Sergio Núñez Olguín
Estos párrafos resumen una historia tan rica, que harían falta muchos capítulos para formar un libro con cientos de páginas, que contenga testimonios, anécdotas, reflexiones y la esencia de una época. Luis Núñez Salinas, hijo de nuestro personaje, ya está elaborando esa biografía, de la cual tomo algunas frases para describir la vida de un buen hombre que fue médico y filántropo.
“Los documentos que tenemos hoy nos obligan a diseccionar la anatomía del altruismo extremo”, dice el maestro Núñez, al referirse a las acciones de su padre. “Las experiencias infantiles más surreales pueden fusionarse para crear un motor de bondad extrema, una bondad que casi raya en la autodestrucción financiera”.
Sergio Núñez Olguín nació en la ciudad de Querétaro el 31 de agosto de 1934, en un hogar sui generis: su padre fue el teniente coronel Ignacio Núñez Lara y la madre Paz Olguín Rico, maestra normalista, que provenía de una familia de emprendedores. Eran dueños de El Pavo Real, un obrador legendario que duró más de un siglo (1850-1960) donde se producían dulces regionales. Esta empresa ganó premios internacionales en Nueva York, Chicago y París.
El teniente había cabalgado en las formaciones militares de Venustiano Carranza. Regía su casa con disciplina castrense. Ignacio Núñez y Paz Olguín tuvieron veinte hijos, Sergio fue el número trece. No todos los bebés lograron sobrevivir a las enfermedades infantiles de la época.
A los seis años de edad, Sergio jugaba entre los enormes cazos de cobre empleados para preparar ates y conservas. Eran más de cien cazos sobre el fuego de las hornillas; los dulces hervían a altas temperaturas. El pequeño cayó de cuerpo completo dentro de un cazo, lo que provocó quemaduras masivas de tercer grado en casi toda su piel. Hoy en día, un paciente así requeriría un tratamiento de meses en un hospital especializado. En aquel momento, Lupita Olguín, tía materna de Sergio, se hizo cargo y dio la orden de que bajo ninguna circunstancia le quitaran a Sergio la costra de miel que le cubría. Así estuvo el niño, inmóvil, bajo la protección y cuidado de su familia, durante un año completo.
Pasado el tiempo, el chiquillo recuperó la salud completa, incluyendo la movilidad de sus articulaciones. “El dulce le creó una especie de crisálida, que le permitió tener un proceso de curación, una supervivencia milagrosa. De ahí, salió con una deuda emocional”. La miel destruyó los folículos pilosos y le dejó cicatrices de por vida, físicas y espirituales.
Estudió la preparatoria en el Colegio Civil y la carrera de medicina en la UNAM; vivía en la Ciudad de México en compañía de su hermano Ignacio. Cada día, las tías Olguín les enviaban una canasta preparada con esmero en un automóvil propio, cuyo chofer les entregaba su desayuno, comida y merienda, preparados en El Pavo Real. Recibieron ese grado de amor y entrega.
Realizó su servicio social en Paso de Telaya, una población rural de Veracruz; atendió a todos sin distinción, ganando su aprecio y admiración. Quienes sabían leer enviaban cartas a la universidad pidiendo que no lo trasladaran a otro sitio. El plazo se cumplió, el doctor entregó excelentes resultados y regresó a Querétaro, donde se incorporó al Sanatorio Núñez Lara, fundado por su padre y su tío Felipe, dos hermanos que le dieron al hospital sus apellidos.
En 1960, se enamoró de Olivia Salinas Vargas, una enfermera de Guanajuato que prestaba sus servicios en el sanatorio. Los padres del novio no estuvieron de acuerdo con el noviazgoporque ella provenía de un nivel social diferente, pero la pareja desafió los prejuicios de la época y se casó en Celaya, con el apoyo moral de las tías Olguín, quienes rentaron un autobús para llevar a un contingente de invitados a la boda.
El joven matrimonio se instaló en San José Iturbide, donde el médico ganó el corazón de los pobladores. Me consta este cariño de mucha gente hacia el doctor Núñez. En 1962, Sergio participó como obstetra en el primer parto de su esposa, procedimiento que no tuvo un final feliz. Fue un proceso muy complicado y difícil, en el hospital del pueblo, que carecía de equipo médico adecuado. La niña murió al nacer.
“Ante esta desgracia, en medio de ese dolor, el doctor Sergio hace un juramento solemne: prometió que jamás se le volvería a morir un bebé en un parto”. Juró que haría lo posible porque en todos los nacimientos en que le tocara intervenir, los bebés nacerían bien, con todas las herramientas para vivir con salud. “Los registros confirman que mantuvo un récord impecable hasta el día de su muerte, tras atender miles de partos y cesáreas. Se convirtió en un perfeccionista obsesivo en el área obstétrica. Este tipo de juramentos postraumáticos funcionan como una armadura cognitiva, para no volver a sentir ese dolor”.
Después de esta experiencia, nacieron Sergio, Roberto, Olivia yLuis.
En 1973, al morir su padre, Sergio vivió un proceso de liberación de ataduras familiares y sociales. Se divorció de Olivia, abrazó el existencialismo, dejó la bata blanca y las rígidas ropas de un médico. “El desmantelamiento de su identidad previa es radical”, dice su hijo. Se dejó crecer el cabello, vistió ropa de hippie: camisas con estampados de flores, pantalones acampanados, zapatos cómodos. Se alejó de la imagen de un médico serio en la época. Se enamoró de Lupita Perusquía, con quien celebró una boda en el campo, a la sombra de un árbol. “Su rebelión contra lo establecido no mermó su capacidad profesional ni afectiva. Integró a los hijos de su primer matrimonio con las tres hijas que tuvo con Lupita: Verónica, María Luisa y Gema”.
Desde esa época hasta 1994, tuvo una serie de camionetas combi, acondicionadas para viajar. Llevaba a sus hijos a recorrer zonas arqueológicas y conocer su país, en vacaciones felices e inolvidables. Asumía todos los gastos.
A partir de entonces, el doctor Núñez se dedicó en cuerpo y alma a su práctica médica, sin cobrar un centavo por consultas, partos o cirugías de las personas más necesitadas. El 95% de sus pacientes no pagaba nada. Familias provenientes del medio rural, sin recursos económicos, lo buscaban para recuperar su salud. Más tarde, le llevaban un guajolote o productos de su milpa, como una cuota simbólica. Para hacer frente a los gastos, vendió las propiedades que había heredado para pagar el uso de quirófanos y cuartos en hospitales, así como los servicios de anestesiólogos, enfermeras e instrumentistas.
Sergio administró los fondos de las herencias y bienes de la familia para mantener con dignidad a sus tías, primos y sobrinos. Fue un hombre convencido de hacer el bien, aportando sus conocimientos y habilidades para crear un mundo mejor.
Murió en Querétaro el 19 de abril de 2011. Sus restos reposan en la cripta de la iglesia de San Isidro.







