Por Pablo Luna Garfias
Cuando el conflicto entre Israel y Palestina vuelve a encender los titulares —tras años de violencia, fuego cruzado, mediaciones internacionales y crisis humanitarias— emerge esta difícil pregunta: ¿hay posibilidad real de paz, o solo un nuevo paréntesis antes del siguiente estallido?
1. Contexto reciente: guerra, desgaste y presión internacional
Durante casi dos años, la confrontación entre Israel y Hamas en la Franja de Gaza ha dejado una herida profunda: miles de muertos, desplazamientos masivos, infraestructura devastada y una crisis humanitaria de dimensiones extremas. En el reciente acuerdo alcanzado (a inicios de octubre de 2025), se pactó un alto al fuego, así como un intercambio de prisioneros (Israel liberó alrededor de 2,000 palestinos, Hamas devolvió 20 rehenes vivos) y una retirada parcial de tropas israelíes de Gaza.
Pero este pacto —frágil, incompleto, lleno de cláusulas ambiguas— no se traduce automáticamente en paz ni seguridad. Uno de los puntos más difíciles es la desmilitarización de Hamas, un objetivo declarado por Israel que en los hechos tiene múltiples resistencias. Además, la pregunta de quién gobernará Gaza en adelante (técnicos locales, Hamás reformado, fuerzas palestinas o incluso intervención internacional) queda abierta.
Adicionalmente, Gaza vive una crisis alimentaria catastrófica: se estima que un 100 % de la población enfrenta “altos niveles de inseguridad alimentaria” y 32 % podría encontrarse en fase de hambruna catastrófica. Ese nivel de sufrimiento social ejerce presión sobre cualquier tregua: mientras la población carece de lo esencial para sobrevivir, el resentimiento crece y el riesgo de una nueva escalada persiste.
2. Tensiones internas y fricciones palestinas
No todo el desafío proviene de la confrontación externa. En Gaza surgen ya protestas internas contra el mismo Hamas, acusándolo de autoritarismo, de no haber protegido adecuadamente a la población y de priorizar la resistencia armada por encima de la supervivencia civil. Estas manifestaciones ponen en evidencia que, incluso en el corazón del territorio afectado, existe desgaste moral interno.
Ese tipo de dinámicas pueden fragmentar aún más el control territorial y abrir conflictos internos entre facciones palestinas, lo que complicaría cualquier esfuerzo de reconstrucción o gobernabilidad. Un Gaza dividido internamente es terreno fértil para disputas de poder, coacción y ausencia de liderazgo unificado.
3. Israel: victoria militar, aislamiento diplomático
Militarmente, Israel ha logrado avances contundentes sobre el terreno, debilitando redes de Hamas, destruyendo túneles, alcanzar posiciones estratégicas y forzar conversaciones diplomáticas. Para su gobierno, estos éxitos son un trofeo estratégico.
Pero ese poderío ha venido acompañado de un creciente aislamiento político en la escena internacional. Gobiernos europeos, movimientos progresistas en EE. UU. y organizaciones internacionales han cuestionado la proporcionalidad de las operaciones israelíes, denuncias de crímenes de guerra y el trato a la población civil. Ese costo diplomático puede convertirse en un factor decisivo para la sostenibilidad de cualquier acuerdo.
Además, internamente, el primer ministro Benjamin Netanyahu enfrenta presiones políticas: sobre sus decisiones de seguridad, sobre su legitimidad ante la población israelí y sobre su capacidad para mantener una estrategia duradera sin caer en nuevas confrontaciones.
4. El papel de actores externos y desafíos estructurales
El contexto regional e internacional es clave para comprender por qué este conflicto no puede resolverse simplemente entre israelíes y palestinos.
Estados Unidos juega un papel central como mediador y garante del acuerdo, pero también como actor con intereses geoestratégicos, aliados y electorales.
Países vecinos (Egipto, Jordania) buscan contener el conflicto, evitar refugiados masivos y preservar la estabilidad. El hecho de que la cumbre del 13 de octubre de 2025 tuviera lugar en Sharm el-Sheikh (Egipto) refleja ese rol mediador y su interés en amortiguar la violencia regional.
Las potencias árabes moderadas podrían aprovechar la tregua para reconfigurar alianzas, fortalecer proyectos diplomáticos (por ejemplo, reconocimiento diplomático de Palestina) y equilibrar su relación con Israel.
Las sanciones, presiones legales internacionales, conferencias multilaterales (como una reunión de 30 países en Bogotá para exigir el fin de la ocupación israelí) muestran que Palestina goza de apoyos globales a su causa.
Pero incluso si todos esos actores estuvieran de acuerdo, hay obstáculos de fondo: el tema de los asentamientos israelíes en territorios ocupados, el derecho de retorno de los refugiados palestinos, la definición de fronteras, la seguridad de Israel y la división entre la Franja de Gaza y Cisjordania, donde la Autoridad Palestina tiene un papel limitado.
5. Riesgos, trampas y posibles horizontes
La tregua alcanzada es notable, pero no garantiza paz duradera. Entre los riesgos más visibles:
Que alguna de las partes reinterprete las cláusulas del acuerdo, reanude fuego preventivo o bombardee objetivos que considere estratégicos.
Que facciones radicales dentro de Hamas o fuera de él (o incluso dentro de Israel) activen ataques que derriben el acuerdo.
Que el proceso de desarme de Hamas quede en letra muerta mientras la ocupación o la presencia militar israelí continúe.
Que la reconstrucción de Gaza se quede en promesas, sin fondos reales, sin infraestructura rehabilitada, sin retorno seguro para la población.
Que la atención internacional decaiga con el tiempo, dejando a Gaza y Palestina en abandono diplomático.
Sin embargo, también hay posibilidades que no pueden descartarse:
Transformar el acuerdo en una plataforma para retomar un proceso de paz ampliado, con participación de Israel, Palestina y actores regionales; incluso reavivar el concepto de dos estados como marco político viable.
Usar la tregua como ventana para reconstruir puentes sociales, humanitarios y de confianza mínima entre poblaciones, que permitan mitigar décadas de rencores mortales.
Presión internacional sostenida para que el acuerdo no quede en papel mojado: monitoreo externo, cumplimiento de derechos humanos, garantías para la población civil.
Que un nuevo liderazgo israelí o palestino con visión diferente aproveche el momento para avanzar en reformas políticas, reconciliaciones internas o compromisos estructurales.
Hoy la tregua entre Israel y Hamas abre una rendija hacia una paz incierta. Pero no basta detener las balas: el verdadero desafío es que el silencio entre explosiones se traduzca en justicia, reconstrucción y un nuevo pacto político. Si el mundo gira la mirada y espera que todo se arregle solo, ese paréntesis solo prolongará el sufrimiento.
En este tablero geopolítico, cada decisión —desde Washington hasta Ramala, desde Jerusalén hasta Doha— influirá en si este momento se convierte en un punto de inflexión o en otro episodio pasajero de violencia. Los ojos del mundo están sobre Gaza y Cisjordania. La pregunta que late es si habrá voluntad suficiente para convertir la tregua en transición hacia algo más humano.







