martes, junio 9, 2026
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Lo que cuenta don José / Teresita Balderas y Rico

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En las comunidades rurales, donde la pobreza acecha a sus moradores, los adelantos científicos y tecnológicos no han llegado, hay comida para un día, sin saber si habrá para mañana. En ciertas ocasiones, suceden eventos difíciles de creer, para los cuales no se encuentra la respuesta lógica.

Este hecho increíble sucedió en el siglo XX, en un ranchito llamado El Lobo. En ese lugar vivía don José, un hombre muy trabajador. En su comunidad la gente se ayudaba: cuando alguien quería arreglar su casita, la mayoría apoyaba.

La vivienda de don José era muy humilde, estaba construida de adobe, el techo era de lámina, vara, cartón y algunas tejas que hacía muchos años le había regalado don Jacinto, su padre.

Su esposa Isabel, su hijo Jesús de cinco años y su hijita María, de tres, formaban su familia. José trabajaba mucho para que no faltara la comida. Sufrían con la lluvia o el frío, porque se colaba por el endeble techo. Su padre le había heredado una parcela. Habían estado bien, pero una fuerte tormenta terminó con los sembradíos.

Don José vivía una profunda tristeza, no tenía dinero ni trabajo para alimentar a su familia. Salía a pueblos cercanos a buscar empleo, caminaba varias horas entre los cerros; con algún hilito que encontraba, amarraba su huarache, comprar otros era imposible.

Trabajaba todo el día cargando bultos de tierra, maíz, frijol, lo que fuera. El trabajo era pesado y mal pagado, recibía unas

pocas monedas, que no eran suficientes para comprar lo que se necesitaba.

Isabel tenía cuatro gallinas ponedoras, una cría de pollitos y una cabra; eran su gran tesoro. También estaba preocupada, pues no tenía alimento para sus gallina y pollitos. La cabra dejó de dar leche. Dejó libres a sus animalitos, para que buscaran de comer.

Cierto día, José encontró trabajo con un patrón que no era tan abusivo como los otros. El pago fue bueno, además le regaló una bolsa con frutas, jitomates y chiles. José, muy contento, agradeció el regalo.

Caminaba lo más rápido que podían sus pies, del cansancio ni se acordaba, quería llegar pronto para sorprender a su familia. Pero la vida tenía otros planes.

Al entrar a su humilde casa, Isabel estaba llorando, la niña había tenido mucha fiebre todo el día, las hierbas que antes la curaban no habían podido con esa fiebre.

Don José se persignó ante el Cristo que estaba colgado en la pared. Con lágrimas en el rostro dijo: “Señor, ten piedad, protégenos, por favor cura a mi hijita, es muy pequeña, no te la lleves, Cristo Jesús”.

Desesperado, José tomó una decisión: iría a buscar a su compadre Simón, pediría dinero prestado, llevaría la niña con un médico. Simón vivía en El Madroño, el rancho era grande, la mayoría de la gente de ese rumbo logró salvar su cosecha.

Sin pensarlo más, José agarró su viejo sombrero, una vieja chamarra, e inició el viaje. A su mente llegaron las leyendas que cuenta la gente, cosas que suceden en esos cerros. Un

escalofrío recorrió su espalda, se encomendó a la Virgen María.

Pronto se hizo de noche, tenía que pasar por un bosquecillo, donde según dice la gente, pasan cosas malas. Recordó los rezos que le enseñó su abuela.

De pronto empezó un fuerte viento, los árboles parecían llorar, se escuchaban ruidos, como si mucha gente caminara sobre las hojas de los árboles. El miedo atrapó a José, trataba de correr, sus pies ya estaban muy cansados.

Su corazón también estaba asustado, latía muy fuerte, escuchó las pisadas muy cerca, al voltear vio a cuatro hombres, traían pañuelos que les cubrían la nariz y garganta, al escuchar sus voces, reconoció a dos de ellos, eran quienes habían insistido comprarle su parcela. José les había dicho que no podía venderla, porque era una herencia de su padre y había prometido cultivarla. Los tipos insistieron, al no lograr su objetivo lo amenazaron, dijeron que un día regresarían, José tendrían que entregársela por la buena o por la mala, o su familia sufriría las consecuencias.

Los pasos se acercaban, José rezaba pidiendo a Dios por su familia, si él moría no habría nadie para cuidarla. Quiso cerciorarse en dónde estaban, pero en ese momento una negra nube cubrió la luz plateada de la luna. La oscuridad era total, la angustia era insoportable, no podía moverse porque no se veía el camino. De pronto se escucharon unos golpes, los ladrones pedían perdón. Algo estaba sucediendo, hablaban unas palabras que él no entendía, José pensó que a él también lo golpearían, su corazón latía tan fuerte, que podría sufrir un infarto.

La nube se abrió dejando ver a la luna llena en todo su esplendor. Podía seguir su camino. En ese momento una enorme roca se movió, una puerta se abrió dejando ver una luz plateada.

Entonces es cierto lo que dice mucha gente, pensó José, que por este camino hay una cueva que sola se abre y se cierra. Don José quería correr, pero no podía moverse, sacó su escapulario y empezó a rezar. Segundos después salieron tres seres con una ropa muy rara.

─Buenas noches, José, no te asustes, solo queremos ayudarte.

─¿Qué tienen en esa cueva?, mucha gente ha buscado la puerta, pero tampoco han encontrado la enorme piedra─ con voz temblorosa dijo José.

─La conocerán cuando la humanidad esté preparada. Por ahora regresa a tu casa, con esta medicina tu hija sanará.

El personaje continuó informando: en tres días las lluvias mojarían la tierra, volverían a sembrar y tendrían buenas cosechas, estaban preparando las nubes para la lluvia. Dieron una misión a don José; se encargaría de que la gente del rancho trabajara en armonía, que todos los niños asistieran a la escuela, esos niños algún día será científicos. No te preocupes por los malos, no permitiremos que los narcos entren en su comunidad. Es muy triste que la gente sufra tanto, los gobernantes no cumplen su trabajo. Cuando la gente se eduque, la vida será diferente.