Conocí a alguien y me gustó. Enciendo el mecanismo: por un lado, deseo volver a experimentar la emoción de ver a aquella persona, y por el otro, temo que el encuentro no se repita. Me aferro a la ilusión y huyo de las decepciones, como si eso fuera posible.
Experimento algo que me llena de emociones, que me transporta a un estado de exaltación y disfrute. El mecanismo se activa de nuevo: empiezo a ponerme ansiosa cuando percibo que la experiencia comienza a declinar, y busco la manera de extenderla, para no perder las sensaciones que tan bien me hacen sentir. No me doy cuenta de que me he vuelto adicta a esas sensaciones.
Enfrento una situación complicada que no sé resolver. Deseo encontrar la salida y pienso cada vez más en el tema. No encuentro solución, me obsesiono. De nuevo el mecanismo: mi cabeza y mi corazón se han atascado, les faltan espacio y luz. Dejan de funcionar. La situación me quema, no soy capaz de salir. Prolongo en mi mente el problema, como hámster en su jaula.
Concluí un proyecto que resultó exitoso y bien aceptado. ¿Qué viene a continuación? Probablemente experimente algunas dificultades al inicio del siguiente proyecto. Pero, ¿por qué me ocurre esto?
Tal vez el estándar de calidad que ha logrado mi trabajo anterior, me obliga silenciosamente a prolongar el éxito. Ya no quiero algo menos que eso, necesito estar a la altura de las expectativas que creé en mí y en los demás. Deseo seguir cosechando buenos resultados, y ese deseo me impulsa, pero al mismo tiempo, ahora me juega en contra. Ejerce presión en mí, y mi creatividad se encuentra comprometida. Me siento sin inspiración, no sé cómo iniciar.
¿Qué hago?
Lo más sensato sería detenerme, me digo, y dejar estar…
Dejo de luchar, depongo las armas, empiezo a calmar mi agitación. Poco a poco, voy creando un espacio vacío de preocupación, voy relajándome. Cuando al fin me distraigo y retiro mi atención del tema, solo entonces, la magia puede ocurrir.
Tal vez sin darme cuenta, empieza a hacerse la luz: entonces, es posible que comprenda que el flautista interpretó la melodía de lo permanente, que yo la escuché y me abandoné en manos de la seducción. Es probable que me percate de que me dejé conducir mansamente a la cueva del lobo. Y también puede que entienda que me encerré a mí misma en la ilusión.
Me perdí en las ensoñaciones de ese otro yo oculto, silencioso y engreído, que piensa y lucha por permanecer.
Y, ¡ahí está la llave para salir!
Y la llave no es otra que la aceptación de que todo pasa, de que lo que empieza, tarde o temprano acaba. De que las emociones que me llenan en un momento, pronto van a terminar y mi estado de ánimo será inevitablemente otro.
Así opera el deseo de la permanencia, y nos atrapa con más frecuencia de lo que pensamos.
Nos volvemos esclavos en pos de las experiencias que gozamos y enemigos de las que no nos agradan. En un abrir y cerrar de ojos nos volvemos selectivos y reacios al cambio, creyendo que podemos elegir, cuando en realidad, lo único que podemos hacer es adaptarnos a los vaivenes de la vida y de las experiencias.
Nos transformamos en especialistas del aferramiento, tanto a los momentos felices como a las penas, los duelos y la tristeza. No queremos salir de ahí.
La buena noticia es que, lo pasajero aplica en todo. Así que, la próxima vez que te encuentres sufriendo, date un toque de alerta y recuerda que también lo doloroso pasa y que nada dura para siempre.







