sábado, junio 25, 2022

Lo que parecía el final – Virginia Sánchez Morfin

Al valioso personaje sobre el que trata este relato de la vida real, le llamaban “El Desaparecido”. La razón… un día salió de su casa y no lo volvieron a ver. Lo primero que pensaron la esposa y los hijos, fue que seguramente se había ido a vivir con otra mujer. 

Yo asistía los viernes a un desayuno del Club de Industriales en la Ciudad de México. 

Al estar todos los estacionamientos cercanos saturados, le encargaba mi carro al señor que se hacía cargo de buscar un lugar para estacionarlo en calles cercanas.

Al salir del desayuno, ya a media mañana, platicaba unos minutos con el amable y educado acomodador. Así, me enteré de que él vivía en una vieja camioneta que siempre llamó mi atención, ya que de día y de noche estaba estacionada en el mismo lugar y además, porque tenía viejas cortinas de tela en todas las ventanas, que impedían ver hacia el interior. 

Meses más adelante, el misterioso acomodador también comenzó a ofrecer servicio de lavado de carros mientras los cuidaba. 

¿Por qué le llamo misterioso? Porque cada vez que le preguntaba su nombre, me pedía que simplemente le llamara “Expresi”.  Por muchos meses, creí que ese apelativo significaba servicio exprés, lo cual iba de acuerdo a su excelente labor. 

Debido a que su lugar de trabajo era una calle que se encuentra enfrente del Auditorio Nacional, cuando había algún evento, cada vez más asistentes encargaban su carro a Expresi. 

Conforme pasaban las semanas, le fui tomando aprecio al acomodador. Cada viernes, le llevaba fruta, una torta y pan, ya que me había comentado que, además de dormir, cuando tenía tiempo y algo de dinero, comía adentro de su camioneta.

Entre más platicaba con él, por sus modales y manera de hablar, más comprobaba que era una persona educada y con cultura. 

Algunos viernes, cuando tenía un rato libre antes de ir a mi oficina, me gustaba platicar con él.  Esto hizo que Expresi me fuera tomando confianza y comenzara a contarme pasajes de su vida. 

A medida que me relataba sus experiencias, más sorprendida me quedaba. Así, una mañana me comentó que había estado preso por cuatro años. En ese momento, además de sorpresa, sentí un poco de miedo al pensar que tal vez había estado platicando con un asesino. 

¡Qué fácil es juzgar y crear estereotipos! 

Por mi mente cruzó la idea de nunca más hablar con Expresi. Pensé en llegar más temprano y yo misma estacionar mi carro, así fuera a varias calles de distancia. 

Me alegro de no haberlo hecho.  

Meses más adelante, ese misterioso señor empezó, algunos días, a tener un joven ayudante que, según mi criterio, al igual que Expresi, no tenía apariencia y comportamiento de acomodador.  

Una de esas mañanas, el enigmático acomodador me comentó que, al no darse abasto con su numerosa clientela, pidió ayuda a ese muchacho, que era su hijo.

Una tarde, que había quedado de reunirme con varias amigas en uno de los muchos restaurantes que se localizan en la zona, observé que el lugar donde por meses estuvo estacionado el viejo y maltratado vehículo del Expresi, ahora era ocupado por otra bien cuidada camioneta. 

Lo primero que pensé fue que se había marchado el eficiente acomodador, pero nuevamente me equivoqué. 

Al avanzar a la siguiente esquina, con sorpresa y mucho gusto, escuché la ya conocida voz que me decía: “Señora, ¿acomodo y lavo su auto?”

Horas más tarde y observando que Expresi tenía poco trabajo, tuve el impulso de invitarlo a tomar un café en una sencilla cafetería que se encontraba a escasas cuadras. Él aceptó. Y así fue como conocí su sorprendente y admirable historia de vida.

Lo primero que le pregunté fue por qué todos lo conocíamos como Expresi y su hijo, cuando yo le preguntaba por su papá, contestaba: “Permítame, señora, ahorita busco a El Desaparecido”.  Esto hizo que en poco tiempo todos los que lo conocíamos también le llamáramos El Desaparecido.

Mientras tomábamos el café, comenzó a contarme su sorprendente historia:

“Soy arquitecto y hasta hace unos cinco años, era yo un triunfador, vivía en el seno de una familia unida y con buena posición económica, pero con la creencia, muy difundida en nuestro México, de que los negocios se hacen sentados a la mesa de un buen restaurante, consumiendo varias copas de vino o de cualquier licor, hizo que lentamente y sin yo darme cuenta, me convirtiera en alcohólico,  teniendo como consecuencia graves problemas con mi familia, que en repetidas ocasiones me corrió de la casa. 

“Uno de esos días que bebí en exceso, atropellé a una persona, lo que hizo que de inmediato me detuvieran, sin siquiera darme oportunidad de avisar lo que me sucedía.  Esto derivó en cuatro aterradores años de prisión. 

“Lo que ahí viví, no tengo palabras para expresarlo y, ¿para qué perder el tiempo?… nadie lo creería. 

“Pero comprobé que todo lado malo… tiene uno bueno. 

“Con la ayuda de un compañero psiquiatra, durante esos años, tomé la decisión de no volver a ingerir alcohol y lo he logrado. 

“Al salir de prisión, comencé a dormir bajo un puente, dedicándome a lavar coches durante el día. Más tarde, pude adquirir mi vieja camioneta, que utilizaba no para transportarme, sino para vivir.  Ahora, gracias a mi trabajo, ya pude comprar una casi nueva, que un cliente me vendió en abonos. También me fue posible rentar una habitación en una casa situada en un rumbo modesto. 

“Hace pocos días, mi hijo pasó por la calle en la que ofrezco mis servicios de acomodador. Se sorprendió mucho, ya que al haberme desaparecido y nunca buscar a mi familia, creían que me había ido a vivir con otra mujer o que, tal vez, en una de mis borracheras había muerto. 

“Me había propuesto no buscar a mi familia hasta estar seguro, de ser capaz, por bastante tiempo, de no volver a beber”. 

Al conocer esta historia de triunfo, fracaso, dolor y superación, solicité a mi amigo Jorge, quien tenía un programa de radio en el que yo participaba dos veces por semana, que me diera oportunidad de entrevistar a Mario Roca (ahora yo sabía el verdadero nombre de El Desaparecido). 

Expresi contó al aire, no sin llorar, su historia de vida. Así fue cómo un prestigiado arquitecto que escuchó la entrevista le ofreció trabajo en su constructora.  Esto le ha permitido a Mario regresar a su hogar, ser padre y esposo ejemplar. También da conferencias en Alcohólicos Anónimos. 

Al día de hoy, perdí a un acomodador de carros… pero gané un ejemplar amigo. 

g.virginiasm@yahoo.com                                        @gvirginiaSM

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