domingo, mayo 10, 2026
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Reflexiones jurídicas sobre la práctica médica en México / Por Narciso Jaimes | Médico y abogado Especialista en derecho médico y sanitario

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Medicina del miedo vs. medicina con criterio: el costo de decidir mal

Hay una verdad incómoda que el sistema de salud evita decir en voz alta: una parte de la medicina actual ha dejado de centrarse en el paciente para girar en torno al expediente. Ya no se decide primero con base en el diagnóstico, sino en la posibilidad de una demanda. Ese desplazamiento  silencioso pero profundo ha normalizado una práctica que se disfraza de prudencia, pero que en el fondo responde a otra lógica: el miedo institucionalizado. Es lo que llamamos medicina defensiva.

Bajo esa inercia, el exceso se vuelve rutina. Más estudios, más interconsultas, más procedimientos. No porque el cuadro clínico lo requiera, sino porque “más vale que sobre”. Pero en medicina, lo innecesario no es inocuo: también daña. Cada tomografía sin indicación implica radiación evitable; cada intervención injustificada incrementa riesgos; cada decisión tomada desde el temor erosiona el juicio clínico. Y, además, encarece un sistema que ya opera al límite.

Lo más preocupante no es el costo, sino la distorsión del acto médico. La medicina defensiva sustituye el criterio por protocolos de autoprotección. Rompe la relación médico-paciente y la convierte en un espacio de desconfianza: uno se protege, el otro sospecha. El resultado es un sistema más rígido, más caro y, paradójicamente, menos seguro.

Frente a este modelo reactivo, existe una alternativa exigente, pero más sólida: la medicina asertiva. No consiste en hacer menos, sino en hacer lo correcto. Implica actuar conforme a la lex artis, pero también asumir que la comunicación forma parte del tratamiento. Explicar con claridad, escuchar con atención, documentar con rigor. Entender el consentimiento informado como un proceso real, no como un formato firmado al final de la consulta.

La medicina asertiva no elimina el riesgo jurídico, pero lo redefine. Un acto médico bien fundamentado, explicado y documentado es, en términos legales, mucho más defendible que una cascada de intervenciones sin sustento. Porque el derecho no exige exceso; exige justificación.

En el sistema de salud mexicano, el estándar de actuación no se mide por la cantidad de recursos utilizados, sino por su pertinencia clínica. No existe mandato que obligue a sobreactuar; por el contrario, intervenir sin indicación también representa una desviación del deber profesional. El exceso, cuando carece de sustento, deja de ser precaución y se convierte en una práctica clínicamente injustificada, con implicaciones médicas y legales.

Sería ingenuo ignorar el contexto. La medicina defensiva también es producto de un sistema saturado, de jornadas extenuantes, de carencias estructurales y de una creciente judicialización de la atención. El miedo no surge en el vacío. Pero normalizarlo tiene un costo alto: desplaza el centro de la medicina, que es el paciente, hacia la autoprotección del profesional.

El fondo del problema no es técnico, es ético. ¿Puede considerarse buena práctica una medicina que decide desde el temor? ¿Es aceptable un modelo que incentiva el exceso antes que el criterio? La respuesta no es cómoda, pero es necesaria.

La salida no está en pedirle al médico que asuma más riesgos, sino en fortalecer un modelo donde el criterio clínico, la comunicación efectiva y la documentación precisa sean la primera línea de defensa. Donde la relación médico-paciente recupere su base: confianza informada, no sospecha mutua.

Porque cuando la medicina se ejerce desde el miedo, pierde precisión, encarece el sistema y pone en riesgo al paciente. Pero cuando se ejerce con criterio, claridad y ética, no solo es más segura: también es más justa.

El reto es ineludible: dejar de practicar una medicina para el litigio y volver a practicar una medicina para el paciente. Hoy, esa decisión no solo define la calidad de la atención, sino el futuro mismo del sistema de salud.

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