lunes, julio 13, 2026
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De la ciencia y otras realidades/Teresita Balderas y Rico

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Lo que comenzó como un viaje académico para celebrar el legado de Vygotsky terminó convirtiéndose en una aventura inolvidable. Porque, a veces, la realidad supera cualquier expectativa.

En ocasiones cambian las expectativas en un viaje, sin importar que haya estado bien planeado. Así sucedió en un congreso en la ciudad de Cuernavaca, Morelos.

Ese viaje fue una increíble aventura. En 1996, cuando cursábamos el sexto semestre de la maestría en Ciencias de la Educación, fuimos invitados a un congreso en Cuernavaca, con motivo del centenario del nacimiento de Lev Semyonovicvh Vygotsky, destacado teórico de la psicología del desarrollo, autor en la psicología de interacción social.

Reservamos hospedaje con un mes de anticipación. Fue complicado localizar un lugar céntrico. Después de mucho buscar, encontramos un hotel que se anunciaba como chalet suizo.

Los compañeros asiduos a diversos congresos, reservan desde que se anuncia el evento. Nosotros pagamos la novatez.

Salimos de San Juan del Río la madrugada de un jueves, rumbo a la Cuernavaca. La inauguración del congreso sería a las doce horas, deberíamos estar en el auditorio antes de la hora señalada.

Después de Palmillas, nos insertamos en la carretera a Toluca. Los paisajes son bellos, pero la carretera en esos años era un desastre, solo un carril y tránsito pesado.

Con tiempo limitado llegamos a Cuernavaca. Buscamos la ubicación del hotel, pasamos dos veces por el domicilio indicado, no veíamos algo parecido a un hotel ni el nombre de chalet suizo, la tercera vez tocamos en el domicilio que teníamos. Parecía una bodega. Después de unos minutos abrieron, entramos casi en secreto por el patio trasero. El supuesto hotel no tenía nada de chalet y de suizo, menos.

Habíamos reservado tres habitaciones. Solo tenían una para cuatro personas. No había otra opción, todo estaba ocupado. Es un momento donde se dice: lo tomas, o lo dejas.

Las sorpresas iban en aumento. Entramos en la habitación, parecía un cuarto para retiro espiritual. Tenía muros de ladrillos sin pintar, piso de cantera o algo parecido, cuatro literas, sin armarios, ningún maldito clavo para colgar la ropa, así es que ésta, permaneció en las maletas. Tres mujeres y un compañero dormiríamos ahí. En principio nos sentíamos incómodas. Mas, en el supuesto que éramos estudiantes de posgrado, tendríamos que ser personas de mente abierta. El asunto terminó siendo cómico. Por la mañana, nuestro compañero era el primero en salir de la habitación y por la noche, el último en entrar.

Los baños y sanitarios eran colectivos, si todas abríamos la regadera al mismo tiempo se terminaba el agua. En otras ocasiones salía con alta presión o de plano no caía ni gota.

Los ponentes y conferencistas magistrales fueron un éxito. El congreso vigotskyano hizo que valieran la pena todos los contratiempos. El sábado terminó el ciclo de conferencias a las trece horas. Siguió la entrega de constancias y la fiesta de despedida. Nosotros hicimos fila para entregar datos y pedir que nos enviaran a Querétaro nuestros documentos, debíamos regresar a casa, había que atender a la familia.

Nuestro plan era llegar a la Ciudad de México y después viajar por la carretera 57. Desafortunadamente, el carro de nuestro compañero no circulaba ese día.

Sin otra alternativa, regresaríamos por donde vinimos. Sin tiempo para comer, algo emprendimos el regreso pensando encontrar un restaurante a orilla de la carretera. Transcurridas dos horas de viaje, teníamos mucha hambre y apremiaba pasar al sanitario. Media hora después, vimos un letrero que decía restaurante bar, el lugar estaba muy bello por fuera.

Entramos. Empezamos a ver cosas fuera de lugar. Unos jóvenes estaban recogiendo instrumentos musicales, inferimos que habían tocado en una fiesta; los saludamos, respondieron con cierta timidez.

Nos extrañó que no hubiera meseros, buscamos quién nos atendiera, vimos a unas chicas que estaban recargadas en el bar, preguntamos si

podían preparar algo para comer. Solo quesadillas, respondió una de ellas, pedimos dos por persona. Preguntamos por los sanitarios, teníamos una urgencia, una de las chicas señaló un pasillo, dijo que estaban al fondo.

En fila india caminamos por el pasillo. Empezamos a ver cosas extrañas. Había una serie de cuartos a cada lado del pasillo, sin puerta, solo una cortina transparente. Mi primer pensamiento fue que, como se habían desvelado los meseros, estarían descansando. ¡Qué equivocada estaba! Se escucharon ruidos que no eran propiamente de descanso.

La curiosidad mató al gato, volteamos discretamente. Lo que vimos fue de película XXX. Resultó inquietante terminar de recorrer el pasillo. A la salida, estaba un señor regando el jardín. Lo saludamos, nos vio con asombro. En lugar de seguir regando, echó el agua sobre sus zapatos, siguió así unos segundos. No decía nada, solo nos miraba.

En fila india y temerosas atravesamos de nuevo el pasillo non sancto, ahora como caballos lecheros, mirando solo al frente. Era todavía muy pronto para la preparación de las quesadillas, pero permanecer dentro del supuesto restaurante era insoportable. Dijimos a la chica que esperaríamos afuera. En cuanto salimos del restaurante dijimos en coro: ¡Nos metimos a un prostíbulo! Subimos al auto, nos alejamos lo más rápido posible. Alguien dijo bromeando: ¿Y las quesadillas? respondimos en coro: ¡Qué asco!

Hicimos la cuenta de lo que habíamos pagado por las quesadillas, llegamos a la conclusión que había sido la ida al baño más cara en nuestras vidas.

La más jovencita de nuestras compañeras se enfermó. No soportó el contraste entre el embeleso de la ciencia y la realidad de otro tipo. El conductor buscó un acotamiento para que ella bajara a vomitar.

Llegamos de noche a San Juan del Río. Me dejaron en la central de autobuses, abordé uno rumbo a la ciudad de Querétaro. Eran las veinte horas cuando llegué a casa. Por ser fin de semana, mis hijos habían

salido a divertirse, solo estaba mi esposo, por cierto, muy disgustado. No respondió a mi saludo y eso que no sabía la aventura que habíamos corrido.

Como diría García Márquez: “Vivir para contarla”.