martes, noviembre 29, 2022

Rafa viene a cenar – Teresita Balderas y Rico

La madre naturaleza es pródiga, benévola, sin ella no existiríamos. Tiene su propio lenguaje, el que pocas veces escuchamos y comprendemos. En las zonas cosmopolitas, es complicado detenerse a escuchar.

En las zonas rurales, existe mayor contacto entre el humano y la naturaleza. El convivir diariamente con ella proporciona elementos para entender su lenguaje.

Los profesores que laboran en escuelas rurales, permaneciendo toda la semana en la comunidad, viven experiencias de la vida cotidiana. 

Unas amigas, profesoras de educación primaria, que trabajaron en la comunidad de Pie de Gallo, perteneciente a la Delegación de Santa Rosa Jáuregui, de 1968 a 1971, me comentaron algunas de sus experiencias.

Cuando se desempeña con responsabilidad y amor al trabajo docente, se gana el respeto y cariño de niños y adultos. Tania y Conchita vivían con una familia de pocos recursos económicos, pero con un gran capital en amor, bondad y sinceridad. El inconveniente era que se dormían con la puesta del sol, apagando la única vela que encendían para la cena, dejando la habitación en completa oscuridad.

Las profesoras solicitaron al comisariado ejidal permiso de usar como vivienda una vetusta construcción hecha de piedra y lodo. Había pertenecido a la casa ejidal. El comisario accedió, con la condición de que ellas la limpiaran. Fue una semana de arduo trabajo, ya que había todo tipo de escombros, y bichos, entre ellos: alacranes, tarántulas y murciélagos.

Un profesor, que había trabajado esa escuela, les vendió su estufa de petróleo. Para ellas fue un lujo, cocinarían sin terminar todas tiznadas por el humo de la leña. 

Tenían aproximadamente dos meses de vivir ahí, cuando tuvieron una visita inesperada.  

Una noche, a la hora de la cena, llegó alguien: un pequeño ratón se asomó tras la estufa. Las profesoras se quedaron con la boca abierta, sin terminar de dar la mordida al taco. El ratoncito se llevó la peor parte del momento; infiero que él se asustó más con las caras de espanto de Tania y Conchita.  

Desapareció unos segundos, lentamente volvió a asomarse. Un dicho mexicano dice: “El hambre es canija, pero es más quien la aguanta”. Como ellas no se movían de la silla, el ratoncito tomó confianza e hizo su presentación.

Fue todo un espectáculo: se asomó, movía rápido los bigotes, empezó a mover la cabeza de arriba hacia abajo, parecía que estuviera saludando. Al no ser agredido por las jóvenes, salió de cuerpo entero. Tania tomó una porción de tortilla, la desmenuzó, con cierto nerviosismo se levantó y la puso en un rinconcito, lo más lejos posible de ellas. 

El ratoncito, de inmediato, empezó a degustar su rica cena. Volteaba con frecuencia para comprobar que no hubiera peligro. Si la presentación fue sorprendente, el retiro fue espectacular.

Cuando terminó de cenar, inició un rápido movimiento de manos, pareciera que estuviera aplaudiendo. El espectáculo continuaba: por segundos, se paró en dos patas, movía la cabecita semejando las caravanas que hacen los actores en una obra de teatro, para agradecer al público. El ratoncito de alguna forma estaba agradeciendo el alimento recibido.

Tania y Conchita estaban asombradas, mudas, el silencio hablaba por ellas. Tardaron horas en asimilar lo que había sucedido. Esa noche, permanecieron despiertas hasta muy tarde, necesitaban cerciorarse de que el roedor no volviera. Esa noche no regresó. En la siguiente sí, y en las otras también.

Con esa visita, las jóvenes docentes aprendieron del ratoncito que los animales, saben agradecer en su propio idioma. Actitud que algunos humanos olvidan.

Noche tras noche, y solo a la hora de cenar, aparecía el bien educado ratoncito, con sus movimientos de cabeza al llegar y la acostumbrada caravana al despedirse. Le pusieron el nombre de Rafa, en honor al cantante español Raphael, que estuvo de moda en aquellos años.

Fue un asiduo y puntual compañero en la cena durante cinco meses. En Tania y Conchita, la visita de Rafa generó un cambio respecto a la relación humano con otros seres vivos. Ese miedo hacia los ratones, en ocasiones extremo, desapareció.  El animalito jamás estuvo ni antes ni después de haber tomado la cena, no dio un paso más adelante de la frontera que él mismo marcó.

Al servir ellas su cena, también lo hacían para Rafa. A él, habían asignado una tapadera de un frasco de mermelada que fungía como plato. 

Llegó el período de vacaciones de fin de ciclo escolar; dejarían de ver a su amigo Rafa. Esa noche sirvieron más comida en el plato del simpático ratoncito. En silencio y con un nudo en la garganta, las chicas observaban los movimientos que hacía al comer. Ellas no tenían hambre. Al despedirse Rafa, el silencio cubrió el espacio.

En la reunión de planeación del siguiente siclo escolar, las amigas se encontraron. Lo primero que dijeron fue: “¿Nos habrá extrañado Rafa?”

Regresaron a la escuela, ansiosas esperaron la noche para ver a su querido amigo. Rafa no volvió. Tal vez se sintió olvidado y por eso no regresó.

Las amigas, en silencio, y en honor a Rafa, permitieron que las lágrimas surcaran sus mejillas. Siempre duele perder a un amigo.

Es asombroso cuando se puede interpretar a la naturaleza. Observar que, en ciertos momentos, determinados animales y humanos pueden compartir el mismo espacio con respeto mutuo. 

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