Andrés es un joven universitario interesado en adentrarse en la nueva tecnología. Ha concursado en robótica y ha triunfado. En el primer concurso, obtuvo una medalla de plata y en el segundo de oro. Andrés es un buen lector, disfruta los libros. Recuerda los cuentos que leía su abuela cuando él era un niño. Es un joven universitario al que le gusta divertirse como niño.
Una tarde de verano, Andrés salió a la calle. Una ligera lluvia atenuaba el intenso calor de ese día. En algunos muros, había carteles anunciando al gran Circo Ruso. Era espectacular, decía la gente. Esa tarde, Andrés cuidaría a sus sobrinos, su hermana se los había encargado.
Estaba impresionado con la historia que le habían contado acerca de la gran trapecista, la estrella del circo ruso.
Andrés pensó que sería la oportunidad de cumplir con lo que había prometido a sus sobrinos, los llevaría al circo. En realidad, más que cumplir una promesa, quería cerciorarse de lo que decía la gente, tenía la morbosa curiosidad de ver a tan enigmática mujer. Hacían largas filas para conseguir un boleto; por fortuna él ya los tenía.
En el circo, el programa fue transcurriendo entre la gritería y carcajadas de los niños. De pronto, sonaron las fanfarrias. El maestro de ceremonias anunció a la gran estrella, el público aplaudió de píe. Ella lo saludó con tenue reverencia. Andrés observó que en el rostro de la chica se dibujaba el tedio y la tristeza.
La trapecista subió con agilidad la escalerilla. Empezó sus acrobacias, ejecutadas con maestría, semejaban el vuelo de las aves. El público contenía la respiración, las ejecuciones eran en extremo peligrosas, en cada movimiento había un reto a la muerte.
Andrés seguía con atención cada uno de sus movimientos, observaba como los músculos de la chica se tensaban, su rostro se transformaba, su belleza afloraba. No me explico: ¿por qué dice la gente que es una mujer fea? Su pelo negro contrastaba con la blancura de su piel y resaltaba el verde de sus ojos. Me parece que las apariencias engañan, pensaba Andrés. La belleza que en esos momentos mantenía al público con la boca abierta y, en total suspenso, no correspondía a la historia contada.
La historia que sabía Andrés era aterradora. Se decía que la madre de la chica huyó, en una noche tormentosa, llevándose solo a su bebé de cinco meses. Lucrecia tenía diez años cuando quedó en las garras de su padre. Era un tipo cruel, violento, maltrataba a todo mundo, a sus empleados, familiares, animales. Era dueño de un pequeño circo, la niña le tenía pavor.
El padre, al darse cuenta de la fuga de su esposa, optó por darle una golpiza a su pequeña hija, quien tuvo que ser hospitalizada. Le ponía tareas muy duras para su edad, debía ensayar algunas rutinas del circo, ante cualquier error era golpeada. Los compañeros del circo la ayudaban solo en la ausencia del padre, pues amenazó con despedirlos si le hacían su trabajo a la niña.
Fueron dos años de tortura en la vida de la pequeña, que temblaba cuando la noche se acercaba, quedaba a merced de un ser despreciable. Tenía doce años cuando escuchó a sus compañeros hablar sobre el gran Circo Ruso, que había llegado a la ciudad. Una idea cruzó por su mente.
Con signos de violencia en su cuerpo, empapada por la tormenta, inició el camino. Era una noche parecida a la que hubo cuando su madre se fue. La chiquilla de doce años pidió asilo en aquel circo ruso. Llegó en el momento en que todos se dedicaban al desmantelamiento del circo, ella, acostumbrada al trabajo duro, empezó ayudar. Al siguiente día saldrían rumbo a Brasil. Con la ayuda de la bella Zuleiva, domadora de caballos, la niña logró ser aceptada. Por fin había encontrado el cariño y protección en la amistad de Zuleiva.
De las caricias maternales pasaron a las pasionales, en plena adolescencia Lucrecia fue iniciada en el arte del amor. Por un tiempo todo funcionó de maravilla, hasta que Lucrecia descubrió a su amada Zuleiva acariciando a una jovencita de catorce años. Fue otro duro golpe en la vida de Lucrecia, quiso vengarse, aceptó ser novia de Raúl, un guapo trapecista. No buscaba el placer, sino calmar su ira.
“El amor no existe, al menos para mí, es solo una fábula”. Pensaba Lucrecia.
Un repentino grito del público sacó de su letargo a Andrés. Una de las cuerdas del trapecio se había roto, la otra estaba a punto de hacerlo. Lucrecia se sostenía con la mano izquierda, no podía usar la otra. Sin red protectora su vida estaba en peligro, solo sus habilidades podrían salvarla. Empezó a columpiarse, la gente no entendía el por qué lo hacía. ¿Qué era lo que estaba planeando? Los minutos pasaban y nadie podía ayudarla.
Sus piernas fueron el timón, al impulsar su cuerpo para alcanzar una cuerda podía ser su salvación. En cuanto observó que estaba su alcance, dio triple salto mortal, su impulso pudo lograr su objetivo.
Algo pasó en la mente de Lucrecia. Al estar en tierra firme su expresión no era de miedo, sino de asombro, de alegría. Había en su rostro una belleza diferente. La gente, de pie, prodigó el aplauso jamás visto y escuchado en ese circo ruso. Gritaron al unísono: “Te queremos Lucrecia, eres lo máximo”.
Ella había vencido a la muerte, la pesadilla había terminado, se estaba reencontrando con su propio ser. Sabía que desde ese momento, nacía una vida que ella había estado esperando.







