lunes, diciembre 5, 2022

Petirrojo, rojo, rojo – Rodolfo Lira Montalbán

Aburrido de su encierro, salió al jardín, saludó al árbol más grueso, el más alto, el más frondoso. Lo miró con respeto, como se mira a alguien que ya ha cumplido más de cien años. Un petirrojo, pero rojo, rojo, estaba posado en la rama más a su alcance. Con vuelo ligero, el ave bajaba al nivel del pasto. Un insecto atareado en las labores propias de su especie, era sorprendido por un pico que lo apresaba y lo transportaba por los aires hasta la rama anteriormente citada, para convertirse en nutrimento para pájaros rojos, pero rojos, rojos.

            Según las cuentas del desertor del encierro, ese pájaro, de ese color tirando a carmesí, debía ser tataranieto de otros que, en los últimos veinte años, han vivido en ese jardín alimentándose de los tatarabuelos de insectos atareados y distraídos. Fue por esos tiempos de los primeros petirrojos, en que uno de ellos cambió la forma en que él los admiraba.

Las enfermedades de su suegro, y más que suegro: amigo, decidieron dar por concluida su presencia en la tierra. El dolor que esto provocó en la familia y en la hija, que también era esposa del observador de aves, y más que esposa: amiga, fue, como es de suponer: grande. 

En medio de su nostalgia, ella salía al jardín y sentada a la sombra de aquel árbol: lloraba. “Papi, papito, ¿en dónde estás? Dime que estás bien. Te extraño mucho, papito, por favor, mándame una señal de que estás bien”.

El ritual se repitió y las súplicas también. Y de pronto, el milagro ocurrió. El pájaro del color bermellón que ya expusimos, apareció. Se posó en la rama más al alcance, que también ya quedamos cuál era. Y con toda su rojiza presencia trajo un mensaje del más allá, o al menos, ella lo interpretó así. Como también lo hicieron muchos de los testigos a los que ella, emocionada, convocó para dar fe del acontecimiento. Un sentimiento de resignación llenaba el aire que, alojado con abundancia en sus pulmones, solía salir en forma de suspiro. 

—Hermanas: no estén tristes, mi papacito está bien. Cada vez que le llamo, aparece un petirrojo. Estoy segura de que es él.

Ellas, conmovidas, también abrazaban la idea de era el alma de su padre ese pequeño pajarito del color escarlata ciclamino que ya se ilustró. Para ellas, era dato fehaciente y no curioso, que a su padre le llamaran “El Pájaro” los miembros del equipo de futbol de su juventud.

Una a una, en cuanto las labores del hogar se los permitieron, al pie de ese árbol, invocaron su presencia. Ya no era sorpresa; siempre se manifestaba. Su madre, reacia en un primer momento a creer en pájaros aparecidos, terminó por ceder. En sus cotidianas conversaciones telefónicas con su hija, preguntaba:

—¿Y qué te cuenta tu papá?

Aquel hermano incrédulo que nunca falta, cuestionó a la hermana médium:

—¿Y cómo sabes que es el espíritu de mi padre?

—¡Claro que lo sé! Estoy muy segura. ¿Cuándo has visto un pájaro parado tanto tiempo?

            Entre risas, bochornos y aclaraciones, el hermano fue convencido de que esa frase no era de doble sentido y de que el milagro acontecía cada vez que se hacía la petición con mucha fe.

            Otra de las hermanas, la última en llegar y no por tener más labores del hogar que cumplir que las demás, sino por vivir en una lejana ciudad del extranjero, llegó por fin al pie del árbol. No fue necesario indicarle la ubicación de este y de su afamada rama, debido a las múltiples veces en que se le mencionó. 

            Su mensaje fue elevado a las frondosas alturas, pero el pajarillo del color carmín que ya distinguimos: no apareció. A pesar de que ella lo intentó una y otra vez, esa tarde, el ave se voló la barda y no le dio la gana presentarse. Asaltadas por las dudas y como si fuese asalto con violencia, las hermanas quedaron pasmadas sin saber qué decir. La aludida acertó a romper el silencio. Culpó a la noche, culpó a la playa, culpó a la lluvia. ¿Será que no me amas?  Se preguntaba suspicaz.

            Decidió aceptar la oferta de su hermana menor para ir a comprar cigarros. Ninguna de ellas fumaba, pero fue el único pretexto que se les ocurrió para romper con la incómoda situación.

            Ya de camino a la tienda, a bordo del auto, ella liberó el llanto, pidió perdón a su padre por si acaso lo había ofendido. Y para su sorpresa, el pajarillo del encendido color granate ardiente aclarado con suficiencia, la acompañó con su vuelo al lado de la ventanilla durante un par de cuadras. 

            Veinte años después, en el mismo árbol y en la misma rama y con el mismo llamado, a todos les sigue apareciendo el pajarillo rojo, pero rojo, rojo.

www.paranohacerteeltextolargo.com

Twitter: @LiraMontalban

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