El Querétaro antiguo tenía su propio encanto. Retomando el Barrio de
Santa Catarina, recuerdo que sus calles tenían el aspecto de un camino rural. Cuando llovía la gente caminaba entre charcos, piedras y lodo, para los chiquillos era divertido, no para sus padres.
Las lluvias eran una bendición para la vegetación que había en Santa Catarina, la flora silvestre era pródiga, de tamaños y colores diversos. Las abejas surtían su despensa con el néctar de las flores, las aves felices hacían alto en algún arbusto, cactus, seleccionando lo mejor para alimentarse.
En aquellos años los hijos al casarse vivían en la casa de sus padres, los que lograban un buen empleo años después tendrían casa propia. Había casas donde los padres recibían a los hijos, hijas, que al casarse no tenían donde vivir. Tres o cuatro familias vivían en el mismo lugar. En aquellos años eran usos y costumbres entre las familias de escasos recursos.
La mayorá de la gente de ese barrio se conocía y se ayudaba. Las tiendas eran pequeñas vendían lo básico: maíz, frijol, manteca, arroz, azúcar, canela, garbanzo, chiles, cebollas ajos, sal, velas, leña.
El trabajo era incierto, las madres sufrían por la diaria alimentación de sus hijos. Las mamás desesperadas empezaron a pedir fiado en las tienditas, hoy decimos a crédito. El dueño anotaba en un cuaderno la cuenta de cada clienta, los sábados cuando llegaba a casa el jefe de familia con el dinerito ganado con sudor y lágrimas, las señoras pagaban en la tiendita lo que debían, siendo buenas pagadoras, volverían a la tienda cuando necesitara que le dieran nuevo crédito. El ser humano siempre busca cómo resolver los problemas de la vida cotidiana.
Los moradores de ese barrio eran gente trabajadora y creativa, los padres al no encontrar trabajo se ocupaban en otras actividades: en arreglar alguna puerta, ayudar al vecino a restaurar el techo de su casa, entre otras cosas. La filosofía del hombre jefe de familia era enrolarse en algún trabajito, ganar algo de dinero para mantener a la familia.
Las calles de Santa Catarina estaban en completo abandono, sin embargo, los nombres son de piedras preciosas. La capilla de Santa Catarina está ubicad en la calle de Topacio, la calle donde vivieron mis padres se llama Esmeralda.
Por la calle de Topacio, había una panadería donde a las cuatro de la mañana empezaba a hornear el pan de la mañana a partir de las cuatro de la tarde iniciaban el proceso para hacer el pan vespertino.
El pan lo vendían calientito saliendo del horno. El que sobraba de la mañana lo vendían más barato por la tarde. Era un negocio familiar, si comprabas varias piezas daban dos o tres de pilón. Recuero que un día mi madre, me dijo que fuera a comprar veinte piezas de pan, me advirtió que pidiera el pilón por esa cantidad de pan, el pilón sería cinco piezas,
El aroma del pan recién salido del horno, era una gran tentación, pedí, el pilón, en efecto el regalo fueron cinco panes.
Estaba recién salido del horno. No resistí la tentación y empecé a comer uno y, como dice un dicho “una vez encarrerado en ratón ni me acuerdo del gato” me comí otro, estaban deliciosos. Ahora tendría que afrontar las consecuencias con mi mamá.
─Te dieron el pilón ─preguntó mi madre.
─Si, dije con timidez, mi mamá empezó a contar el pan, mi corazón palpitaba con mayor rapidez.
─Faltan dos panes, con el pilón serían veinticinco ─estaba enojadísima.
─ ¿Por qué no te fijas?, eres una niña tonta no haces bien lo que te pido.
─yo estaba mirando el piso y mentalmente diciendo uno versos que memorizábamos los niños.
─” No oigo, no oigo, soy de palo tengo orejas de pescado” lo repetí varias veces mientras los regaños continuaban.
─No debería darte ningún pan dijo mamá yo, calladita como buena niña. Los panes valieron la regañada. En este siglo XXI en difícil encontrar buen pan, en diversas panaderías venden pan como si fuera de ese día y al degustarlo nos enteramos que es el sobrante del día anterior.
Otro manjar que nos gustaba a los niños de aquellos años eran las famosas varitas. Un señor cargaba un cilindro de madera con varios orificios, en ellos colocaba una manzana caramelizada, la ensartaba en un palito, como si fuera paleta, el vendedor anunciaba a grito abierto su mercancía, “hay varitas bien sabrosas de a cinco y de a diez centavos, cómprela tienen mucho caramelo”
Los chiquillos felices corríamos al encuentro del vendedor, las mamás no tanto, ellas tendrían que pagar. Entrábamos corriendo a la cocina diciendo, ¡mamá, mamá! dame diez centavos para comprar una varita, la madre muy enojada respondía, ¿creen que el dinero se da en macetas? Después de brincotear pidiendo dinero, muy a su pesar la mamá les daba cinco centavos.
El vendedor seguía pregonando las famosas varitas, la experiencia le había enseñado que algunas madres optaban por dar el dinero y librarse de los gritos de su retoño.
La calle de San Roque era conocida como El Camino Real, muy transitada por la mañana
Gente de San pablo, Carrillo, Santa María y ranchitos cercanos a la ciudad de Querétaro, caminaban por ahí con sus cargas de verduras hortalizas, quesos, tunas y cualquier fruta de temporada iban al mercado hoy identificado como El Tepe, a vender sus mercancías. Aprovechaban el paso por esa calle, pregonando lo que traían, algunas señoras salían a comprar lo que necesitaban para el almuerzo.
El Barrio de Santa Catarina festeja el Día de la Virgen de la Candelaria.







