domingo, abril 19, 2026
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Conversando con mi soledad – Teresita Balderas y Rico

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La soledad suele ser buena compañera cuando aprendemos a hablar con ella. El filósofo José Ortega y Gasset expresa: “El espacio y el tiempo para la reflexión son un lugar sagrado” Se requiere un tiempo y espacio consigo mismo para penetrar en ese lugar sagrado, que es un acercamiento con el propio ser.

El acercamiento no es fácil, es complejo. En ocasiones, el miedo detiene la intención, espanta al sujeto, ya que dialogar con el ser no es nada sencillo. Algunas veces resulta aterrador, sin embargo, es recomendable hacerlo. El carácter se templa y el espíritu se fortalece. 

Es interesante descubrir los caminos que llevan al encuentro con nuestra soledad. En los primeros pasos hay cierto temor, al no saber lo que encontraremos; pero, al insistir, abrimos los caminos. El poema “Soledades” de Lope de Vega, me orienta y sugiera hacerlo con mayor frecuencia.

“A mis soledades voy, / de mis soledades vengo, / porque para andar conmigo / me bastan mis pensamientos”.

En estos versos subyace un sentir filosófico. Puedo estar rodeada de familiares, amigos, compañeros; pero ante la ausencia de empatía, mi soledad es la que está. Finalmente, en el vivir y morir, solo me tengo a mí. Cuando se está en el umbral de la muerte, se toma consciencia de que hay vida y cuando se logra sobrevivir, ésta es valorada. Esta experiencia permite amarla en compañía, pero sobre todo en soledad.

Ella se presenta en diversas formas: hay veces en que la soledad es bruma, antesala de la dorada luz solar. Mi curiosidad y cierta rebeldía, me han llevado a cuestionar acciones propias y ajenas, en aras de entender a mi ser. Este atrevimiento me ha llevado a visitar el lugar sagrado del que habla Ortega y Gasset. He estado ahí en distintos momentos y por diversas causas: en alguna situación problemática o bien, para celebrar el éxito. Pensar la felicidad.

En la década de 1950, adquirí una enfermedad llamada tos ferina, considerada mortal en aquellos años. Las crisis eran terroríficas, el toser continuo no permitía que entrara aire a los pulmones, pocos niños sobrevivían a ella.

Soy una sobreviviente. Confieso que cuando he visitado el umbral de la muerte, al retirarme salgo fortalecida y amando a la vida, por haber ganado una batalla. Entonces me doy un espacio y tiempo para conversar con mi soledad. Ella llega a mí vestida de colores: a veces de color azul, otras, de verde. También le gusta el tono naranja, y, como dice el estribillo de una canción: “Se pinta la sonrisa de carmín, se cuelga el bolso que alguien le regaló. Aquel vestido rojo que no había estrenado lo estrena ya”. Mi soledad se viste según la ocasión, no podría ser de otra manera, es una forma de celebrar la vida.

“A mis soledades voy / de mis soledades vengo”, hermosos versos que orientan a dilucidar sobre el concepto de soledad. Desde mi perspectiva, en múltiples ocasiones se le ha conceptualizado erróneamente, a la soledad se le mira con cierto temor, me pregunto el porqué. Las respuestas suelen ser múltiples. Lo relevante es rescatar el diálogo consigo mismo. Atreverse a conocerse para no sentirse solo. Me queda claro que debo estar segura de mí, para visitar el lugar sagrado.

Si aprendemos a estar con nuestro propio ser, jamás estaremos solos, en el entendido de que soledad es ausencia de acompañamiento, paradójicamente, se puede estar rodeado de cientos de personas y en realidad estar solo, dado que multitud no es sinónimo de compañía.  

Me parece muy interesante la tesis de Ortega y Gasset, al mostrar que existen tantas cosas para los seres humanos y que pasamos gran parte de nuestra vida sin darnos cuenta de su existencia. Algunos humanos tardan en desarrollar la conciencia de esas cosas que están ahí y que, sin ellas, podríamos no existir.

Voy a darme más tiempo para ir y venir de mi soledad. Pensar, razonar, amar y crear. Sentirme plena al saber que soy yo y estoy en mí. Es tan corto el tiempo prestado en este fragmento del cosmos, que resulta criminal desperdiciarlo en cosas fatuas.

Necesito prender la luz de mi entendimiento, para no ver al mundo solamente desde sus dualidades. Comprender, por ejemplo, que la oscuridad es la ausencia de la luz, la alegría la ausencia de la tristeza. Que entre el negro y el blanco hay varias tonalidades. Como afirma San Agustín: “El error es la carencia de la verdad”.

En tiempos convulsos es fácil perder el camino, aunque hayamos creído que caminábamos con dirección al éxito. Sin embargo, los avatares de la vida tenían otros planes para los que no estábamos preparado. Es un momento donde la templanza del sujeto se encuentra en una encrucijada, una densa nube oscurece su pensamiento, si no está preparado para enfrentar los cambios, perderá lo que había creado. Se siente solo, atrapado. El camino que había andado con seguridad ha desaparecido.

Ante situaciones como ésta, saber dialogar con nuestro interior nos permite pensar, razonar y crear alternativas adecuadas al proyecto que no está del todo perdido.

“A mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque para andar conmigo me bastan  mis pensamientos”.