lunes, junio 8, 2026
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Reflexiones jurídicas sobre la práctica médica en México

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Por Narciso Jaimes | Médico y abogado Especialista en derecho médico y sanita

¿Quién responde por el médico residente?

La medicina moderna se sostiene sobre una realidad que pocas veces aparece en el debate público: gran parte de la atención hospitalaria cotidiana descansa en los médicos residentes. Son quienes reciben a los pacientes durante la madrugada, realizan las primeras valoraciones en urgencias, vigilan la evolución clínica y permanecen junto a la cama del enfermo cuando la mayoría de la ciudad duerme.

Sin embargo, cuando ocurre un evento adverso, una complicación inesperada o un conflicto legal, surge una pregunta tan frecuente como compleja: ¿es responsable el médico residente?

La respuesta exige abandonar simplificaciones.

Existe la percepción de que el residente es únicamente un estudiante y, por tanto, carece de responsabilidad propia. Otros sostienen la postura contraria: consideran que, al participar directamente en la atención médica, debe asumir plenamente las consecuencias de cualquier error. Ninguna de las dos visiones refleja adecuadamente la realidad jurídica y asistencial.

La residencia médica ocupa una posición singular dentro del sistema de salud mexicano. El residente no es un alumno convencional. Es un médico con título profesional y cédula legalmente expedida que cursa una especialidad mediante un modelo de enseñanza en servicio. Aprende mientras atiende pacientes reales y participa activamente en decisiones clínicas que tienen repercusiones concretas sobre la salud y la vida de las personas.

Esta condición encuentra sustento en la Ley General de Salud y en la NOM-001-SSA-2023, que regula la organización y funcionamiento de las residencias médicas. La normativa reconoce una doble naturaleza: el residente es simultáneamente un profesional de la medicina y un médico en formación especializada.

Esta característica genera una situación jurídica singular: el residente aprende mientras atiende pacientes reales. Por ello, posee responsabilidades profesionales propias, pero también desarrolla su actividad dentro de un esquema de supervisión académica y asistencial que la propia normativa exige a las instituciones de salud y a los médicos especialistas responsables de su formación.

Precisamente por ello, la responsabilidad profesional del residente existe.

Sus actos pueden ser evaluados conforme a la legislación sanitaria, las disposiciones relativas al expediente clínico y los principios científicos que rigen la práctica médica. La posesión de una cédula profesional implica deberes jurídicos que no desaparecen por el hecho de encontrarse cursando una especialidad.

No obstante, afirmar que toda responsabilidad recae exclusivamente sobre el residente sería desconocer la forma en que funcionan los hospitales.

La atención médica contemporánea es una actividad colectiva. Detrás de cada decisión intervienen médicos adscritos, jefes de servicio, profesores titulares, personal de enfermería, directivos y las propias instituciones de salud. La residencia médica no fue concebida para operar en aislamiento, sino bajo esquemas permanentes de supervisión y acompañamiento académico.

Por ello, cuando se analiza un posible caso de responsabilidad profesional, resulta indispensable valorar también la calidad de la supervisión recibida, las condiciones de trabajo existentes y los recursos disponibles para la atención. No es jurídicamente correcto examinar la conducta de un residente como si actuara con la misma autonomía que un especialista consolidado.

La discusión adquiere especial relevancia en un sistema sanitario que enfrenta saturación hospitalaria, escasez de personal y una demanda creciente de servicios. En muchos hospitales del país, los residentes constituyen una pieza fundamental para garantizar la continuidad asistencial. Sin embargo, la carga de trabajo que asumen con frecuencia supera los límites razonables para cualquier proceso formativo.

Desde una perspectiva ética, la situación obliga a reflexionar sobre el equilibrio entre enseñanza, servicio y seguridad del paciente. Formar especialistas requiere permitir que desarrollen habilidades clínicas progresivamente, pero también exige supervisión efectiva y condiciones adecuadas de aprendizaje.

La responsabilidad profesional del médico residente no puede convertirse en una vía para trasladar fallas estructurales del sistema a quienes aún se encuentran perfeccionando su formación. Tampoco puede utilizarse como excusa para eximir conductas negligentes cuando éstas efectivamente ocurren.

La verdadera solución se encuentra en comprender que la seguridad del paciente es una responsabilidad compartida. Los residentes deben actuar con diligencia, preparación y prudencia; los médicos adscritos deben supervisar adecuadamente; y las instituciones tienen la obligación de proporcionar las condiciones necesarias para una atención segura. Porque detrás de cada residente existe una realidad que no debe olvidarse: es un médico que aprende, un profesional que sirve y una persona que asume diariamente decisiones complejas en beneficio de sus pacientes. Entender esa condición es el primer paso para analizar su responsabilidad con justicia y no únicamente con severidad.