domingo, mayo 10, 2026
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Cuando abrimos el arcón de la memoria / Teresita Balderas y Rico

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Existen momentos en los que tenemos tanta energía, que querríamos comernos al mundo en pedazos, cuando es el mundo quien nos come.

Tenemos ilusiones e ideas que se tornan en proyectos. Nuestro ideal es: estudiar, trabajar para construir las columnas que sostendrán el desarrollo de nuestra vida.

En la escuela primaria, me gané la confianza de mis maestros, quienes me daban varias comisiones. Me convertí en pequeña líder. Cuando ingresé a la secundaria ya tenía experiencia. Las clases en la secundaria eran de las ocho a las catorce horas, de lunes a viernes, los sábados de ocho a doce. En ocasiones incluso nos quedábamos más tiempo.

Los sábados podíamos asistir sin uniforme, nos vestíamos a nuestro gusto. Como cualquier adolescente, me gustaba lucir lo que tenía, no era ropa de marca, pero sí bonita. En mi casa me daban cinco pesos de domingo. Tal como recibía el dinero, pasaba a las manos de la señora que nos vendía la ropa en pagos semanales. Esa suma era bien invertida en ropa y en zapatos tipo italiano de tacón alto.

A mis amigas y a mí nos encantaba ir a la escuela los sábados.

Vivir la educación primaria y secundaria en plenitud se tradujo en experiencias inolvidables, que fortalecieron mis esperanzas de continuar estudiando.

Pertenezco a una generación que ha podido observar y vivir cambios significativos suscitados en el mundo.

Me siento afortunada por haber sido testigo de cambios sociales, ideológicos, científicos, tecnológicos y culturales de la humanidad. He aprendido a disfrutar las etapas de mi vida, sobre todo en la adolescencia. Ésta la viví en la década de los sesenta del siglo XX, cuando la juventud del mundo se rebelaba, rompiendo los añejos esquemas dictatoriales y de sumisión. Salían a las calles a manifestarse

contra la opresión política, económica, las amenazas a la prensa libre. Aquellos valientes se atrevían a decir la verdad, no la versión gubernamental que en lo general era falsa. Eran mujeres y hombres de grandes ideas libertarias, que luchaban contra la injusticia hacia la gente vulnerable; eran encarcelados, algunos permanecían muchos años encerrados sin que se les dictara sentencia. No todos lograron sobrevivir.

En señal de protesta, los chicos se dejaron crecer el pelo y la barba, usaban ropa de colores vivos. Las mujeres fueron las reinas de la moda, usaban faldas largas tipo hippie o bellas minifaldas. Había varios tipos de pantalones para las chicas: unos llamados pesqueros que llegaban a la rodilla, otros a la cadera, su complemento era la panti blusa. Los pantalones pata de elefante fueron muy famosos, eran muy amplios de la rodilla hacia abajo, parecía que en cada pierna se traía una falda.

Las décadas de 1960 y 1970 fueron testigos de una revolución cultural.

La educación familiar y escolar eran muy estrictas. Desde niños nos enseñaban a respetar a los padres, maestros, a ceder la banqueta a un adulto con años acumulados.

Cuando quería ir al cine, pedía permiso con un mes de anticipación, la película no necesariamente era la que quería ver, lo primordial era conseguir el permiso, y tener la paciencia de Job. Si cometía algún error en las tareas asignadas, me decían: “¿Así quieres que te dé permiso de ir al cine?”

Tuve la fortuna de bailar en las tardeadas. Eran de cuatro a seis treinta. Vendían vasitos de refrescos La Victoria, Coca Cola o aguas frescas de limón, tamarindo u horchata. Impensable que vendieran bebidas alcohólicas, eso habría sido un pecado mortal, además iría en contra de los usos y buenas costumbres de la época.

Bailábamos rock, ya cansadillos seguíamos con danzón, chachachá, y, alguna otra romántica. Sabíamos divertirnos sanamente.

En mi casa no se acostumbraba a escuchar la música de moda de aquellos años. Lo bueno fue que, nos reuníamos en la casa de una

amiga para trabajar en equipo, haciendo las tareas que habían dejado los maestros. En la casa de nuestra amiga, sus papás sí permitían que escucháramos rock, las hermosas baladas de famosos cantantes, como: Enrique Guzmán, César Costa, Alberto Vázquez, Los Hermanos Carrión, Angélica María, Julissa, Los Beatles y otros más.

Cuando estudiaba secundaria, gobernaba en Querétaro el licenciado Manuel González de Cosío. Cierto día solicitamos una cita para hablar con él, una semana después nos recibió con amabilidad. Le pedimos que fuera nuestro padrino de graduación, la respuesta fue afirmativa, nos preguntó acerca de lo que necesitábamos para nuestra graduación.

Dicen que la ignorancia es atrevida. El comité de graduación le dijo que necesitábamos un salón para la cena baile, a la cual asistirían todos los alumnos, maestros y padres de familia. Cuando nos dijo cuál sería el lugar, gritamos de alegría, agradecimos saludándolo de mano y dándole muchos abrazos.

Salimos muy felices del Palacio de Gobierno que estaba en la calle de Madero. Nuestra cena baile fue en La Casa de la Marquesa, recién restaurada. Un sueño hecho realidad. Cuando se trabaja en equipo participando todos con responsabilidad, se pueden lograr las metas planteadas.

Vivo la primavera de mi otoño. Al abrir el arcón de la memoria, pude ver a aquella chiquilla y a su equipo trabajando arduamente, con la finalidad de reunir lo necesario para nuestra soñada graduación.

No cabe duda: la memoria guarda todo lo que hemos vivido en el transcurso de nuestra vida.

Como bien dijo García Márquez: vivir para contarla.

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