miércoles, marzo 11, 2026
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No debo defraudarlos – Teresita Balderas y Rico

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Nos dormimos pensando en lo que haremos al otro día. Sin embargo, los imponderables de la vida tienen sus propios planes, llegan sin previo aviso. Requieren atención inmediata. Se construyen entonces las estrategias factibles y viables para resolver una problemática que no sabíamos que existía.

Trabajaba en una escuela normalista, cuando inició esta historia. Cierto día estaba dando mi clase, cuando escuché a través del micrófono de la dirección escolar, que tenía una llamada telefónica. Me alarmé, porque mis familiares y amigos sabían que no recibo llamadas en horas de clases. A los alumnos les extrañó esta situación. Me disculpé con el grupo, acudí a la oficina a responder la llamada.

Eran los padres de una de mis alumnas. Querían hablar conmigo de algo muy importante, pero no en la Normal, para no ser vistos por su hija. La voz del papá denotaba angustia; le pregunté cuál era el problema, dijo que no podía decirlo por teléfono, preguntó dónde podían verme. Mencioné un lugar donde podríamos tomar un café y conversar. Mi clase terminaría en treinta minutos. 

Caminé rápido cinco cuadras de la escuela al lugar de la cita. Mi cerebro trataba de elaborar una hipótesis a tan extraño llamado, recordé las frecuentes preguntas de las mamás de los niños de primaria, respecto al desempeño escolar, o travesuras de sus hijos, pero, ¿una alumna de licenciatura? 

Al llegar al lugar de la cita, el matrimonio me esperaba, nos saludamos. Pedimos un desayuno ligero, iniciamos una plática introductoria hablando de su traslado del lugar de origen.

Cuando nos trajeron el café y el pan, don Andrés, padre de mi alumna, tomó la palabra.

─Maestra, perdón por molestarla. Tenemos un grave problema y no sabíamos a quién acudir. En muchas ocasiones, nuestra hija nos ha comentado de usted y por eso nuestro atrevimiento de exponerle nuestra situación.

─Gracias por la confianza, ¿en qué puedo apoyarlos? —dije con incertidumbre. 

─Mire, maestra, yo trabajo en una fábrica de autopartes en el Estado de México, en ese lugar conocí hace años a un matrimonio joven, son ingenieros y ambos trabajan en esa fábrica. Hace unos años la pareja se peleó y luego se divorciaron.

─¿Cómo se relaciona esa historia con su hija? —pregunté, un tanto desesperada.

─Por mi culpa, mi hija está en peligro.

El sufrimiento del señor se notaba en la expresión de su rostro. Continuó su explicación: el ingeniero era una persona muy agradable, lo saludaba amablemente, esa actitud le permitió ganarse la confianza de don Andrés. En cierta ocasión, lo invitó a su casa, para corresponder a su amistad, su esposa había preparado mole para agasajarlo.

─Ahí empezó nuestra desgracia —dijo el padre.

─¿Qué sucedió? —pregunté intrigada.

─Ese día, mi hija estaba en casa estudiando para un examen. El ingeniero la vio y empezó a platicar con ella, la muchacha se emocionó al sentirse halagada por un señor como él.

El preocupado padre comentó que el ingeniero daba muchos regalos a su hija, incluso le prometió que se casaría con ella. Don Andrés sabía que esa promesa era una mentira, solo se burlaba de su hija.

El tipo salía con varias de sus compañeras de trabajo, mujeres jóvenes y muy guapas, incluso salía con su exesposa.

El padre trató de disuadir a su hija contándole del comportamiento del ingeniero, pero la chica no le creyó.

─Maestra, quiero mucho a mi hija, pero reconozco que no es tan bonita como las amigas del ahora mi enemigo, he pedido que la deje en paz y solo se burla, no puedo acusarlo, él tiene muchas influencias, yo perdería mi trabajo y tengo una familia que depende de mí.

El papá era quien hablaba. La señora permanecía en silencio con los ojos llorosos. La tragedia de ambos me llegaba al corazón.

─Por favor, ayúdenos, maestra. Tengo miedo de que mi hija se embarace y pierda su licenciatura, usted sabe que es muy entregada a sus estudios. Por favor, ayúdela. 

Nos despedimos, prometí atenderla sin que se enterara de que habíamos hablado. La señora tomó mi mano entre las suyas, estaba llorando, no pronunció palabra, solo miró a mis ojos.

Regresé a mi siguiente clase. Ese día no tuve hambre. En la noche no podía dormir, tratando de encontrar solución al problema que había llegado sin esperarlo.

Me aterraba no poder encontrar la forma de ayudar a mi alumna, sobre todo porque ella no debía enterarse de la conversación con sus padres.

Al día siguiente empecé la terapia, había formulado una estrategia. A la hora del receso, le pedí que se quedara unos minutos para comentar su ensayo.

─¿Tengo muchos errores, maestra?

─Necesitas algunas correcciones. Tu ensayo está bien, pero tú me preocupas, acostumbro observar a mis alumnas, van tres semanas que te he notado distraída, ausente en clase, eres una chica en edad de enamorarse, no sé si tienes novio o es otro el problema. 

─Maestra, pero sí participo en clases.

─Sí, pero creo que es por compromiso, no con gusto, como lo hacías. No sé lo que te sucede, solo percibo que algo ha cambiado en ti. Me preocupas, eres una alumna cumplida e inteligente. Te contaré algo, no como maestra, sino como mujer. Hace muchos años tuve un novio del que estaba muy enamorada, pero era muy controlador. Un día dijo que me daba permiso de terminar mis estudios, pero al casarnos, solo me dedicaría a mi hogar.

─¿Qué hizo, maestra? 

Sentí una ráfaga de alegría, había atrapado su atención.

─Lo mandé al demonio, tantos años de estudios para no ejercer, ni que estuviera loca.

Las charlas fortuitas duraron tres meses. En el receso, me sentaba en algún lugar donde me viera y se acercara. Observé algunos cambios: más sonriente y participativa.

Un fin de semana, fue a mi cubículo.

─Maestra, voy a contarle un secreto.

—¿Tú tienes secretos? —pregunté sonriendo.

─Tenía un novio con el que me iba a casar, mi papá se enojó, decía que no era cierto que se casaría conmigo, pero yo no lo creía. Un día, mi novio me dijo que primero viviéramos juntos y luego nos casaríamos.

─¿Qué hiciste? ¿Qué pasó con el novio? 

─Lo mandé al demonio, como al de usted, maestra. 

A partir de ese día pude dormir tranquila, cumplí mi promesa. Mi alumna pudo salvarse a sí misma.