Rosalío Solano
Desde la cima de la peña de Bernal se puede ver el inicio de la Sierra Gorda; este monolito, que protege como un guerrero al pueblo San Sebastián Bernal, fue el detonador de fantasías en la mente del niño Rosalío Solano Quintanar, quien nació el 30 de agosto de 1915 en la casa familiar, ubicada en ese mágico espacio urbano, perteneciente al municipio de Ezequiel Montes.
Al nacer este pequeño, todavía se escuchaban las detonaciones de la Revolución Mexicana. Faltaba un año para que el presidente Venustiano Carranza se decantara por la ciudad de Querétaro para convocar a los diputados al Congreso Constituyente de 1916-1917. A los seis años de edad, Chalío perdió a su padre, llamado también Rosalío Solano, quien murió a los 34 años, dejando a su familia desprotegida. Ausencia Adelaida Quintanar, madre de María, José, Ausencia, Rosalío y Antonio, viuda a los 25 años, decidió migrar a la capital de la república con su prole. Por desgracia, ella murió ocho años después, cuando Chalío contaba catorce. Era apenas un adolescente cuando tuvo que buscarse el sustento, por lo que se volvió aprendiz de ebanista y más adelante encontró una oportunidad en el mundo del cine, que lo arropó y le dio un sentido a su vida.
A los dieciocho años, en 1932, logró un empleo como asistente de producción del director Miguel Zacarías, en la filmación de la película Sobre las olas, que narra la vida del compositor Juventino Rosas, nacido en el municipio que hoy lleva su nombre, en el estado de Guanajuato. El muchacho queretano tenía la responsabilidad de cargar cables y reflectores. Su mirada, sin embargo, iba mucho más allá. Al conocer a Guillermo Baqueriza, cinefotógrafo, quedó fascinado por las imágenes fijas y en movimiento. Así fue que formó parte del equipo fundador de la Unidad Estrella, la primera de rodaje fija que hubo en el cine nacional, que en ese momento iniciaba su época de oro.
Su maestro definitivo fue Gabriel Figueroa, quien lo contrató como asistente para la película La Adelita, en 1937. Otros maestros suyos, de quienes aprendió mientras generaban escenas y resolvían problemas técnicos, fueron Ross Fisher, Jack Draper, Alex Philips Jr., Jorge Stahl. Solano, a lo largo de los años, reconoció la benéfica influencia de Alex Philips en su formación no sólo como artista de la lente, sino como ser humano. Era entonces un muchacho de pueblo, inmigrante en la metrópolis, que se volvió pieza indispensable en las locaciones de filmación gracias a su don de gentes, amabilidad y disposición para tratar a estrellas de cine, directores, compositores, ingenieros de sonido, representantes de los estudios y todos los que participan en la industria cinematográfica: de los extras a los inversionistas.
En 1941, Rosalío Solano contrajo matrimonio con Sofía Aupart González. De sus hijos, quedan en los registros los nombres de Alejandro, Rosa María, Laura y Sofía. Esta familia donó los objetos que hoy forman su museo, en su pueblo natal.
En 1950, tuvo su gran oportunidad: debutó como cinefotógrafo para la película Doña Clarines, dirigida por Eduardo Ugarte, quien había llegado a México en calidad de refugiado de la Guerra Civil Española, como su compatriota Luis Buñuel. En ese mismo año, Solano filmó Deseada, con Dolores del Río, en Yucatán; realizaba esa película cuando obtuvo el reconocimiento más importante de esa etapa de su carrera: Manuel Álvarez Bravo le dijo: “Usted nació fotógrafo”.
Andrés Garrido del Toral escribió: “Fue reclamado por las luminarias más bellas, entre ellas María Félix, que en La Valentina (1955) lo halagó asegurándole que nadie la había sacado tan hermosa, puesto que la proyectaba hasta el máximo de sus encantos. En esa ocasión es cuando la bella mujer le impone el mote de Brujo, por su capacidad de captar lo mejor de cada rostro, componiendo hasta al más feo. Las hijas de don Rosalío me dicen que para esa película su padre ordenó a la maquillista de la Félix que le quitara maquillaje y la dejara más al natural, agradeciendo La Doña tal decisión una vez que supervisó la fotografía”.
Fue cinefotógrafo de películas para niños, de varias cintas protagonizadas por Cantinflas, filmes de época, musicales, comedias, dramas urbanos y rurales, melodramas y tragedias. En todas sus producciones dejó su sello de calidad.
Filmó más de doscientas películas. Obtuvo la Diosa de Plata y fue nominado a diversos premios por las fotografías de Dos mundos y un amor (1955), Talpa (1957), Un mundo nuevo (1958), Los marcados (1972), La pachanga (1983) y obtuvo el Ariel por Talpa (1957). En 1999 recibió la Medalla Salvador Toscano.
En el año 2000, el Municipio de Querétaro le rindió un homenaje a al cambiar el nombre del antiguo Teatro de la Ciudad a Cineteatro Rosalío Solano. En 2014, en Bernal se inauguró un espacio cultural en su honor llamado Museo del Cine Nacional Rosalío Solano, que alberga los premios que el artista recibió a lo largo de sus más de 60 años de trayectoria artística.
Sara Feregrino, miembro del Patronato Bernal Pueblo Mágico A.C., describió a Rosalío Solano como un enamorado del cine, de la vida, de sus amigos, de su familia. “Un enamorado de su pueblo, que nunca dejó de venir a Bernal, porque siempre fue un queretano muy orgulloso de haber nacido en estas tierras”, detalló.
Rosalío Solano murió el 20 de agosto de 2009 en su residencia de Cuernavaca, Morelos.








Me gustó mucho tu narrativa, querida Araceli; es tan fresca como amena que, como es ya un sello en tu obra, siempre enriqueces mi conocimiento de personajes brillantes, hijos de este hermoso Estado de Querétaro, que tanta cultura a dado a nuestro amado México. Muchas gracias.
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