viernes, julio 12, 2024

Pinto mi alma y mi cuerpo de colores  – María Antonieta Herrera 

“No se puede contar la felicidad, a los otros les aburren las alegrías ajenas, y a uno le avergüenza a veces permitirse describir el cielo que lo trastoca”.  Borges.

Con mi pincel y mi paleta de colores, plasmo mis emociones y vivencias, creando mi máxima obra: mi vida. Nací a mediados del siglo pasado, años de posguerra. Cualquier tiempo es bueno para nacer, todos acarrean prodigios y desventuras. Me esperaban años de trifulcas y amores, que me harían brillar con su oro y opacar con su negrura.  Quizá soy una persona triste con vocación de alegre.

Al escribir, descubrí que soy cuerda y atrevida al mismo tiempo, amarilla y naranja como el sol, blanca y gris con visos rosados como la luna del crepúsculo. Escucho mi voz interior, en momentos como demonio y otros como ángel. Conseguí enamorarme de un hombre con el que nunca compartí mis días ni mis noches. “Todo es ahora luz amanecida, tibieza, soledad y amor a mí misma”. Recuerdo mis panzas azules llenas de amor, donde hice y guardé alguna vez a mis hijos. He devorado el libro Mal de amores, de Ángeles Mastretta, he vivido deseos inmemoriales.

Sé que mi vida ha sido hermosa y difícil al unísono, como el negro y el blanco, aunque prefiero decir plata y oro. Muchas veces he tenido noches de rosas rojas y vino tinto, los dos llenos de recuerdos vividos. Quisiera no evocar ni un solo momento malo de mi vida, pero están los que me recuerdan mis quejas y llantos, maldiciendo a veces mi suerte. Pienso en mis hijos, que tienen pasiones, abismos y futuros a veces redondos y a veces planos, como los tengo yo, y los que tuvieron nuestros antepasados.  

En mi soledad, me hace feliz mi Chihuahuita de negro pelaje con visos blancos; ella entristece cuando desaparezco y al regreso me recibe moviendo la cola con intenso júbilo, temblando por el amor incondicional que compartimos.

Tengo momentos grises de intensa tristeza que lastima, se adueña de mí en las madrugadas y al amanecer, llegado el desayuno, no puedo probarlo, me resuena la cabeza al recordar morados intensos y redondos que se me anidan en el corazón como una maldición, pero resucito al ver el naranja brillante del sol en el azul del cielo y el blanco de las nubes de diferentes formas. Entonces, vuelve mi alma al cuerpo.  Caminando por el sendero verde de la vida, saco del fondo de mis sentimientos el valor que me pone a vivir y a soñar con nuevos colores. Respiro el aire transparente que acaricia mi rostro y regresa a mí el valor de iluminarme nuevamente, me siento extasiada, asombrándome de mi existencia. 

De pronto, en este momento meditativo de escritora, me veo en mi infancia como ráfagas de luz blanca, corriendo por las calles de mi ciudad natal, regresando del colegio católico de niñas, brincando entre las hojas caídas de los árboles y mojándome en los charcos de lluvia de la tarde que pasa, me veo las rodillas raspadas, feliz con mi inocencia de niña solitaria pero iluminada. Después se posa en mi mente mi juventud reluciente, segura de que nada me haría falta en la vida, casándome y resolviendo el orden de mi propia existencia de luces rosadas, imaginando que encontraría a un hombre rico, alto, poderoso y audaz, como era necesario que los hombres fueran.

No pude encontrar eso y me enamoré de dos hombres que me hicieron llorar enfurecida por las noches, con frustraciones grises como destellos en el cerebro. Por fortuna, hoy mi lujo de desaforado espíritu ha sosegado mi alma en este momento de incipiente vejez, encontrándome fresca y ágil en un mar delicioso de sensaciones nunca antes saboreadas, entre sueños y realidades, dejando atrás la fatalidad que mi corazón y cabeza cargaban. Tengo salud y valor para renacer en espacios luminosos y dorados, con el amor que deja sus recuerdos sueltos en esta casa mía que hoy habito, llena de luz, trayéndome un aire atrevido que me fascina. 

La vida me ha enseñado a no creer en los amores duraderos ni en la fe de las iglesias. Aun siendo una enamorada eterna de todo y de nada, creo en las estrellas y en el fuego que las hace brillar. Soy bebedora de tinto, conversadora y amiguera, de colores y texturas mixtas. Veo mi mundo entre desfalcos negros y destellos dorados fulgurantes.      

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