sábado, abril 13, 2024

Las jacarandas de marzo – María Antonieta Herrera

“Creer en las adivinanzas propias y ajenas me maravilla la vida”. Lo escuché de alguien y me encantó.   

Quién sabe si mi tiempo camina rápido. Los días se hacen horas y el calor no consigue desaparecer de las noches, que cada vez son más cortas. Adivinar en vez de quién sabe. A veces, es bueno vivir dentro de una adivinanza, aunque no creo que se pueda predecir el futuro, y eso es un prodigio de sorpresas inimaginables: volver a vivir como si fuera una niña en primavera, dentro de mi asombroso otoño invernal. 

Me encanta el calor de marzo que hace arder mi corazón, despierto al asombro de la primavera que llega como bendición. Marzo es hermoso, es una promesa de felicidad, empiezan a estallar las jacarandas moviéndose por el viento en su azul violeta, llevándome a mi infancia, cuando jugaba en algún jardín de mi ciudad con las pequeñas flores azuladas que caían al suelo y yo las convertía en muñecas hablantinas; después a mi juventud, noviando bajo esos ramilletes azules que colgaban de grandes árboles, sentada en una banca con mi amado de ese instante, sintiendo el corazón entre las piernas cuando el sexo despuntaba, adivinando si sería eterno ese amor, dándonos sorpresas a veces. Porque la promesa de aquellos tiempos era casarse: bien, mal o regular, esa era la fascinación del momento. 

Hoy, sigo disfrutando el calor de marzo y conservo el privilegio del deseo, como mi perrita, que a todo sobrevive. Soy dichosa al recordar la celeste y plural historia de mi corazón. Los azules de esas flores han iluminado mis complicados amores. Y así siguen siendo cada año las jacarandas en flor, que a cada quien le hablan sobre lo que quiere oír, pintándolo con su azul mágico. 

En el tiempo de su floración, las jacarandas inician invariablemente mi asombro por la vida llenando mi cuerpo de júbilo, y sus días de viento alborotan mi cabello y mi alma. Los amaneceres amarillos de tenues resplandores dorados, días largos para darme tiempo de contemplar las delicias que vivo, esperando las tardes-noches pintadas de tenues e impávidos rayos azules, rosados y naranjas rojizos intensos en todas sus tonalidades, hasta cubrirse el cielo de un azul negro penetrante, alumbrado por los ojos de mil estrellas pizpiretas y algunas veces asomándose una luna inmensa, enamorada, dorada y ardiente, que me llena de dulces ensoñaciones y apretados desafíos, que apenas me caben en el alma.  

En este marzo loco, de repente aparecen mañanas y noches frías, en donde uno necesita tomar prestado el quimérico calor de alguien, aunque sea un ratito, para no sentir el frío de perder los deseos de pasiones intensas, con la urgencia de vivir en la cima de una ola que va y viene, elevándose en su mar cerúleo, sintiendo la calidez de un amor impredecible que habita en los sueños de toda mujer urgida de alimentar sus fantasías. Por eso amo marzo, que me trae el calor de su sol primaveral y el viento frío de sus locuras, con sus jacarandas en flor, los recuerdos de amores de ayer y las promesas de los amores de hoy y mañana. 

El amor sigue siendo una aventura en cada estación, pero la primavera lo provoca con más entusiasmo. Lo vivimos sin negarnos a ese sortilegio y cada quien lo celebra como mejor le parece. 

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