domingo, abril 19, 2026
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Damas y Caballeros: Concepción Alcocer Montes

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Araceli Ardón

La Madre Conchita Alcocer fue una mujer excepcional. Una monja de férreos principios, con voz clara y pensamiento articulado, bien sustentado en las lecturas de los grandes autores de todos los tiempos.

Dedicó sus afanes al estudio y la enseñanza de la filosofía. Fue una teóloga que vivió una etapa fructífera en comunidad y también ejerció su derecho a la libertad. Gozó de su tiempo y tomó decisiones tales como habitar su propia casa, en fructífera soledad y en la compañía de su numerosa familia. Entre sus sobrinos era una figura de autoridad y todo el que la conoció admiraba su fortaleza moral. Fue ejemplo de dignidad y aplomo.

Tuve la dicha de conocerla y tratarla muy de cerca. Pertenecimos a organismos como la Asociación Mundial de Mujeres Periodistas y Escritoras, y dimos clases al mismo tiempo en la Preparatoria Anáhuac, donde ella era profesora y miembro de jurados calificadores para otorgar premios en áreas humanísticas. Hacía oír su voz en los eventos más significativos.

Un personaje único, la Madre Conchita, quien vivió tantos años que nos dio la ilusión de que poseía las claves de la eternidad. Murió seis meses después de celebrar su centenario.

Nació el 10 de mayo de 1925, tres años después de que esa fecha se asignara al Día de la Madre por el director del periódico Excélsior. Vio por primera vez la luz del día en su casa familiar, ubicada en la calle de Reforma, frente a la iglesia del Dulce Nombre de Jesús, al que llamamos Teresitas, por haber sido parte del convento de las religiosas de Carmelitas Descalzas, Orden fundada por Santa Teresa de Jesús. 

Fue hija del segundo matrimonio de don Pascual Alcocer Frías y doña María Concepción Montes Pedraza; sus abuelos paternos fueron don Juan Alcocer y Loreto Frías Pollatos; los maternos: don Lázaro Montes y doña Guadalupe Pedraza. Sus linajes son queretanos desde varias generaciones atrás.

Sus hermanos fueron Francisco, Loreto y Carmela; los niños quedaron huérfanos de padre en 1929 y fue la madre, con el apoyo de la familia, quien los formó.

Su figura esbelta se levantaba con la gracia de una espiga de trigo. Caminaba las calles con profundo conocimiento de la historia oficial, además de la historia privada, la que pertenece a las familias y se extiende como enredadera, en conversaciones de sobremesa, y que llega al final con más ramas y hojas de las que tenía al inicio.

Sus primeras letras fueron adquiridas en el Colegio de las Madres Guadalupanas, hoy el Instituto Plancarte, cuya sede se encontraba en un inmueble porfiriano de la calle Ángela Peralta. De jovencita, estudió la carrera comercial en la academia del maestro Enrique Martínez y Martínez, hoy desaparecida, ubicada entonces en la señorial casona de la calle Juárez Sur cuyas figuras de leones enaltecen el jardín frontal y hoy resguarda al Centro Queretano de la Imagen.

En el Instituto Comercial de Querétaro surgió su afición por la escritura, al colaborar en el periódico estudiantil, donde también vendía publicidad para solventar los costos de producción. Obtuvo su grado de Contaduría Privada y habría sido una empresaria exitosa, pero a los veinte años tomó los hábitos de la Congregación de las Hijas de María Inmaculada de Guadalupe, fundada por el sacerdote José Antonio Plancarte y Labastida en 1878. Esta decisión coincide con el fervor que su familia manifiesta a la advocación mariana cuya imagen original se encuentra en la Basílica del cerro del Tepeyac.

En Roma, obtuvo el doctorado en Teología en la Universidad Gregoriana. Participó en el Pontificio Consejo para la Pastoral, con el cardenal Javier Lozano Barragán, secretario de Salud de El Vaticano. Mientras vivía en el convento, estudió las carreras de profesora de Instrucción Primaria, la Normal Superior de Orientador, las licenciaturas en Teología, Filosofía y Psicología; la maestría en Ciencias Sagradas e Historia y varios diplomados. No hago la relación por ser tan extensa que nos desvía de lo principal: recordarla como la valiosa intelectual que fue.

Con el pensador y jurista Antonio Pérez Alcocer, su primo hermano, fue fundadora de la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Querétaro, a mediados de la década de 1980.

Experta en Ética, fue docente de esa cátedra en la UAQ. Siempre tuvo el deseo de compartir su visión con los queretanos y desde esta ciudad irradiar una manera de vivir comprometida con las mejores causas. De ahí que dedicó su tiempo a escribir libros y también columnas publicadas en la prensa, tanto en edición impresa como electrónica. Fue, con mucho, la persona (incluyendo autores y escritoras) que más ejemplares ha vendido en nuestra historia local.

Sus títulos fueron editados varias veces. Los más conocidos: La fe como don de Dios y respuesta del hombre; Pedagogía de la fe para la juventud de hoy; Cristología; Ética y Filosofía; y Ética filosófica.

Su libro Pláticas a los ciudadanos, una compilación de sus columnas cotidianas, se publicó en dos tomos. El prólogo del primero lleva la firma de Alejandro E. Obregón Álvarez, quien invita a los lectores a leer el libro “porque se trata de un fácil paseo por la historia y la vida cotidiana, por la ética y los graves problemas del mundo. Alerta contra las nuevas ideas nacidas por la carencia espiritual. La frescura y sencillez del texto que se nos ofrece en esta colección de artículos periodísticos y hoy como libro de sencillas charlas. Van mucho más hondo, a lo vivencial, a lo cotidiano, a lo histórico concreto, a la esencia misma de la persona que vive, que se construye a sí misma cada día, que reflexiona en medio de la precariedad del ‘hacerse’ para poder llegar a ‘ser’, que pasa por la tentación del ‘tener’ y que no halla su reposo sino en el ‘poseerse a sí mismo, dejarse poseer por los otros, para arribar a la perfección de ser poseídos por Dios’.”

Recibió la medalla Fray Junípero Serra, otorgada por la Legislatura del Estado, a los noventa años de edad.

Tuvo una agonía larga y dulce, como si su alma no se quisiera desprender del cuerpo mortal. Dijo adiós a miles de seguidores: familiares, alumnos, colegas, lectores. Una vida fecunda.