Manuel María de la Llata
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Don Manuel fue uno de esos hombres que tienen el privilegio de ejercer varias profesiones de manera simultánea, que gozan de la vida en una forma intensa. Fue músico, fotógrafo, gimnasta, explorador, historiador, columnista y poeta. Con gran pasión, fue un defensor del patrimonio cultural, arquitectónico y artístico del país. Dedicó sus últimos años a escribir columnas publicadas en el periódico Noticias, compartiendo sus opiniones sobre un mundo al cual vio cambiar desde una ciudad que se iluminaba con la luz de las velas hasta la metrópolis que fue escenario de su partida.
Era un caballero de finales del Porfiriato que vivió casi todo el siglo XX. Nació el 24 de marzo de 1891, en la casa familiar, ubicada en el número 12 de la actual calle de Madero, justo donde se inicia el pasaje De la Llata.
Tuve la valiosa oportunidad de entrevistarlo en febrero de 1987, en su departamento decorado en color rojo: sillas, sillones, cojines de terciopelo, un biombo, todo rojo. Tenía ya 96 años y organizaba su tiempo para escuchar la radio, ver la televisión, leer y escribir, dedicándose a lo que más le gustaba: ser feliz.
Orgulloso y satisfecho de sus logros, amable y con un sentido del humor que daba giros inesperados a la charla, hablaba de su vida, en la que bien cabían varias vidas.
Cuando era niño, su familia era dueña de la hacienda de Tlacote el Alto, donde pasaban largas temporadas. Así, creció con la oportunidad de practicar varios deportes, entre los cuales sobresalía el senderismo, y a lo largo de las décadas escaló muchas montañas.
Hizo sus primeros estudios en Querétaro y estudió piano con el maestro Hernández. Otros maestros suyos fueron Luis Balvanera y Manuel Amaya. En 1911, se mudó a la Ciudad de México, donde recibió lecciones de Luis Moctezuma. Otros profesores de la época, como Carlos Meleses y Manuel M. Ponce, influyeron en su formación. Pronto se convirtió en instructor de piano y empezó a ir a publicar poesía y artículos en publicaciones literarias y periódicos como “El Universal”, “La Prensa”, “Querétaro”, “Revista de revistas” y “Jueves de Excélsior”. También fue vendedor de artículos de arte, y para ello viajó por toda la República durante cincuenta años.
“Escribía poesía, la de entonces, no lo que ahora llaman poesía. Yo entiendo que debe ser una obra musical que está escrita con medida, ritmo, acentuación, consonancia. Lo que ahora llaman poesía no tiene ninguna regla, porque lo que tiene que ser un verso lo escriben sin armonía. Primero una palabra en una línea, luego quince, luego veinte; eso no se llama poesía. Cómo se llama, yo no lo sé. El que lo escribe le buscará el nombrecito. Los actuales señores poetas escriben con incoherencias. Muchas veces ni ellos mismos se entienden”.
Sus primeros libros se titulan Ensoñación, de 1923; Sensitivas, de 1937; y Fugitivas, de 1968, que compila poemas del subgénero redondillas, en versos octosílabos.
Orgulloso de pertenecer a una vieja y tradicional familia queretana, creó un gran árbol genealógico que inicia con la llegada del patriarca español Lorenzo de la Llata, que arribó a Querétaro en 1750 como Capitán de Dragones de la Reina; fue enviado a la Sierra Gorda a pacificar la región. Con él venía su hijo, Manuel María de la Llata Sáenz, quien creció en Cadereyta, donde se casó con una señorita Barbero, cuyo padre fue benefactor de aquellas tierras.
El bisabuelo del escritor nació en la ciudad de Querétaro y se llamó José María de la Llata y Barbero. El abuelo fue Juan Antonio María de la Llata Lacávex y en varias etapas fue alcalde de la ciudad.
Los padres del poeta tuvieron once hijos: siete hombres y cuatro mujeres. Vivían en una casa enorme con tres patios y una huerta. El segundo y el tercer patio ocupaban la mitad del actual pasaje comercial. La huerta ocupaba el resto del pasaje, la calle 16 de Septiembre y algunos comercios de esa calle.
Su padre fue hacendado. Su último rancho se llamó La Guitarrilla, en San Juan del Río, que sufrió saqueos durante la revolución. Se vio en la necesidad de vender sus tierras y le quedaron a deber la mayor parte, ya que le pagaron con billetes en costales que no valían nada al terminar la lucha armada.
“Me tocó vivir la revolución. Desde luego conocí personalmente a los líderes y los vi entrar y salir de la Ciudad de México: Madero, Zapata, Villa, Carranza, uno por uno los conocí. En 1910, nuestra nación era una de las más ricas y progresistas del mundo. Lo lógico es que estuviéramos a la altura de las más desarrolladas. Si está entre las más endeudadas, pues no ha de ser por los magníficos gobiernos que ha tenido”.
Durante once años, fue director de la hemeroteca de la Secretaría de Hacienda, una de las más ricas de México. Formó parte del grupo de escritores llamado Ariel, al que pertenecían periodistas y autores de la talla de Agustín Yáñez. “Mi mayor interés es escribir contra la destrucción de las ciudades monumentales. Estuve en contra de la destrucción de Puebla, de Morelia, de San Luis Potosí, de Querétaro; me busqué enemistades en los gobernantes, porque de sus puras pistolas disponían de lo que no era suyo. La ciudades artísticas no tienen dueño porque no son propiedad ni de los gobiernos ni de los legisladores. Ningún gobernante tiene derecho a disponer de lo que no es suyo”.
Con voz firme, declaró: “No defiendo ni critico a nadie, son hechos: en 1861 comenzó la destrucción de Querétaro, por obra y gracia de los que se llamaban liberales, que cañonearon el convento grande de San Francisco y sus capillas. Quemaron ornamentos, pinturas, esculturas valiosísimas. El convento, por sí solo, traería más turismo de lo que trae el resto del patrimonio. Ocupaba cinco manzanas actuales, tenía cinco capillas primorosas, riquísimas en ornamentos. Había un patio parecido al de los naranjos, primoroso, con arcadas arriba y abajo. Todo se acabó. Santa Clara tenía once capillas interiores y 96 casas de religiosas, cada una tenía su casita. También ese convento fue destruido, destrozaron los retablos y quemaron las esculturas”.
Publicó varios libros sobre la historia de Querétaro, su gran amor. Fue inspector honorario de los monumentos de la República. En 1978, recibió un homenaje por parte de la Sociedad de Periodistas y Escritores, por sesenta años de escritura, así como el Premio Nacional de Historia. Se le otorgó el premio Mexica de Historia, y en 1985 recibió el premio Heriberto Frías en la ciudad de Querétaro. En 1989, la Asociación Civil Tradición y Cultura, reconoció su trayectoria y la Sociedad Prodifusión Cultural, le otorgó un diploma por su brillante y constante labor.
Murió el 12 de julio de 1994.







