martes, junio 28, 2022

En el éter del tiempo – Teresita Balderas y Rico

Cuando bajo las escaleras de mi casa y viene otra persona tras de mí, me replegó en el barandal para que pase, percibo su impaciencia. Ahora bajo pausadamente. Mis pies dejaron de caminar con rapidez.  

El miércoles seis de abril de 2022, sentía cansancio y dolor en la planta de los pies. Los lavé con infusión de árnica, al observarlos dije: ¡que feos están mis pies!, la piel está manchada por el sol. El arrepentimiento llegó rápido, enseguida me disculpé, y agradecí todo lo que han hecho por mí.

Ellos aprendieron a moverse para llevarme ante mi madre en busca de abrigo, caminaron primero a tropezones, y después ligeros en el patio de mi casa. Corretearon a los perros y a los gatos. Más tarde me enseñaron el camino hacia la tienda, donde vendían deliciosos dulces.

Fueron los pies, los que movieron mi cuerpo en los juegos infantiles: las rondas, los encantados, me enseñaron a saltar la cuerda, y a brincar en las casillas del avión.  Ágiles al trepar en los árboles.

 Años después, me condujeron a las diferentes escuelas en mi formación educativa. Lo hicieron en mi desempeño profesional, en el encuentro con mis amigos. Más tarde: como esposa, madre, y ahora abuela. 

 Han sido gentiles conmigo, aún me llevan a mis clases de escritura, pintura y círculos de lectura.

 Observé otra vez a mis pies, ahora con ternura, recordando como corría cuando era una niña, niña…Tal vez fue el confort de la infusión de árnica aún caliente, fui cerrando los ojos hasta quedarme dormida.

 Escucho a lo lejos cantos y risas de niñas. La gritería infantil está a la vuelta de la esquina. Diez chiquillas juegan la ronda de Naranja dulce. Mi corazón late suavemente al escucharlas. En el grupo había niñas cuyo nombre había olvidado. Reconocí a: Trini, Lupita, María del Pueblito, Luz, Carmen y yo.

Siguieron jugando. Tere estaba muy feliz, pronto iniciaría el nuevo año escolar. Ella se había inscrito en la escuela.

Las horas pasaron, el luminoso día se transformó en el manto oscuro de la noche. 

 Al día siguiente fui a dar un paseo por el barrio, estaba justo como lo recordaba. Vi a la señorita Luz y a su hermana Julia despachando en la tienda, la primera que conocí y la más cercana a mi casa. Al pasar cerca de la escuela, escuché llorar a una niña. Su llanto me conmovió y me acerqué a ella.

 ─ ¿Qué te sucede? ¿Por qué lloras?

 ─Mi mamá no me dejará asistir a la escuela, debo hacer mandados y cuidar a mi hermanita.

 ─No llores tendrás otras oportunidades, ─la niña se descubrió la cara para mirarme. Quedé impactada, era yo en mi niñez, enmudecí, no podía moverme, solo la miraba fijamente.

 ─ ¿Quién eres? ─ preguntó también sorprendida, ─no te había visto en el barrio, creo que te conozco, pero no estoy segura, ─decía mi otro yo confundida.

 ─Me conoces porque soy tú, muchos años después, no te asustes y deja de llorar todo tendrá solución.

 ─ ¿Cómo qué eres yo?, no te entiendo. ¿Por qué estás aquí?

 ─ No lo sé… estaba recordando mi niñez cuando de pronto llegué a donde ustedes jugaban. 

 ─ ¿En dónde vives? ¿cómo es la ciudad?    

 ─En la Colonia Las Hadas, adelante del Cerrito, ese lugar ya lo conoces. La ciudad es grandísima. Hoy puedes ver esos cerros con cactus, árboles, arbustos, y todo tipo de flores. En la época en que vivo ya no hay vegetación, en su lugar existen muchas casas. 

Los televisores son planos y se ven a color, hay un teléfono pequeño, cabe en l palma de la mano, lo puedes llevar a cualquier parte; es un teléfono celular. Se han inventado tantas cosas, que por ahora no puedes imaginar. Llegado el momento lo sabrás.

    ─ Entonces, ¿si voy a estudiar? 

    ─ Si lo harás, una vez que empieces no pararás. Yo aun sigo estudiando.

    ─ ¿Sigues estudiando? ¿No estás muy vieja para eso? ¿Qué estudias?

    ─ Para escritora y pintora. Trabajé de maestra durante cuarenta y ocho años, me jubilé y ahora tengo tiempo para seguir aprendiendo. En el estudiar y aprender no hay límite en edad.

 ─ Démonos un abrazo, la vida tiene grandes proyectos para ti. Quiero verte sonreír.

 La niña había dejado de llorar estaba feliz, en sus ojos se reflejaba la ilusión de un futuro alentador. 

Colocó sus pequeñas y suaves manos sobre las mías, toscas, con las huellas de los años transcurridos.

 Volvimos abrazarnos, ambas lloramos. En tenue cascada confluyeron las lágrimas de alegría e inocencia de la niñez y la serenidad y experiencia de un camino andado. 

 Abrí lentamente los ojos, volví a escuchar sonrisas, no sabía si continuaba en mi viaje etéreo o había regresado al presente.

    Las voces de mis nietos lo confirmaron.    

Por: Teresita Balderas y Rico

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