martes, junio 28, 2022

¿Existe el después? – Virginia Sánchez Morfín

Hace aproximadamente quince años, Pilarica, una de mis mejores amigas, era socia de uno de los más afamados restaurantes en la zona de Polanco.

Había tres razones para que siempre estuviera lleno a su máxima capacidad: la deliciosa comida (especialmente los cortes finos), la atención personalizada de mi entusiasta amiga y Pedro, el excelente saxofonista que tocaba desde la una de la tarde hasta la una de la madrugada… descansando quince minutos de cada hora, por supuesto. 

Pilarica llegó de España hace cuarenta años, pero toda su familia permaneció en Barcelona.  Al poco tiempo de haber llegado a la Ciudad de México, contrajo matrimonio con un vasco llamado Pepe, con quien tuvo dos hijas y un hijo. 

Cuando Lola, su hija mayor, decidió contraer matrimonio, Pilarica invitó a la boda a todos los familiares cercanos que aún tenía en España. Organizó los días y los vuelos en los que debían llegar, ya que ella quería recibirlos personalmente en el aeropuerto. 

Había logrado el permiso para que, durante la ceremonia religiosa, Pedro tocara ocho melodías con su maravilloso sax, incluyendo la “Marcha nupcial”.  También él amenizaría dos horas durante el banquete. 

A las tres de la tarde del sábado en que llegarían dos de sus hermanas, cuando se dirigía al aeropuerto, recibió una llamada de Luis, el gerente del restaurante, pidiéndole que fuera de inmediato al negocio, porque había un asunto urgente.

Obviamente, Pilarica respondió que no le era posible y que él tenía autorización para solucionar lo que fuera necesario.

Transcurridos  escasos treinta minutos, el gerente la volvió a llamar pidiéndole que suspendiera todo y se dirigiera al restaurante, a lo que ella respondió que iría, en cuanto instalara en el hotel a sus hermanas, que ya habían llegado. 

¡Por supuesto, Pilarica jamás imaginó la desgracia que había sucedido a dos escasos días de la boda y que alteraría todos sus planes! 

Cuando, dos horas después, llegó al restaurante, le alarmó ver a las puertas del mismo a tres patrullas y un gran número de curiosos que le dificultaban poder ingresar. 

Finalmente pudo hablar con Luis, que estaba rodeado de policías y le explicó que Pedro había muerto de un infarto, mientras tocaba su saxofón.

¡Los problemas apenas comenzaban!

Mi amiga dio la orden de evacuar a los comensales, sin cobrarles la cuenta. Se cerraron las puertas del restaurante, los policías solicitaron a Pilarica que los acompañara a la delegación para tomarle declaración, al igual que a Luis. La familia de Pedro la insultaba, no dejaban de gritar que la demandarían y, además, exigirían una fuerte indemnización. 

Justo en ese bendito momento, al fin llegó Roberto, abogado y amigo de Pilarica, quien después de una larga conversación con los policías y la familia de Pedro, logró que permitieran a mi amiga ir a su casa, ya que se le había elevado mucho la presión.  Esto, atendiendo a la petición del doctor, que había sido llamado de emergencia. 

La lista de cambios e improvisaciones que Pilarica, sus amigas, sus hijos, su exmarido y su yerno, tuvieron que hacer, era infinita. 

La organización y celebración de la boda fueron perfectas.  Los asistentes, que para entonces aún no conocían la historia de terror que aún estaba viviendo la familia, junto con los contrayentes, no se dieron cuenta de que todos los preparativos habían sido cambiados.

El padre de la novia

Meses antes de la boda, Pilarica y Pepe se habían divorciado y no en buenos términos. 

Lola no aceptó que su padre entrara a la iglesia junto con ella y la entregara al novio en el altar.  Pepe tampoco fue aceptado en la mesa principal durante el banquete. 

Yo no dejaba de sentir angustia por lo relegado y triste que se le veía a Pepe.  En mi muy personal opinión, no era momento para los resentimientos o venganzas familiares.

Casi cuando yo acababa de pedirle a mi amiga que si Pepe, que era muy bailador, venía a la mesa a sacarla a bailar, ella le diera gusto, al menos con una pieza. Pero cuando él se lo solicitó… ella se negó. Sentí una gran tristeza por todo lo que esa familia estaba viviendo y porque no existiera, al menos en ese momento, el perdón. 

Pilarica, al ver que mis ojos se llenaban de lágrimas, me dijo: “Hablaré con él después… otro día”. Ese día no llegó, ya que la siguiente tragedia hizo su arribo.

g.virginiasm@yahoo.com

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