Teresita Balderas Y Rico
La violencia ha acompañado a la humanidad desde su aparición en este planeta Tierra. En diversas etapas de la historia de la humanidad se ha tratado de justificar esa conducta humana, porque era necesaria para sobrevivir. Los siglos fueron pasando, la violencia fue creciendo, ahora no solo para sobrevivir, sino para arrebatar a otros sus bienes. Estallan entonces las guerras, porque una nación envidia las riquezas de otra y una forma de arrebatarle sus bienes es invadiéndola.
El poder enajena los sentidos, la brutalidad emerge, la paloma de la paz ha desaparecido.
En cada país, ciudad o comunidad, existen lugares donde la gente que nació ahí vive en paz, convive, se respeta y se apoya compartiendo su propia historia.
Cierto es que la violencia en determinados casos sustituye a la razón. En el conflicto de intereses, las querellas suelen ser intensas: cada una de las partes involucradas piensa que tiene la razón. Sin embargo, solo una de ellas la tiene, y para convencer a su contrincante le muestra documentos. En ese momento, la parte perdedora se da cuenta de que está perdiendo lo que tenía seguro.
Parte de su conciencia lo asume, pero no lo acepta. Entonces, lo racional deja de ser importante. La furia emerge, el sentido común desaparece. En ese momento, el sujeto que tiene la razón debe utilizar un lenguaje y voz adecuada, que permita apaciguar el estado de ánimo de la persona que desea tener por cualquier medio aquello que no le corresponde. Una parte del subconsciente del sujeto le dice que él no puede ser el dueño. Al no llegar a un acuerdo, emerge primero la violencia verbal y posteriormente la física.
Una amiga muy querida me comentó un incidente que tuvo su hermano Arturo en la Ciudad de México hace aproximadamente siete años. El hombre manejaba por una de las avenidas más transitadas de la ciudad. Delante de él, en un carro de lujo viajaban cuatro pasajeros riendo a carcajadas. Al llegar al cruce de calles les tocó el alto. Pudo observar que los tipos decían algo y lo señalaban. El semáforo dio luz verde para que el tráfico continuara, pero el auto que estaba delante no se movió. El hermano de mi amiga estuvo a punto de tocar el claxon, en el último segundo decidió no hacerlo. Los conductores que estaban detrás suyo sí utilizaban con insistencia el claxon, hubo de esperar otro turno. Las risas de los tipos del lujoso auto, eran cada vez más estruendosas.
Los tipos avanzaron al llegar la tercera luz verde de semáforo. En el siguiente alto, se le emparejaron. Uno de ellos, con grandes tatuajes en el cuello y en los brazos, dijo al hermano de mi amiga: “Te has ganado un premio”. Con timidez, Arturo dijo: “Disculpe, caballero, no he comprado nada que implique un regalo”. El regalo era cinco mil pesos mexicanos; al recibirlos, se encomendó a Dios pues pensaba en cualquier momento lo matarían.
“Ya cuéntalos”, dijo uno de ellos. “Mira, hoy no te tocaba, hicimos una apuesta, si tocabas el claxon te meteríamos una bala, pero si aguantabas te daríamos un regalo y te lo ganaste”.
Tratando de que la voz no se escuchara temblorosa, les respondió: “Gracias, señores, podría dárselos a algunos niños que piden algo para comer”. Los tipejos se burlaron de su decisión, uno de ello dijo: “Los pendejos abundan”. Con estruendosas carcajadas y derrapando llantas se alejaron.
Arturo se aferraba al volante tratando de no impactarse con otro auto, sentía dolor de cabeza, le dolía el pecho, trataba de asimilar lo que le había sucedido, estaba consciente de que milagrosamente había salvado la vida.
Cada minuto aumentaba el dolor en el pecho, sentía que no podría llegar a su casa. Por fortuna, en un alto, estaba una patrulla policiaca, pidió auxilio y lo llevaron a un hospital, lograron salvarlo de un infarto. A partir de ese dantesco incidente, tenía terror de salir a la calle, sufría de terribles pesadillas.
Arturo vendió su departamento para venir a vivir en Querétaro. Aquí vivían tres de sus hermanas, tuvo una vida más tranquila.
Los humanos tenemos una parte oscura y otra luminosa. En el interior de aquellos tipos reinaba una densa oscuridad. Hacer una apuesta con la vida de alguien solo por diversión, resulta inaudito.
En múltiples escuelas la violencia ha aumentado, cierto es que en escuelas primarias y secundarias niños y jóvenes han tenido riñas por haber perdido en algún juego deportivo o por alguna broma de mal gusto. Sin embargo, la aplicación de las reglas escolares, conminaban a los alumnos a no pelearse.
En este mundo convulso, la disciplina escolar se ha relajado. Es triste, doloroso, ver la pérdida del sentido común, el desapego de los valores, la exhibición de la poca o nula educación familiar en algunos chicos.
La semana anterior, en un noticiero, observé un video donde dos jovencitas se estaban peleando. Se observaba que una era la que atacaba, la otra solo trataba de defenderse. Fue una golpiza, la chica era jaloneada de los cabellos; la otra la tiró al piso, la seguía golpeado en la cabeza.
La joven que atacaba lo hacía con tanta furia que podía matar a la joven que ya no se defendía.
Lo deplorable fue que había muchos alumnos, hombres y mujeres riéndose, grabando, sin ninguna empatía hacia la chica que yacía en el piso siendo golpeada. ¿Qué pasa con la esencia humana?, ¿dónde se perdió el sentido común?
¿Qué pasa con los directivos, los maestros?, ¿por qué esa indiferencia?, ¿será que existe temor de ser agredidos si se atreven a interrumpir la pelea y defender a la persona agredida?
Hay una tarea que nos compete a todos.
Se llama educación.







