viernes, agosto 19, 2022

La vejez de nuestros padres – Sandra Fernández

Nuestros padres también fueron jóvenes.

Colmados de vida, repletos de sueños, de ilusiones.

Nos llevaron en brazos, pasaron noches sin dormir; alertas al menor ruido, cuidando nuestra respiración, velando nuestros sueños; les aterrorizaba vernos tan pequeños y vulnerables. Tan dependientes de ellos.

Se preguntaban si tomarían las decisiones correctas para guiarnos, si su amor alcanzaría para protegernos, si tendrían vida y tiempo para vernos crecer.

Así transcurría la vida, rápida, ágil. Los engullía. Vida cotidiana, ajetreo, movimiento. Trabajo, descanso, de nuevo trabajo. Día tras día. Pasaba rápido como un tren que va a gran velocidad.

Durante las noches, se acercaban a cubrirnos del frío, a escuchar nuestra respiración o simplemente a vernos dormir. Mientras cavilaban cómo le harían para llegar a fin de mes, si necesitábamos zapatos nuevos o quizá un nuevo uniforme. 

Padres protectores, absorbentes y posesivos, cómplices, afectuosos, sin apenas un manual, sin un instructivo, guiándose con su propio instinto y con lo que creían saber.

El tiempo seguía su curso y, de pronto, de esos seres dependientes y necesitados que éramos, de un momento a otro, nuestros padres nos asfixiaban; les pedíamos distancia física y mental, privacidad en nuestra habitación y de nuestras cosas. En un dos por tres, el lugar de nuestros padres fue ocupado por nuestros amigos, por nuestros propios intereses. Ansiábamos independencia, desprendernos del manto protector, correr nuestros propios riesgos e infringirnos nuestras propias heridas.

Ellos, silenciosos, también iban cambiando; ya no eran tan fuertes; el cansancio calaba más hondo y se empezaba a acumular. Se preguntaban si sus hijos, esos seres independientes y ahora extraños, estaríamos tomando las decisiones correctas y si la vida les alcanzaría para vernos salir de esa turbulencia en la que nos movíamos. 

Hasta que un día, por fin, sentamos cabeza y con un título en mano y con el gesto adulto, comenzamos a construir nuestra propia vida. Nos fuimos a trabajar a otra ciudad, a otro país, nos casamos, emprendimos el vuelo. Repletos de sueños, de ilusiones. Tuvimos nuestros hijos, formamos una familia, tal como ellos lo hicieron años atrás.

Demasiados ocupados en escribir nuestra propia historia, poco a poco, los fuimos olvidando, olvidamos hacerles la llamada, las visitas, los aniversarios, las fechas especiales. Nos fuimos despidiendo de ellos. Olvidamos los domingos de misa, la comida juntos y las tardes de aburrimiento de cuando éramos niños. Dimos por hecho que estaban ahí y que nunca se irían, porque siempre estaban ahí.

Es curioso escucharlos decir que siempre seremos sus bebés, pese a que seamos ya adultos. Hace años pensaba que exageraban, hasta que tuve a mis propios hijos y lo entendí.

Entendí que la vida es como las estaciones del año: hay una época para nacer, otra para florecer, otra más para descansar y reflexionar antes de que el ocaso de la última estación se precipite. 

Y es que a veces olvidamos que nuestros padres también fueron jóvenes, fuertes, sanos, que iban y venían. Los años se les vienen encima y, de repente, nos vemos ayudándoles a caminar, a vestirse, a comer. Sus dolencias físicas cambian cada día, aunque las dolencias del alma no se van; esas son huellas que han dejado los años.  Ellos también se asombran al ver que se han invertido los papeles y que ahora dependen de nosotros. ¿En qué momento sucedió?, se preguntan. A veces, les gusta entrar a nuestra antigua recámara y tocar algunas las cosas que quedan de nosotros, como el uniforme de la escuela, los juguetes, algún libro viejo. Son tesoros escondidos de una época de su vida que les dio valor, significado, razón de vivir. 

Por las noches todavía se despiertan, pensando si tomaron las mejores decisiones, si nos dieron lo suficiente, si hicieron lo correcto.

Ahora, solo agradecen que la vida al final… sí les alcanzó para vernos crecer. 

Por: Sandra Fernández

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