lunes, febrero 6, 2023

Posponer puede significar nunca más – g.Virginia SÁNCHEZ MORFÍN

Hace muchos años, estudié francés. Por varios trimestres, fuimos compañeros Ignacio Ortiz y yo.  

Llegábamos antes de cada clase que los otros alumnos, porque era un gusto sentarnos uno al lado del otro; cual niños de primaria, el que llegaba primero… le apartaba al otro el lugar de junto.  Ignacio era subdirector de una importante empresa automotriz. A pesar de su inteligencia y excelente posición económica, lo caracterizaban la sencillez y la cordialidad. 

Conforme transcurría el tiempo, nuestra amistad se fue haciendo más y más sólida.  Un día, que era el último de ese trimestre, decidí que en tanto se iniciaba el nuevo curso, nos viéramos a comer, ahora ya no en un restaurante, sino en mi casa. Acordamos que a él lo acompañaría su esposa Victoria y yo les presentaría a mi esposo José Luis.   

Afortunadamente, entre los cuatro hubo cordialidad e identificación inmediata. 

Al paso de unos meses, decidimos las dos parejas ir a cenar una vez al mes a un restaurante que, además de su deliciosa comida, los fines de semana tenía un atractivo espectáculo hawaiano, en el que una de las bailarinas, de nombre Eloísa, era compañera nuestra en las clases de francés. 

Poco a poco, las reuniones fueron en aumento. Ahora las dos parejas celebrábamos juntos los cumpleaños de cada uno; también navidad, Día de la Amistad y cualquier pretexto que se nos ocurría.  Se hizo tradición que el cumpleaños de Ignacio lo celebráramos en mi casa con una comida a la que él invitaba a sus mejores amigos y a algunos familiares. Esta costumbre continuó por varios años, pero se interrumpió cuando, en uno de ellos, me tocó organizar en Acapulco la convención de una importante empresa.

En ese tiempo, nunca imaginé que la vida pronto cambiaría, de forma trágica, nuestra valiosa y gratificante rutina.  

Cuando terminamos de estudiar todos los trimestres del curso de francés, nuestra convivencia comenzó a espaciarse, pero lo que no faltaba era un saludo o felicitación telefónica.

Hace cinco años, cuando decidí cambiar mi residencia al hermoso estado de Querétaro, comenzó a disminuir el número de nuestras reuniones, pero lo que jamás faltaba en el día del onomástico de alguno de los cuatro era la felicitación, acompañada de una larga plática. 

Este año, el Día de la Amistad, llamé en dos ocasiones a Ignacio y a Victoria. No contestaron; supuse que la razón era porque normalmente a esa hora asistían a misa. 

Extrañamente, de mi parte… ¡no insistí hasta lograr comunicarme con ellos!

Pocos meses después, mientras hacía mi caminata matutina, de pronto tuve a Ignacio en mente. Me propuse que, al llegar a mi casa, le llamaría. Pero no fue así, ya que al revisar mi celular vi que había varias llamadas de uno de mis hermanos y me reporté con él.  Después, olvidé llamar a Ignacio.  

El mes pasado sucedió lo mismo; recordé que era el cumpleaños de mi gran amigo y en el momento en que decidí llamarle, nuevamente me distraje con asuntos de trabajo. Cuando volví a proponerme contactarlo, ya eran las diez de la noche. Lo haría temprano al siguiente día.

A media mañana marqué varias veces, tanto a su celular como a la casa y al teléfono de Victoria, pero no contestaron. Mi sensibilidad me decía que algo extraño estaba sucediéndole a Ignacio.  Me reprochaba que, por primera vez en tantos años de conocernos, no había estado en comunicación o reunido con Ignacio. 

En ese momento, sí afloró en mí la terquedad de no hacer nada, pero nada, hasta lograr mi propósito. 

Busqué entre mis viejas agendas el teléfono de su hija y lo encontré, pero nunca contestó a todos mis intentos.  Durante la tarde y parte de la noche, traté de hablar con algún miembro de la familia Ortiz.  Comencé a sentir inquietud y miedo.  Algo anormal estaba sucediendo a Ignacio, que para entonces ya era como mi hermano. 

A pesar de que sabía que él estaba pensionado desde hacía dos años, llamé a la empresa automotriz, pero me informaron del año desde el cual ya no prestaba ahí sus servicios. 

Mi angustia se transformó en llanto.

 En ese momento, tomé la decisión de pedirle a una amiga con residencia en el mismo fraccionamiento que Ignacio en el Estado de México, que fuera a buscarlo a su casa.

¡Nadie abrió, ni estaba su camioneta blanca, que él adoraba!

Llamé a Eloísa, pero no sabía nada respecto a Ignacio.

 En ese momento decidí dirigirme al Estado de México, pero cuando ya estaba a punto de salir, se me ocurrió otra idea: buscarlo por su nombre en Google.  Tal vez habría cambiado de residencia y de teléfono. 

Lo que apareció en la pantalla de mi computadora, fue escalofriante: la fotografía de Ignacio, junto con un gran letrero en el que solo se leía la palabra: 

¡DESAPARECIDO! 

g.virginiasm@yahoo.com

@gvirginiaSM

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