lunes, diciembre 5, 2022

Mis mejores veinte minutos – Sandra Fernández

A menudo pienso que nos topamos con personas que cumplen una función específica en nuestra vida y que forman parte de un propósito que en principio no alcanzamos a distinguir. 

 Es algo así como cuando empezamos a aprender a andar en bicicleta. Sobre el asiento, con los pies en los pedales y sosteniendo el manubrio nos quedamos inmóviles porque dependemos de quien nos sujeta. Son ellos quienes nos empujan a pedalear, a mantener el equilibrio, quienes nos sostienen. Avanzamos temerosos pero confiados de que no nos dejarán caer y, bueno, de que el golpe no será tan fuerte. Así comienza nuestro aprendizaje hasta que en algún momento y, sin avisar, nos sueltan.

Entonces, logramos mantener el equilibrio y avanzar por nuestra cuenta, temerosos y otro tanto, motivados porque su voz nos alienta a seguir, a no dejar de pedalear, a no detenernos. Sabemos que están ahí. Y así es que, de una manera casi mágica, hemos aprendido a andar en bicicleta. 

Al voltear hacia atrás, nuestro maestro, quien nos enseñó, ya no está. No obstante, debemos continuar. Quisiéramos experimentar de nuevo esa sensación de sentir su compañía, su presencia. Pero, se ha ido. 

Su propósito en nuestra vida ha terminado; es así como entendemos que esas personas venían solo por un tiempo y que deben irse. 

Lo mismo sucede con el tiempo: pasan las cosas en el momento que deben de suceder.

Hace muchos años, cuando mi hija era pequeña, yo no podía acompañarla a comer al Colegio ya que la lejanía de mi trabajo no me lo permitía. Entonces, ella comía sola.  Me contaba que aún y cuando el comedor del Colegio a esas horas se encontraba repleto de gente y con un barullo habitual, ella comía sola ya que sus amigas se iban a casa. Pensar en ello cuando daban las dos de la tarde me quebraba. 

De cuando en cuando, me escapaba de mi trabajo para ir a comer con mi hija. El trayecto me tomaba un par de horas, además del habitual regaño de mí jefe, y lo peor es que solo podía estar con ella un espacio de veinte minutos. Lo tengo muy presente porque contaba cada minuto a su lado. Fijaba en mí mente, la candidez de su sonrisa, sus manos pequeñas, el cabello un poco despeinado, pero principalmente, el abrazo que recibía cuando me veía llegar; corría hacia mí y se abalanzaba a mis brazos. Era el momento que le daba sentido a todo lo que vivía y que me daba la certeza que podría cruzar mar y tierra solo por verla un instante. El amor, expresado en acciones.

Renuncié un par de veces, no aceptaron mi renuncia. Hubo alguien que me dijo: “Va a pasar el tiempo, ella va a crecer y lo entenderá. Son los sacrificios que templan el alma y fortalecen. Tu tiempo con ella llegará cuando deba llegar, confía.”

El tiempo pasó y la Compañía para la cual trabajo hizo algunos ajustes después de la pandemia. Y algo que nunca imaginé que sucediera, sucedió.  Comencé a trabajar desde casa, lo cual, hoy en día, me permite ir a comer con ella, algo que por supuesto nunca lo pude imaginar.

Fue una gran lección que me dejó una profunda huella al darme cuenta de que en realidad por algo suceden o no suceden las cosas. No es el momento o algo mejor vendrá. Quizá, antes de obtener lo que deseamos debemos de llevar un proceso de transformación para poder apreciarlo cuando éste llegue. Obligarlo o forzar a que suceda podría ocasionar un resultado distinto.

Hay un tiempo superior, que no podemos ver pero que ahí está. No lo podemos modificar a nuestro antojo; solo debemos dejarnos llevar, fluir y aprender.

Ahora, cuando mi hija me ve llegar, no se abalanza a mis brazos, ni corre hacía mí, pero esos veinte minutos que compartí a su lado  son los mejores que he tenido en mi vida, porque en ellos se encierra toda la felicidad que pude sentir en esa época compleja y que recuerdo con mucho cariño. 

Y, sí, tenían razón. Mi tiempo con ella, al fin, llegó.

Por: Sandra Fernández

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