sábado, febrero 24, 2024

La cama – Teresita Balderas y Rico

La cama es un mueble con una larga e interesante historia en el mundo. Sus funciones son múltiples, la principal es para dormir. Tiene otras que suelen ser tan importantes como la primera, entre ellas: amar, leer un buen libro, acompañado de un espumeante chocolate o una copa de vino. Disfrutar alguna película o serie televisiva.  

Otras funciones, no tan agradables pero necesarias, se refieren al estado de salud. Permanecer en cama por prescripción médica, en sesiones de terapia o por un estado depresivo.

La cama, ya sea destinada a los reyes, emperadores, miembros de la realeza, o bien para gente de escasos recursos económicos, tiene las mismas funciones. Este mueble es reconocido mundialmente. Las formas y materiales empleados en su elaboración, hacen la diferencia.

¿Cuántas historias se han escrito en la confiabilidad de una cama?

Alianzas políticas, comerciales, secretos que dejan de serlo, promesas, juramentos. De este preciado mueble se pueden contar infinidad de historias.    

La cama, de la forma en que hoy se le conoce, nació hace cientos de años. En principio era un rectángulo de material rústico; más tarde, de metal o madera. Los griegos fueron los primeros en ponerle cabecera.  Existen vestigios de la cama usada en Egipto en la Dinastía IV, en el año 2600 a. C. Ya sea sencilla, rústica o de lujo, cada cama tiene su propia historia. Su trascendencia puede ser de orden político, económico, cultural, social. O de una pareja que teje su propia historia de vida. 

Hace algunos años, en una reunión entre amigas, donde se habla de cualquier tema y no se concluye alguno, escuché una narración donde la cama era la protagonista. Quien la contaba, transformó las facciones de su rostro: sus mejillas se sonrojaron un poco, su boca dibujó una tenue sonrisa. La mirada era luminosa, nos trasmitió su emoción. Increíble, dejamos de parlotear y la escuchamos con atención, no queríamos perder algún detalle. 

Así empezó mi amiga a contar lo sucedido:

“Recuerdo la cama de recién casada, fue uno de los muebles que mi esposo llevó como dote. Era individual, de tambor, como se le conocía a la base, con una hermosa cabecera laminada, en colores hueso y marrón.  Esta cama fue multifuncional, aún pienso en ella.

Nos casamos en las vacaciones decembrinas de 1974, sólo teníamos diez días hábiles para realizar un sinnúmero de trámites, de los cuales no todos llegaron a feliz término. Sin embargo, ese 24 de diciembre ha sido uno de los más felices de mi vida. La familia de mi esposo estaba lejos de Querétaro, la mía no quería saber nada de mí. Aún con esos discordantes, me propuse hacer una rica cena para mi amado esposo. Preparé una deliciosa pasta y pollo a la naranja al horno, así como una suculenta ensalada, estrenando la estufa que nos habían entregado esa mañana.  Brindamos por nuestro matrimonio con sidra rosada.

Estos manjares los disfrutamos sobre la cama, la que se convirtió en una elegante mesa. Así me parecía, porque el mantel que puse sobre ella, le daba ese aspecto. Nos sentamos sobre cojines, ya que no teníamos sillas.

Cuando regresé a mi vida profesional, la clásica pregunta llegó más rápido de lo que esperaba. Aún no cruzaba la puerta del edificio y ya me estaban cuestionando.

 ─¿Cómo te fue? Cuéntanos ─pedían mis amigas, mientras mis compañeros me veían con cara de pícaros.

 ─Muy bien, la primera semana me la pasé comiendo en la cama —dije.

 ─¿Qué, tu marido es muy rico? ─ cuestionó una de mis compañeras.

 ─No —respondí—. Lo que sucedió es que no llevaron los muebles en la fecha que nos prometieron y lo único que teníamos era la cama. Aparte de dormir, ahí comíamos, arreglábamos la ropa o simplemente nos sentábamos a ver la televisión.

─¡Ah, todo podía faltar, menos la cama! ─ dijo mi amiga Rosy.

─¡Claro, amiga, no iba a pasar mi noche de bodas en el piso! 

La risa apareció al unísono, los compañeros a lo lejos trataban de adivinar lo que las mujeres comentábamos.

─Maestras, ¿a qué hora van a entrar a sus salones? ─la directora hizo valer su autoridad, y nos pusimos a trabajar”.

La historia narrada despertó mis recuerdos. 

No existe la menor duda: la cama es un adorable objeto que se convierte en testigo del acontecer cotidiano. Ha escuchado nuestro llanto, las plegarias cuando los hijos se han enfermado, las risas y carcajadas provocadas por un estado de alegría. 

Las mujeres solemos ser románticas, con apegos a ciertos objetos, que han dejado huella de su estancia en el hogar.

El día en que llegó a casa la nueva recámara, no me provocó el mismo placer que sentí al seleccionarla. Mi vista se posó en mi vieja cama. La memoria, riéndose de mí, trajo una avalancha de recuerdos. 

Después de tanto trabajar durante la semana, los domingos queríamos dormir unos minutos más. Tales deseos serían solo un sueño. A las siete de la mañana llegaban corriendo nuestros tres chiquillos, brincando se metían a la cama, los papás quedábamos en la orilla a punto de caernos, mis tres hijos se acomodaban entre nosotros. Prendían el televisor para ver el programa de Chabelo. Pasábamos dos horas muy divertidas con nuestros pequeños.

Como soy un poco cursi, o, tal vez un mucho, no pude evitar derramar una lagrimilla por mi antigua cama, testigo de los años maravillosos.

No quise venderla, la regalé a un familiar.

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