Francisco Alcocer Pozo: médico, filósofo, hombre de bien
Su legado
Por: Araceli Ardón
Comenzaré esta semblanza citando a Manuel Morales, “Clarinero”, a quien tuve el gusto de conocer. Este cronista taurino y escritor de ficción era colaborador de la revista Querétaro, publicación oficial, de feliz memoria. En 1989, Clarinero publicó: “Manuel Alcocer y Lupita Pozo son progenitores de Manuel, Juan, Guadalupe, Jesús, Luz María, Francisco, José, Salvador, María del Carmen, Loreto, Teresa, Dolores y Agustín. Sin excepción, los varones heredan el gusto por los caballos. Los chamacos Alcocer Pozo aprenden a jinetear, a lazar y a todas esas suertes de la charrería inherentes al campo. Sobre todo, se ahonda su amistad con el caballo y se cimenta muy bien en esos primeros años de vida”.
El gozo por la vida campirana que gozó la familia Alcocer Pozo en la hacienda San Pablo, de su propiedad, se intercalaba con los estudios en Querétaro y en la capital de la República; hijos e hijas tuvieron a su vez una descendencia numerosa y los primos hermanos se convirtieron en profesionistas, políticos, comerciantes y empresarios en muchas áreas del quehacer humano. Varios de ellos han dejado una huella indeleble en la vida queretana.
Francisco, sexto hijo del matrimonio Alcocer Pozo, nació en Santiago de Querétaro el 1 de mayo de 1919. Realizó sus primeros estudios en el Colegio Francés (que ya no existe). Era un niño inquieto por aprender todo, según lo describían sus hermanos. A los diecisiete años, salió de la casa paterna para estudiar en la Universidad Nacional de México, que obtuvo su autonomía más tarde, en 1944. En esa institución, se inscribió al mismo tiempo en dos carreras: Medicina e Ingeniería. Al cabo de un año académico, se decantó por su vocación médica.
A lo largo de su carrera, fue distinguido por sus profesores, de manera especial por el doctor José Castro Villagrana, su maestro de cirugía ortopédica. El joven estudiante llegó a ser jefe de practicantes en el Hospital General de México.
Una vez concluidos los estudios formales, regresó a su tierra natal y realizó su servicio social en el poblado de Ezequiel Montes. Los fines de semana atendía un consultorio en el barrio de Texas, en Hércules, hoy delegación Cayetano Rubio del municipio de Querétaro.
En 1942, fue nombrado jefe de servicios médicos de la Plaza de Toros Colón, ahora desaparecida, que se ubicaba en la actual esquina de las avenidas Colón y Zaragoza. Apasionado de la fiesta brava, el doctor Alcocer tuvo oportunidad de atender a los matadores que se jugaron la vida en el ruedo.
En 1944, fue designado director del Hospital Civil, en ese momento ubicado en el inmueble que había sido Real Colegio de Santa Rosa de Viterbo. En esa responsabilidad, le tocó atender y dirigir la atención médica a los accidentados de un choque ferroviario en Cazadero, la mayor tragedia ocurrida en la historia de los ferrocarriles de nuestro país.
En ese mismo año, 1944, contrajo nupcias con Bertha Herrera Vega, oriunda de Cadereyta de Montes, con quien procreó nueve hijos, tres de los cuales siguieron sus pasos del oficio de curar.
Con entrada por la calle de Reforma, construyó el Sanatorio Alcocer, que ha sido un espacio de salud donde nacieron miles de queretanos. Dice su hijo Miguel: “En ese peregrinar de 43 años de médico, realiza más de 30 mil intervenciones quirúrgicas perfectamente documentadas en su diario de quirófano. Atiende primordialmente a clientela del medio rural y en lo científico logra diversos reconocimientos en México y en España en el terreno de la cirugía taurina, aportando nuevas técnicas de atención de heridas por asta de toro. En otra de sus querencias, la filosofía, representó a la Universidad Autónoma de Querétaro junto con Antonio Pérez Alcocer en la Universidad de Salamanca, España, en un congreso de estudios filosóficos”.
Fue maestro fundador de la Facultad de Medicina en Querétaro, donde impartió la cátedra de Historia y Filosofía de la Medicina, además de ser maestro de Filosofía en el Seminario Conciliar. Nunca dejó de atender su verdadera pasión, el quirófano, pero se dio tiempo para estudiar y escribir.
En su faceta de escritor publicó tres libros: Acueducto, compilación de relatos; Juanito Calzones, novela; y Mis puntos de vista, una antología de sus textos publicados en periódicos y revistas. Todos los días acudía a la cena en casa de su madre y se convirtió en consejero y adalid de toda una estirpe de apellido Alcocer.
Viajero incansable, recorrió todos los países que le fue posible. Así mismo, pudo cumplir con otra gran afición: la monta de sus caballos y el toreo en su faceta de aficionado práctico, actividades que no dejó de hacer hasta unos días antes de su muerte. Tenía el amor por los animales desde los días de vacaciones de infancia en la hacienda San Pablo.
Dueño de una memoria a prueba de fuego, excelente conversador, compañero y gran amigo, toda su generación médica acudía año tras año a Querétaro a pasar la navidad. Siempre en constante crecimiento intelectual, pasados los 60 años, estudió en la Alianza Francesa para hablar la lengua que más le atraía y obtuvo una especialización en Filosofía, cátedra que impartió hasta poco antes de su muerte.
Sus fiestas de cumpleaños eran todo un acontecimiento, la música comenzaba con el corrido Rosita Alvírez y en su mesa departían personajes como su tío Agapito Pozo Balbás, Juan Guerrero Alcocer, Pedro Fernández Rubio y Alberto Macedo Rivas.
La fiesta de la Independencia en septiembre nunca pasó de largo; vestido de charro daba el grito y aprovechaba para dar una clase dedicada a las herencias culturales que se dieron entre México y España; conocía ese país y su historia incluso mejor que sus amigos nacidos en la península ibérica.
Miguel Alcocer Herrera declara: “Es difícil encontrar personas que amen tanto a su familia y a su país, a su ciudad y a sus pacientes. Sin esperar nunca reconocimientos, los tuvo todos. El día que falleció, como un pequeño homenaje que seguramente escuchó desde el cielo, sonaron todas las campanas de las iglesias de Querétaro. Quienes vivieron cerca de este personaje, a cuarenta años de su partida con apenas 66 años de edad, no dejan de recibir muestras de agradecimientos por favores recibidos del doctor Pancho, como era cariñosamente llamado”.
Dirigió su hospital con disciplina y entrega hasta su muerte, acaecida en noviembre de 1985.







