Estamos por terminar el año 2025.
¿Qué debemos agradecer?
Qué rápido pasa el tiempo. Teníamos planeado realizar cosas pendientes, que por razones económicas no se habían hecho.
En la cena de fin de año de 2024, brindamos emocionados por el bienestar familiar, la salud y la prosperidad. En casa es costumbre que cada familiar o amigo, exprese sus deseos de año nuevo. Adoro ese momento. Jamás olvidaré cuando mis hijos, siendo pequeños, se atrevieron a decir algunas palabras. Años después, se agregarían mis nietos. En esos momentos me digo: la vida es bella, vale la pena vivirla.
En el mes de enero hay que pagar el predial, compartir la rosca de Reyes, festejar cumpleaños, pagar la tarjeta de crédito y otras cositas. El primer mes fue un poco complicado; pensaba que en febrero mejoraría la situación. Sin embargo, la vida tenía otros planes.
Por descuido, un amigo de la persona que alquilaba una casa propiedad de mi esposo, había tenido prendido el televisor todo el día, por lo cual se sobrecalentó un cable que estaba en mal estado. Hubo un corto circuito, provocando un incendio, se quemó la planta alta. Los vecinos, asustados, llamaron a los bomberos. Por fortuna llegaron pronto, evitando una tragedia. Nuestros inquilinos no estaban. Nos enteramos del incidente dos días después.
Cuando fuimos a ver lo que había sucedido, la imagen fue impresionante: toda la planta alta se había quemado: muros, closets, ventanas, puertas, baño.
Después de asimilar lo que había pasado, tuviimos que reparar los daños causados por negligencia de los inquilinos.
El proceso fue largo y costoso, se invirtieron más de sesenta mil pesos, de nuevo la tarjeta de crédito estuvo al tope. Se pintó el patio trasero, se colocó barandal en la escalera para evitar una caída, la casa quedó mejor que cuando la compraron, pero nadie la rentaba. El estigma del incendio estaba presente. Sin embargo, los servicios debían pagarse.
El miércoles pasado, recibí la buena noticia de que un matrimonio con todos los documentos en regla, la rentaría. Por fin, después de este oscuro y largo túnel, se empezaba a ver la luz.
Con todo lo que me ha pasado, puedo afirmar que vivir es una aventura y que los milagros existen. Desde 2024 mi organismo empezó a cobrar factura de mi descuido. Fue un año muy especial, Miguel y yo festejamos nuestro aniversario cincuenta. Hijos, nueras y nietos, participaron como padrinos. Mi nieta Natalie acompañó a su abuelo hacia el altar, del brazo de mi nieto Miguel, caminé hacia donde me esperaba mi esposo.
Lo maravilloso de esta ceremonia fue la participación de mis seres queridos. Fuera de los gastos por el incendio de la casa, enero y febrero los viví con cierta tranquilidad, porque mi amiga Alicia Figueroa, me había prometido solicitar una cita médica con un reconocido y respetado neurólogo. Yo estaba olvidando los nombres de varias cosas, lo que me preocupaba.
En marzo, acudimos con el doctor Stefanoni, quien hizo un diagnóstico de mi organismo. Los análisis que ordenó se hicieron en diferentes clínicas. Los generales en el Chopo, los de resonancia magnética y densitometría, se llevaron a efecto en clínicas donde tienen aparatos de alta tecnología.
Los análisis los enviaba conforme eran entregados. Cuando el doctor terminó de analizarlos, me pidió que solicitara una cita con la doctora Ericka Blanco, especialista en osteoporosis. En abril tuve la consulta con la doctora, una persona con ética profesional, quien me describió el mal estado en que están mis huesos, razón por la que he perdido doce centímetros de estatura.
El medicamento y las bajas defensas en mi organismo, provocaron un colapso estomacal, en el cual mi cuerpo perdió casi todos los minerales. Cuando me ingresaron al hospital iba en estado grave. Omito los detalles de lo sucedido.
Hoy, 28 de diciembre de 2025, estoy en mi taller de escritura con amorosas personas, a quienes agradezco su gran amistad y empatía.
En este fin de año tengo más cosas para agradecer que motivos de queja. Maravillosos seres humanos dedicados a la medicina, como el doctor José Enrique Gómez y la doctora Ericka Blanco, ayudaron a salvar mi vida. Mi reconocimiento a los jóvenes practicantes que se turnaban para tomarme la temperatura, revisando mi estado crítico, el cual yo ignoraba. A uno de ellos pregunté: “¿Por qué a cada rato me toma la temperatura?” “Porque no ha bajado, señora”.
Después me enteré de que los chicos estaban asustados, ellos sabían lo que podría pasar. En la mañana del siguiente día, el médico del hospital José Enrique, y la doctora Ericka Blanco, me visitaron para informarme que el peligro había pasado, pero debía estar internada uno o dos días más, hasta que mi organismo asimilara los minerales ingeridos por vía intravenosa. Me hicieron una serie de recomendaciones para recuperar la salud. Los médicos se despidieron amables y sonrientes.
Al sentirme mejor, el cerebro reanudó su trabajo de reflexión y análisis. Me enteré de lo afortunada que había sido. Maravillosos seres humanos, como ángeles enviados por Dios, estuvieron pendientes de mi estado de salud.
Trato de visualizar los acontecimientos: el doctor sonriente cuando observó el desarrollo de mi recuperación, la doctora regalando su tiempo visitándome, cuando su especialidad es otra. Los chicos sufriendo por alguien a quien no conocían. El amor de mi familia: esposo, hijos, nueras, quienes se turnaban para cuidarme. Los tiernos abrazos de mis nietos.
El gran apoyo de los maravillosos amigos que oraron por mí.
En este año 2025 tengo algo muy grande que agradecer: eso que se llama vida. Por las mañanas agradezco haber amanecido. Por las noches, el hecho de haber completado el día. Disfruto cada momento.
Estoy, luego existo.
Las fiestas navideñas son el momento ideal para estar con nuestra familia, agradecer que la tenemos y que estamos. Demos gracias.







