años universitarios, cultivó una gran amistad con su condiscípulo Henry Ford, a quien llamaba El Flaco. El gran empresario de la industria automotriz le ofreció $2000 dólares por su invento: el limpiaparabrisas. Herrera aceptó y en 1925 cerraron el trato. A decir de los autores Landaverde, el estadounidense le repetiría al muchacho mexicano a lo largo del tiempo que aquel invento era “superfluo e inútil”. Pero, comentan los biógrafos, “…cuando Henry Ford reflexionó sobre las ganancias que le representaría la implementación del limpiaparabrisas, lo buscó y lo citó para comprárselo”. Sin embargo, dicen los escritores, “…el inventor jamás pudo obtener el total de lo pactado, cobrando únicamente parcialidades en distintas fechas y cantidades”.
Víctor Evans, dueño de la empresa que llevó su nombre en San Francisco, California, misma que ostentaba el título de “La más grande firma de patentes en el mundo”, le compró a Herrera bosquejos y prototipos en miniatura para la construcción de barcos y aviones. Uno de sus mejores inventos fue el seguro para los torpedos, creado a raíz de una experiencia vivida en carne propia, ya que una noche, durmiendo en un barco de guerra de los Estados Unidos, vio cómo se activó un torpedo de manera accidental y el joven calculó los destrozos que ocurrirían de no asegurar esa arma.
Otro de sus inventos fue la sincronización del semáforo; en los inicios, estos juegos de luces solamente tenían dos colores: verde y rojo. La propuesta de Herrera fue el haz de luz amarillo, con intermitencia para advertir a los conductores la proximidad de la señal de alto. Algunos atribuyen a Herrera la invención del vaso plegable y el autobús de dos pisos, así como de mecanismos para diversos objetos, vehículos y profesiones, desde el artefacto que hace abrir un paraguas hasta la minería y los ferrocarriles.
Con enorme capacidad para el aprendizaje de idiomas, Herrera llegó a dominar el inglés, y a tener un amplio conocimiento del portugués, francés, alemán, latín y ocho dialectos chinos.
Siguiendo el ejemplo de su padre, el médico Ponciano Herrera, quien ofreció miles de consultas médicas en forma gratuita para contribuir a la salud pública, Salvador decidió dedicarse a dar clases de idiomas y matemáticas, para fortalecer la educación en su tierra natal. Así fue que ejerció la docencia en el Colegio 5 de Mayo, la Academia Comercial Martínez y Martínez, el Centro Unión, el Instituto Benjamín N. Velasco, el Instituto Queretano, el Centro Educativo, el Colegio Francés y la Escuela Secundaria Federal número 1 Nocturna, de la cual fue cofundador. Fue profesor de tres generaciones.
Salvador Herrera formó una familia con la señorita Guadalupe Jiménez, quien dio a luz a ocho hijos: Salvador, Rafael, Ponciano, Gloria, Bertha, Teresa, Guadalupe y Marta.
Tenía un espíritu ligero y múltiples inquietudes; se interesaba lo mismo en la ciencia como en las humanidades. Como artista plástico, fue pintor especializado en el retrato, además de crear técnicas para el envejecimiento de obras de arte. Fue un experto en la creación de piezas que parecieran antiguas. Durante una etapa de su vida, fue museógrafo. En su biografía, escrita por los Landaverde, se afirma que escribió un guion cinematográfico, para la cinta “Un grito en la noche”. En la ficha técnica de esa película, aparece el nombre Charles A. Logue como el autor. Quizá el queretano hizo una colaboración para la escritura, o bien vendió su trabajo a sabiendas de que otro nombre aparecería con el crédito.
Los hermanos Landaverde publicaron en su libro esta declaración del Teacher: “Sólo hay dos tipos de gente tripulando la Tierra: los locos, como yo, que pretenden dar un mayor servicio a la comunidad, y todos los demás, que andan por la calle fingiendo cordura”. De causas naturales, murió el 30 de enero de 1970. A su funeral asistieron muchos de sus alumnos, quienes lo despidieron con la frase: “So long, Teacher!”.







