jueves, abril 3, 2025

Motoristas – Rodolfo Lira Montalbán

A escasos veinte centímetros de sus botas, las pequeñas piedras del pavimento pasaban a más de ciento veinte kilómetros por hora, dibujando ante su vista rayas perfectas. Las anchas ruedas de su imponente motocicleta bramaban cortando el aire. El tubo de escape retumbaba, inducido por el gran poder del motor. Todo transmitía intensas vibraciones a sus brazos, al manubrio y a los guantes que firmemente lo asían. Su largo cabello no volaba al viento: viajaba cubierto con una pañoleta, resguardado dentro de un muy resistente casco rosa de fibra de carbono en donde los mosquitos encontraban el fin de sus días. Rosas también eran los adornos y los parches con flores del chaleco de cuero que indicaban, en el lenguaje de su hermandad, el haber completado más de cinco años de experiencia cabalgando su máquina en esas carreteras infinitas. Más que las caídas, lo que le dolía era la discriminación, en un ambiente supuestamente reservado solo para hombres. Era seguidora de las aventuras que prometía aquel grupo femenino: entre semana, discretas empresarias, estilistas, contadoras y maestras, pero amazonas rodantes del domingo, mujeres valientes que decidieron no viajar en el asiento trasero.  

El mundo del motociclista: adictivo, lleno de adrenalina. ¡Qué emocionante sería vivirlo! Sobre todo en esas enormes máquinas del tipo policial. Me imagino maniobrando confiado, esquivar baches y topes mientras inspirado canto: Aprieta el paso, que nos vamos a mojar. Motociclismo; vetado por mis padres y por mis temores y en el que torpemente incursioné en mi juventud. En motos desde luego prestadas, aprendí el funcionamiento básico, pero me quedaré con las ganas de saber para qué servían todos aquellos botoncitos del tablero. Cuando estaba por saberlo, era tarde, porque ya tenía la moto encima, la ropa rasgada y la cara llena de polvo. En esas deplorables condiciones, el aprendizaje pierde efectividad. 

Quedaron pospuestas por años las experiencias motoristas, hasta que una traviesa iniciativa rompió el romanticismo de aquella apacible tarde de noviazgo: “Óscar mi cuñado está estrenando moto, ¿y si se la pedimos para dar una vueltecita?” “Sí, claro, mi amor, estaría padre”, contesté ocultando en lo posible mi terror. Ya conocía el tipo de motocicletas deportivas que se permitía el buen Oscar, más bien gordas y temibles. Pero el afán de lucimiento del noviazgo sacó mi arrojada insensatez a relucir. Ya la vida me lo había advertido: Hay dos tipos de personas que se suben a las motos: Los que ya se cayeron, y los que están a punto de hacerlo. Mientras analizaba el aforismo, apareció subiendo trabajosamente el callejón aquella motoneta flaca y flatulenta, tripulada para paz de mi espíritu por el intrépido Óscar. Después de nuestra petición y sus consejos de rigor, sin más preámbulo, la abordamos y salimos eufóricos produciendo Mucho ruido y pocas nueces. Recorrimos escasas cinco cuadras con el viento en nuestras sonrientes caras cuando al dar vuelta en una esquina, el asfalto, como costillas de perro famélico, hizo que la rueda delantera se levantara. La reacción que correspondió a la acción fue violenta y nos proyectó por toda la calle. Heridos y abatidos regresábamos empujando nuestro rocinante descompuesto, cuando mi prometida se dio cuenta con espanto de que la piedra de su anillo de compromiso ya no estaba en su montadura. Volvimos de inmediato a la escena de la violación a la ley de la gravedad. Afortunadamente para nuestra historia matrimonial, aquella gema apareció incrustada en el chapopote. Me gustaría decir que fue fácil encontrarla gracias a su gran tamaño y a sus brillos extraordinarios. Pero no, era más bien pequeña, no del tamaño de nuestro gran amor sino de nuestro presupuesto, y símbolo perenne de que la palabra motocicleta no se mencionaría ni en lo próspero ni en lo adverso.  

rodolfolira@prodigy.net.mx

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