sábado, marzo 14, 2026
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La espera. Por: Teresita Balderas y Rico

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La espera

Teresita Balderas y Rico

Laila y Rubén son dos jóvenes cuyas vidas han sido azarosas desde la niñez. Por diversas circunstancias, quedaron huérfanos a temprana edad.

Los padres de Laila se casaron muy jóvenes. Después de tener una hermosa hija, el esposo murió en un accidente de trabajo y la joven esposa no pudo asimilar la muerte de su amado: una fuerte depresión se apoderó de ella, ya no se pudo levantar.

Los abuelos maternos: don Felipe y doña Sofía, se hicieron cargo de la crianza de la niña. La amaban de todo corazón.            

Tenía cinco años la niña cuando dejó de latir el cansado corazón de la abuelita.  

Felipe estaba desolado: el dolor de perder a su compañera de toda la vida y la responsabilidad de hacerse cargo de su nietecita, fueron demasiado para él. La risa y las travesuras de Laila lo mantenían de píe, eran su motivo para vivir.

El organismo de Felipe reclamaba atención, el médico dijo que su corazón estaba muy débil. ¿Qué sería de la niña? ¿Quién se haría cargo de ella? Su hermano José y su cuñada Margarita no habían podido tener hijos. Pensó que ellos podrían ser la solución. Un día encargó la niña a su vecina, quien quería mucho a la pequeña; el abuelo fue a casa de su hermano, vivía en otra ciudad.

José y Margarita se sorprendieron al ver a Felipe, quien les contó la situación, lo enfermo que estaba, su angustia por los cuidados de la niña. Platicaron un buen rato, don Felipe volvió a sonreír. José y Margarita estaban muy contentos, pues tendrían al hijo esperado.  

Tres meses después de ese encuentro, el cariñoso abuelo de Laila iría a encontrarse en la eternidad con Sofía, el amor de su vida.

Rubén vivió los primeros años de su infancia rodeado del cariño de sus padres: Roberto y Lucía. Rubén cursaba el quinto grado de primaria cuando el camión donde viajaban sus padres, por un defecto en los frenos, volcó en un barranco. La mayoría de los pasajeros murieron.

Rubén quedó huérfano, lo que significó una tragedia, el niño no conocía otros familiares. Tenía unos tíos en otra ciudad. Sin embargo, un niño de once años, ¿qué podía hacer? Doña Lupita, vecina y amiga de su mamá, cuando se enteró del accidente, fue a la escuela a recoger a Rubén.

El niño al verla, preguntó: “¿Por qué mi mamá no vino a recogerme?”

Fue un gran sufrimiento para un niño de su edad perder a sus padres. Lupita recordó que su amiga le había dado el número telefónico de sus familiares, por si algún día fuera necesario. Los tíos de Rubén se trasladaron de la ciudad de Guanajuato a la de San Luis Potosí.

Después del sepelio, encargaron la casa a doña Lupita, ya que la arreglarían para rentarla y con ese dinero comprar lo que él necesitara en la escuela. Los tíos eran propietarios de una tienda de abarrotes, tenían dos hijos, uno de catorce años y otro de doce. Todos colaboraban en la casa, los chicos antes de ir a la escuela debían realizar algunas tareas.

Poco a poco, Rubén fue asimilando lo que había sucedido a sus amados padres. Fue bien aceptado por sus tíos y primos, se convirtió en un miembro más de la familia.

Laila y Rubén eran dos almas gemelas, que sin conocerse vivían situaciones similares. Se caracterizaban por el desarrollo de su inteligencia y su gran sentido humanitario. Los chicos cumplían con sus respectivas tareas en casa y en la escuela. Eran reconocidos por su desempeño escolar. Obtuvieron becas para sus estudios universitarios.

Cierto día, dos chicos llegaron corriendo al colegio “La Escuela de Fráncfort”, buscaban el aula donde tendrían la primera clase, al dar vuelta en un área de salones, tuvieron un encontronazo, cayendo las carpetas y tabletas que portaban. Nerviosos, se disculpaban el uno al otro, se presentaron, quedaron de verse en algún receso de clases.

Se reunieron en un jardín del Centro Universitario. Rubén comentó que estudiaría física cuántica, Laila eligió estudiar biología marina. Este fue el inicio de una gran amistad. Descubrieron que sus vidas eran muy parecidas. Todos los días se reunían para comentar y opinar sobre los temas y las actitudes de los maestros en clase.

La vida les sonreía, todo iba bien en clases en el trabajo de medio tiempo y, sobre todo en el amor, como de novela, que había llegado a ellos.

Los meses y años pasaron. Los estudios universitarios habían llegado a su fin, al ser ganadores de varios proyectos. Ya tenían trabaj: poderosas empresas los habían contratado Rubén, fue enviado a Alaska, Laila a un pueblo ubicado en el Amazonas.

Al llegar el día de la partida, la separación fue dolorosa para ambos. Había tanto que decir, mas nada se decían. Por fin, Laila habló: “Esto ya lo esperábamos, hagamos con ética nuestro trabajo, en beneficio de la humanidad”

“Eso haremos, nuestro amor es único y puede esperar”, dijo Rubén.

“Yo espero: espero pacientemente volver a verte, a encontrar en esas tierras mágicas, donde todo se hace posible y de donde provienen los presagios, las necesidades del alma”, añadió Laila.

“También esperaré”, dijo Rubén, “donde se tienen que abrir bien los sentidos para entender lo que pueda suceder, por lo pronto yo también esperaré”.

La espera fue larga, cada uno en su área se desempeñó con ética, aunque hubo momentos en los que su vida estuvo en peligro.   

Tres años duró la espera, por fin se volverían a ver.

A veces, vale la pena esperar.

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