Fernando Loyola Fernández de Jáuregui
Su legado
Tengo en las manos la tesis escrita por Alonso Hernández Prado, para obtener el título de doctor en Artes en la División de Arquitectura, Arte y Diseño de la Universidad de Guanajuato. El tema de la investigación es: “Análisis literario y musical en obras del compositor Fernando Loyola, 1885 a 1946”.
Eso es trascendencia: que la obra producida por un artista, un siglo después de haber sido creada, sea tema de un análisis con el cual un estudiante de doctorado recibe su título. En este caso, se trata de un compositor, músico y promotor de la cultura que vivió entre los siglos XIX y XX en la pequeña, linda y conventual ciudad de Santiago de Querétaro.
Don Fernando tuvo una vida de leyenda: nació en la hacienda de Juriquilla, el 24 de agosto de 1873. Don Bernabé Loyola, su padre, originario de Tlalpujahua, Michoacán, era un tenedor de libros, profesión que antecede a la contaduría pública. Fue contratado por don Timoteo Fernández de Jáuregui, propietario de las haciendas de Juriquilla y La Solana, para llevar las finanzas de sus negocios.
Don Timoteo era heredero del título del sexto Marqués de la Villa del Villar. Catalina, su hija, llevaba su correspondencia, por lo que tuvo oportunidad de conocer al joven contador, quien se enamoró de la joven y pidió a su padre la mano de su amada. El matrimonio se realizó con todos los ritos y costumbres de la época. Tuvieron cinco hijos; los últimos dos fueron gemelos: Fernando y Luisa. Este parto tuvo tales complicaciones que Catalina murió y los bebés nacieron huérfanos. María Dolores, hermana de Catalina, se hizo cargo de la crianza de sus sobrinos y más tarde se casó con Bernabé, joven viudo. En este segundo matrimonio hubo doce hijos.
Este no fue un caso único. Las condiciones en que las mujeres daban a luz con frecuencia conducían a la muerte de las jóvenes madres. El viudo, por lo regular un muchacho que no podía atender a sus pequeños, pedía ayuda a sus cuñadas, casi siempre hermanas solteras de la esposa. Los hijos de ambos matrimonios eran a la vez hermanos carnales, medios hermanos y primos hermanos.
Bernabé y su padre, José Francisco, fueron senadores de la república. Un hermano de Fernando, Carlos, fue gobernador del estado durante la presidencia de Francisco I. Madero. Varios parientes más ocuparon posiciones de poder.
Entre los compositores que influyeron a Fernando Loyola podemos citar a los frailes franciscanos Salvador Hernández, Antonio Linaz y Antonio Margil de Jesús, activos en los siglos XVII y XVIII, además de José Guadalupe Velázquez, Agustín González y Cirilo Conejo Roldán, contemporáneo de Loyola. Este último, en carta firmada el 10 de abril de 1946, escribió a Loyola: “Mi buen amigo: Me proporciona usted un verdadero placer al participarme que sus obras musicales, dentro de breve tiempo, verán la luz pública. Con sinceridad y sin pretender adularlo, digo a usted que su nombre de artista será probado en las páginas de nuestra ya gloriosa historia queretana, circundado con el lauro de compositor inspirado”.
Ángel Esteva Loyola, biógrafo del compositor, afirma: “En la época de formación del pequeño Fernando, las familias distinguidas de nivel social acostumbraban que la preparación de los hijos se complementara dándoles clases particulares con maestros que llegaban a las haciendas, fincas y casas señoriales a prepararlos en los diversos campos del conocimiento, incluso, en algunos casos, era la única educación que estos niños recibían”.
Su formación como músico fue en gran parte autodidacta, para lo cual requirió de una enorme disciplina y constancia. Aprendió a tocar el piano recibiendo clases particulares de un maestro de apellido Guerrero y después con Miguel Romillo, pero la práctica y el perfeccionamiento en la ejecución corrieron por su cuenta. Loyola recibía de la Casa Wagner partituras y métodos de composición que aprendía por su cuenta.
Las principales ocupaciones de Loyola eran la agricultura y la administración de las haciendas: tierras, ganado y oficios vinculados al manejo de la tierra. Pero ocupaba su tiempo libre en escuchar música en conciertos o en veladas realizadas en casas particulares; casi todas las jóvenes de su época eran pianistas, cantaban y declamaban poesía en tertulias.
Uno de los músicos favoritos de Loyola fue Ricardo Castro, llamado “El Liszt Mexicano”, quien había estudiado piano y composición en Europa, con el apoyo de Porfirio Díaz. Castro ofreció un recital en Querétaro al que asistió Loyola. Según sus biógrafos, esta experiencia influyó en el hecho de que Loyola se dedicara a ser promotor de conciertos y productor del programa de radio “Tradición de la provincia mexicana”, que transmitía a través de la estación XENA.
En esos micrófonos, presentó en vivo a artistas mexicanos y europeos como el arpista español Nicanor Zabaleta, y también interpretó sus propias composiciones al piano o acompañado por su orquesta. Fue director de la Sociedad Filarmónica Santa Cecilia.
En la hacienda de Juriquilla, se organizaban fiestas de cumpleaños y los onomásticos de los miembros de la familia, además de Navidad, Año Nuevo y otras celebraciones. Dice Esteva: “Cuando era el santo de don Bernabé, duraban los festejos ocho días en los que, cosa curiosa, no se tomaba vino, ni se hablaba de política ni de religión, ya que el señor Loyola era liberal y el señor Fernández era conservador. Dichas fiestas consistían en tertulias, pues todos los hijos de don Bernabé cantaban, tocaban el piano, la guitarra y diversos instrumentos: además los invitados también formaban parte en ellas”.
En la comunidad, se había formado un coro para musicalizar los oficios religiosos. Las familias de la región organizaban conciertos, tardeadas poéticas, zarzuelas y otros bailes; la compañía artística de la familia se hizo llamar “Los Hijos del Mosquete”. Este grupo ofrecía espectáculos que habían requerido ensayos, con vestuario y escenografía. Fernando Loyola participó desde niño, y con el tiempo fue director, ejecutante y compositor.
Alonso Hernández afirma que a finales del siglo XIX “se hacían dos horas y cuarto a caballo desde el centro de Querétaro a la hacienda de Juriquilla. Para los invitados, asistir a las tertulias suponía un viaje y una fiesta”.
El compositor se casó en 1913 con Leonor Urquiza Figueroa, hija de los dueños de la hacienda de Jurica. Viajaron a Europa de luna de miel por seis meses y a su regreso, ella embarazada, se mudaron a una preciosa casona de la actual calle 16 de Septiembre, a un costado de la Congregación. Hasta hace pocos años, descendientes de don Fernando ocuparon esta mansión que tenía oratorio con su altar y vestiduras sacerdotales, recámaras con camas de latón, salones con los instrumentos del compositor y una habitación dedicada al equipo de radio de onda corta de su hijo Fernando, quien se comunicaba con sus colegas alrededor del mundo.
Al traspasar el zaguán, el visitante cruzaba una línea de tiempo, dejando atrás el presente al entrar a finales del siglo XIX y principios del XX, época en la cual se fabricaron sus muebles, tapices, adornos de cerámica, vajillas francesas, encajes belgas, alfombras orientales, plata y cristalería. Los armarios estaban repletos de ropa hecha a mano con telas finísimas, cuidada con esmero a través de los años; vestidos de novia, trajes de caballero y atavíos de teatro.
El matrimonio tuvo dos hijos varones: Fernando, quien se dedicó a la agricultura y tuvo varios hijos, y Santiago, quien murió a los doce años.
La vida de este artista fue prolífica; sus composiciones merecen ser rescatadas de los archivos y llevadas a los atriles de nuestras orquestas.







