jueves, septiembre 29, 2022

MUJER POR UN DÍA – Sandra Fernández

Ayer me vestí de mujer. Sí, así como lo leen. Sin más ni más, me armé de valor y salí a la calle con pendientes dorados, blusa ceñida, minifalda, medias oscuras, tacones altos y una peluca de cabellos dorados de muñeca. Admito que fue estrafalario y aventurero. Me lanzó al límite; queriendo saciar esa sed de curiosidad y, por qué no, de morbo. El labial rojo que le volé a mí hermana fue lo mejor; era intenso y radiante. Tuve que hacer algunos ajustes a mí cuerpo, por supuesto. Ensanché el busto a 36 C, la copa perfecta push up, y unos calzones de esos que levantan el ánimo además de las pompas. El tiempo de mi arreglo se extendió más de lo previsto. ¡Caramba!, cuánto dinero y tiempo se necesita para arreglarse.

Estaba por subirme a mi auto, pero no, decidí salir a caminar por las calles y tomar el autobús. Era hora pico y sé que atraería las miradas. Y así fue. Debo admitir que los tacones dan una sensación de poder sobre los demás terrestres. Se necesita equilibrio para no derrapar en las calles chuecas que tuve que transitar. Recibí un par de piropos tan picantes que omitiré repetir al lector por decencia. Y por no propagar el lenguaje soez que considero de mal gusto e innecesario. Pero no piensen que mi experimento consistía solo en caminar sin rumbo; en realidad, me dirigía a un punto en específico. 

Al subir al autobús, el chofer me desnudó con la mirada, viendo como perdía el equilibrio al enredarse mis pies con los escalones. Cuando al fin subí, me di ánimos, respiré y conté hasta diez. Algunos hombres se limitaron a echar un vistazo de manera discreta y otros quedaron con la boca abierta. Ninguno de ellos me cedió el asiento. No, para qué, si era mejor admirar mi falso trasero. Las gotas de sudor me estaban arruinando el maquillaje y las uñas se me rompieron mientras me trataba de sostener, mis pechos bailaban acordes al movimiento. No faltó el tipo que se me acercará demasiado por detrás. Horror. 

Llegué a la entrevista de trabajo. Había varias candidatas; me sentí aliviado, todas ellas mujeres: ¿qué puede salir mal? Somos amigas o por lo menos aliadas. Ellas respondieron entre gruñidos a mi saludo. La hostilidad y la rivalidad me situaron en mi lugar: no, no éramos amigas. Esto es una competencia; el trofeo es obtener el puesto en cuestión, el de la modelo que representará a la marca más prestigiosa de bebidas energizantes.

Pasaron los minutos; yo veía a mis ahora enemigas entrar por un estrecho pasillo en cuanto les hablaban. Por fin llegó mi turno. Durante la entrevista, un tipo moreno, cincuentón de camisa arrugada, me escudriñaba con la mirada, adivinando que había debajo de la blusa. Como un termómetro las preguntas cada vez Iban subiendo de tono, pasando de la inocencia hasta la total inmoralidad. Me sonrojé, yo, Augusto, y estuve a punto de darle un par de puñetazos a semejante especie cavernícola que me seducía, poniendo en tela de juicio mis valores con tales propuestas. “Sigue contando hasta diez. Aguanta”, me dije a mi mismo. Su mano pegajosa sostuvo la mía por un tiempo interminable. Salí asqueado, con la firme intención de regresar a propinarle una buena golpiza.

El regreso a casa fue peor; los tacones me taladraban los pies, la falda arrugada, el maquillaje desecho y el sudor acumulado de mis medias jaladas me picaba las piernas. Mi atractivo mañanero se había esfumado, por lo que los empujones no se hicieron esperar y de nuevo, nadie me cedió su lugar. ¿Que no hay forma de tratar con dignidad a las mujeres, independientemente de su aspecto?

Al día siguiente, mi teléfono sonaba, una, dos, tres veces. Cuando al fin logré incorporarme con las piernas temblorosas y las pestañas postizas pegadas a mis párpados, levanté el auricular. Del otro lado, la chica con voz mecánica me anunció que yo había sido seleccionada para el puesto de trabajo.

No supe si alegrarme, enojarme o indignarme. Simplemente le colgué.

Qué difícil es ser mujer en este país.

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