sábado, diciembre 3, 2022

Monte Azul, Oaxaca – Teresita Balderas y Rico

A los pies de grandes montañas se encuentra ubicado el pequeño pueblo de Monte Azul. Poca gente conoce su existencia, no está a simple vista. Es necesario tener un mapa mental de las veredas para no perderse.  

Su geografía es agreste, el clima es extremoso, la tierra no es propicia para el sembradío, situación que obliga a su gente a trabajar más horas para extraer los frutos de ella.

Al bosque, nadie va solo a cazar alguna libre, jabalí o venado. Se necesitan varias manos para ir quitando la maleza del camino. Los inviernos son muy fríos, a veces con temperaturas bajo cero. En los últimos años ha nevado también. La vida es difícil para sus pobladores. 

La madrugada del 2 de febrero, sucedió algo que cambiaría a Monte Azul.

El fuerte llanto de un bebé despertó a los moradores de la casa de los Guzmán: Ana y su esposo Andrés saltaron de la cama, quitaron la pesada tranca de encino y abrieron la puerta. Estaba nevando. Se detuvieron unos segundos para detectar la dirección del llanto.

El bebé seguía llorando, los esposos corrieron hacia el cobertizo. En una rústica canasta tejida con raíces del bosque, y envuelto en una piel de oveja, estaba un hermoso bebé con los ojos muy abiertos.

Cuando los vio, dejó de llorar. El joven matrimonio recogió la canastilla, Ana se quitó la gruesa manta y lo cobijó. Regresaron con rapidez a la casa, prendieron velas y lámparas de aceite. La abuela Sabina se encontraba en la cocina preparando el té para la recién llegada. ¡Ah!, porque ella sabía que era una niña. 

Con el biberón preparado, se dirigió a la nena, quien extendió sus bracitos tomando el dedo índice de Sabina.

─Bienvenida, Milena, ya te esperaba ─tarareó Sabina. 

La niña emitió sonidos guturales, mientras la abuela hablaba y cantaba. Se había iniciado un diálogo entre ellas. Ana y Andrés se miraban sorprendidos, no comprendían lo que estaba sucediendo.

─Abuela, ¿sabías que dejarían a la bebé? ─preguntaba la joven pareja. 

─Es un regalo divino para la gente de este lugar ─fue la respuesta de Sabina.

Esa noche el pueblo ya no durmió: con velas y lámparas encendidas fueron saliendo de sus casas, para enterarse de tan extraordinario suceso y conocer a la bebé. Todos admiraban la belleza de la niña y sonreían felices. Un estado de paz y renovadas esperanzas llegaba para dar nueva vida a esa comunidad. 

Las mujeres preparaban té, ponche, y horneaban el pan en la cocina. Los hombres se abrazaban, charlaban felices haciendo planes para mejorar las viviendas, la producción de ganado y hortalizas. Acordaron sesionar en Consejo al día siguiente.

Había dos consejos: uno de hombres, que organizaban y distribuían las horas de trabajo y la entrega de los productos cosechados. El otro Consejo lo dirigían las mujeres, ellas organizaban las actividades de alimento, vestido, educación, herbolaria, cultivo de los huertos y la cría de aves de corral. 

Sabina fungía como presidenta del Consejo. A sus ciento cinco años, escuchaba bien, veía mejor y caminaba rápido. A ella se le consideraba la sanadora de Monte Azul. Sus actividades empezaban antes del amanecer y terminaban al anochecer.  Ahora tendrá una gran responsabilidad: educar a Milena.

A partir de ese día, cambió la vida del pueblo. Hubo más días soleados, las tormentas fueron menos intensas, se repararon los daños en las viviendas, la gente vivía feliz.

La niña empezó a caminar desde los cinco meses. Siempre estaba en movimiento, recorría toda la casa. Se paraba en la puerta viendo hacia el exterior, quería explorar lo que había afuera, pronto lo haría.

La primera vez que se introdujo sola en el bosque, la gente se aterrorizó, la niña podía estar en grave peligro. Andrés y tres amigos salieron a buscarla sin tener éxito. 

Cuando Andrés entró a su casa, Milena estaba cenando. Corrió para abrazarla.

─¿En dónde estabas, niña mía? ─preguntó su padre.

─En el bosque, papá, no te alarmes no es tiempo de partir.

 Milena dormía poco, la abuela lo sabía. 

A su corta edad, la pequeña tenía una enorme responsabilidad. Vivía en constante vigilia, en cualquier momento tendría un encuentro con una energía negativa.

Sabina la siguió al bosque. Quedó asombrada al ver dos hermosos caballos, uno blanco y otro gris plata, cuya belleza resplandecía bajo la luz de la luna. Milena los acariciaba, dialogaban un lenguaje extraño. Sabina, con toda su sabiduría, no lograba entenderlo.  

La niña salía a explorar la mayor parte del día, regresaba cuando Andrés volvía de trabajar. Los días lluviosos o nevados, permanecía en la cocina conversando con la abuela, ambas se entendían a la perfección.

Sabina seguía a distancia a Milena. La vio conversando con un ser extraño, similar al de las historias que le contaban sus abuelos. Los caballos vistos a la luz del día parecían unicornios. Según la leyenda, pertenecían a una antigua civilización. Mutaban para mezclarse entre los humanos. En cada país tienen un nombre específico: nahual, chaneques, elfos, duendes.

Cierto día, una nube negra se movía en dirección a Milena. El aspecto era aterrador, estaba justo sobre la niña, parecía que se la tragaría. Sabina salió de su escondite, blandió un machete y con potente voz se dirigió a la nube.

 ─¡Regresa al lugar del cual vienes, maldito, sé quién eres!, el disfraz de nube no alcanza a cubrir tu maldad que es tan grande. ¡No te la llevarás! ─gritaba Sabina. ─¡No hoy, no, mientras yo viva! 

Esa noche, nieta y abuela, conversaron largamente en la cocina, con una taza de chocolate caliente. Las dos tenían la misión de salvar al pueblo, sus amigos de otras latitudes las ayudarían. 

─Abuela, pronto amanecerá, será mejor que nos vayamos a dormir ─propuso Milena a Sabina.

La inocencia de la niñez y la sabiduría de los años se fueron a sus camas, quedando profundamente dormidas.

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