miércoles, abril 17, 2024

Pensar a Dios – Teresita Balderas y Rico

Dios existe, está en mi pensamiento.

En el transcurso de mi existencia, he tenido encuentros y desencuentros en el ámbito religioso. Fui educada dentro de la religión católica, cumpliendo con los sacramentos de la Iglesia.

Me confesaba cada jueves primero del mes, para comulgar al día siguiente. Se convirtió en una rutina, más que acto de fe: de un mes a otro, no me había excedido en mi comportamiento; por lo tanto, los pecados eran parecidos a los anteriores. El sacerdote me imponía también similares penitencias.

Desde niña, he tratado de analizar y reflexionar sobre asuntos de la vida cotidiana. Las creencias religiosas no fueron la excepción. Me puse a observar las actitudes de algunos clérigos y otras personas allegadas a la Iglesia; no correspondían al concepto del buen cristiano. Sus comportamientos no eran congruentes con lo que predicaban.

Recuerdo a mi padre contándome un desgarrador pasaje en su vida. En la década de 1950, la mayoría de los bebés nacían en casa. Al arribar a este mundo uno de mis hermanitos, la partera dijo a mis padres que el bebé estaba muy grave, podría morir en cualquier momento.

Mi padre tomó a su pequeño hijo en sus brazos y empezó a tocar la puerta de los templos esperando que le bautizaran a su pequeño. No respondían. En algunos, salía el sacristán diciendo que el padre dormía y no debían despertarlo. 

En el templo de Santa Clara, abrió un sacerdote. Mi padre se ilusionó: su hijo sería bautizado. No fue así, el cura dijo que regresara al día siguiente; mi padre explicó la emergencia, el sacerdote no lo escuchó. Pedro Balderas se quedó parado ahí, sin saber qué hacer. Estaba por retirarse cuando llegó un matrimonio de la llamada alta sociedad queretana de aquellos años, con un bebé enfermo. De inmediato, el cura los atendió. Cerró la puerta del templo, dejando a mi padre afuera, con su hijo moribundo. Minutos después, mi hermanito dejó de existir.

A raíz de estas experiencias, tuve grandes dudas respecto de la justicia divina, entré en conflicto con mi religión.  

Así, llegué a la adolescencia cuestionando varias acciones de la Iglesia Católica. 

Circunstancialmente, en esta etapa de mi vida recibí los consejos del gran maestro de la Gran Logia Masónica del estado de Querétaro, quien me decía: “La mejor manera de amar y honrar a Dios, es tener una actitud honesta en la vida, luchar contra la ignorancia y el fanatismo, apoyar a quien solicite tu ayuda. Sólo pregunta a tu conciencia si lo que vas a hacer es lo correcto”. 

El desarrollo del andamiaje cultural, me permitió llegar a un razonamiento armónico entre Dios y la ciencia. 

Desde mi convicción espiritual, Dios existe. Lo percibo como una entidad infinita, perfecta, atemporal, intocable, etérea. He aprendido a amarlo, me gusta conversar con él. Doy gracias por todas sus bendiciones, los grandes momentos de felicidad traídos a mi vida. 

Con sentimiento de tristeza e impotencia, le comento sobre los pedófilos que, escondidos tras los muros eclesiásticos, han arruinado tantas vidas. De éstas y otras cosas terribles le hablo a Dios.

También conversamos, (me atrevo a pluralizar porque sé que me escucha) sobre las cosas bellas que suceden en el mundo. Veo a Dios en la magnificencia de la naturaleza, en la ternura de los niños: su cristalina sonrisa, que ayuda a sanar el alma.  

En esta etapa de mi vida, pienso que la fe es un sentimiento muy personal e íntimo.  Cada ser tiene el derecho de elegir su religión. 

Lo reprochable es cualquier tipo de fanatismo que sólo destruye vidas inocentes, y quienes ejecutan estas terroríficas acciones, son manipulados por intereses nada religiosos, por cierto.

Es reconfortante tener una religión. La fe encamina a la esperanza y ésta fortalece al espíritu. Suceden tragedias tan fuertes que sólo la fe ayuda a sanar las heridas del alma.

En nuestra vida, hemos sido testigos de ciertos hechos a los que no encontramos una explicación lógica y entonces los llamamos milagros.

Hubo una etapa de mi vida, en que convivimos tres hermanos: Pedro, de once años; María Pueblito, de cinco; y yo, de siete.

Mi madre viajó a la Ciudad de México porque estaba enferma. Su ausencia fue de un año aproximadamente. En ese período, mi padre se hizo cargo de nosotros; él trabajaba mucho y regresaba aproximadamente a las seis de la tarde. A esa hora, nos traía algo de cenar. En el transcurso del día teníamos mucha hambre.  Comenté mis pesares a una caritativa vecina llamada Porfiria, quien me enseñó a cocinar. Fue nuestro ángel guardián.

Cierto día, me disponía a preparar el almuerzo: carnitas en salsa de chile verde con jitomate, frijoles refritos con manteca. Quise prender la lumbre, pero no había cerillos. Fui con mi hermanita a la tienda, a dos cuadras de mi casa; tardamos en regresar entre diez y doce minutos.

Grande fue mi sorpresa al entrar en la cocina: el almuerzo ya estaba hecho. En el brasero, la leña estaba por terminar de arder. La combustión del grosor de los leños tardaría una hora o más. La preparación de este tipo de alimento requiere más de una hora.  

Mi hermana empezó a llorar. Yo también me asusté y corrimos a la casa de nuestra vecina, doña Porfis, que vivía a dos cuadras de la nuestra. Estaba atareada, preparando el almuerzo que debía llevar a su esposo; pero nos vio tan angustiadas que nos escuchó con atención. Su reacción en un primer momento fue de incredulidad, guardó silencio y luego dijo: “No se asusten, como ustedes están solitas y son niñas buenas, la virgencita vino y les hizo el almuerzo”. Solo éramos pequeñas niñas para analizar la situación; regresamos a la casa tomadas de la mano y nos dispusimos a disfrutar el rico almuerzo.

Los años pasan, no tengo una respuesta lógica a tal acontecimiento. Me quedo con la explicación de doña Porfiria. 

¡Dios existe! 

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