lunes, junio 8, 2026
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El andamiaje de la abundancia / Teresita Balderas y Rico

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La abundancia es un término del que no se habla con frecuencia. El fenómeno no es exclusivo de este siglo XXI, en realidad ha acompañado a la humanidad a través de los siglos. Diversas circunstancias se insertan en ella para que así suceda.

Si nos remontamos a los principios de la humanidad, los primeros moradores buscaban cómo y de qué alimentarse ese día, no sabían si sobrevivirían mañana. Cuando los dispersos humanos aprendieron a reunirse formaron hordas. Las experiencias adquiridas los indujo a comprender que podían atrapar en grupo a un cuadrúpedo sin exponer su vida, así tendrían comida para cuatro o cinco días.

Siglos después nacieron otras estrategias para reunirse y obtener mejores resultados de sus actividades. Surgieron entonces las tribus, pueblos, ciudades. Estos núcleos aprendieron a organizarse, descubriendo que un trabajo en conjunto proporcionaba mejores resultados.

Como suele suceder en una asociación, los primeros años todo funciona bien. Cuando surge alguna inconveniencia se analiza la problemática, se busca la mejor estrategia para resolver el problema.

El tiempo pasa, el sentido protector y bondadoso de esa agrupación cuyo propósito primigenio era favorecer a las familias, tiende a desdibujarse, porque alguien pensó que él, se merecía más por ser quien construyó la idea. El individuo no puede hacerlo solo, entonces observa a los trabajadores por un tiempo determinado. Selecciona a quienes se pueden manipular fácilmente, convirtiéndolos en sus esbirros.

Curiosamente esta estrategia nacida hace siglos, sigue dando buenos resultados a quienes manipulan. Este tipo de individuos se aprovechan de la ignorancia, de la inocencia de quienes no saben cómo defenderse. Los corruptos hacen promesas que no cumplirán. La pobreza continúa,

el pueblo está igual o más pobre, porque en lo general la pobreza aumenta, el nivel de vida en vez de mejorar disminuye; quienes ganan son los corruptos y, al querer más riqueza para sí mismos se convierten en dictadores.

La abundancia enriquece a un pueblo cuando se convierte en: escuelas, hospitales, empresas, espacios deportivos, museos, bibliotecas, áreas culturales.

La abundancia suele presentarse con diferentes vestuarios, no solo refiere a cuestiones monetarias. Este tipo de abundancia cobija a quienes tienen muchos bienes materiales, invierten millones de dólares en proyectos que los harán más ricos. El pronóstico de ese proyecto vislumbra grandes ganancias. Desde este parámetro, los poderosos se reúnen con sus iguales, no pierden el tiempo con gente que no sea rica y poderosa.

En ciertos hogares existe abundancia que no es material. Podría ser filial, donde padres e hijos se comunican, existe confianza entre ellos, no usan ropa o juguetes costosos, tienen solo lo necesario, los hijos saben que son amados por sus padres y, que ellos ofrecen lo que pueden, acorde a su capacidad económica.

Esa familia es feliz, saben que se tienen los unos a los otros.

En el siglo XX, cierto día en una comunidad rural, después de clases fui a visitar la casa de uno de mis alumnos, para informar a su mamá el progreso del niño. No encontré a la mamá, pero sí a su abuelita. Saludé a la señora, quien con hermosa sonrisa me invitó a pasar, me ofreció una silla para que me sentara. Me dio mucha pena usarla porque solo era una.

Doña Sabina, la abuelita de Toño, tenía prendido el fogón, los leños crepitaban, se disponía a tortear la masa, tenía listo el metate y el molcajete, los insumos necesarios para cocinar.

Empezamos una plática muy amena, parecía que teníamos toda una vida de conocernos, como no llegaba la mamá de mi alumno, le pedí a

la abuelita de Toño que no faltara a clases, para que aprendiera y no reprobara.

Una vez concluida la misión, me contó historias muy interesantes, traté de despedirme en diversas ocasiones pero ella sonriendo decía “Espérese tantito, ahorita hago una salsa bien picosa, para que se coma unas tortillitas calientes”. No me dijo dos veces, con gusto esperé, seguimos platicando. El fogón tenía dos lumbres prendidas, en una estaba el comal para las tortillas y en la otra, para la comida. Puso en la lumbre una cazuela de barro, un poco de manteca, rebanadas de cebollas y tres pedacitos de carne de cerdo.

Los aromas eran exquisitos. “Qué sabroso huele” dije. “Maestra, esos pedacitos de carne son para engañar a la cazuela y que no se enoje porque solo le pongo frijoles”. Las dos nos reímos. De pronto escuchamos varias voces. Eran los papás de mi alumno, qué personas tan maravillosas, estaban apenados por su tardanza. “Vamos a comer, maestra, es algo humilde, pero se lo ofrecemos con cariño”. Don Jacinto, abuelo de Toño, venía de la parcela y se incorporó al banquete.

La abundancia con su traje de felicidad hizo acto de presencia. De una cazuela de barro comimos abundantemente ocho personas, la porción servida en hermosos platos de barro fue generosa. La conversación fue tan rica como la comida. La energía que emanaba en esa casa nos cobijaba a todos. Abuelos, padres, hijos y la profesora participamos contando historias vividas, hasta don Jacinto se animó a contar algunas anécdotas de cuando era un niño, sus nietos dijeron: “Abuelito, nosotros pensábamos que nunca habías hecho una travesura”. Todos reímos felices.

La empatía, bondad, el amor a la familia, las ilusiones de los padres hacia la preparación escolar de sus hijos. La esperanza latente de que ese año tendrán buena cosecha.

Por fortuna he tenido la oportunidad de estar en diversas ocasiones en reuniones como en la casa de Toño.

Se puede ser feliz sin tener una abundancia material, algunas familias que la tienen, la despilfarran. A veces solo les queda la escasez en el cariño, respeto y la ausencia en la empatía hacia otros seres humanos.

El cariño y el respeto en la familia, permite la construcción del andamiaje en la abundancia de una familia.

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