martes, febrero 7, 2023

Asaltantes asustadizos – Rodolfo Lira Montalbán

El amanecer fue apacible y fue cálido, perfecto para una caminata. Esa madrugada de verano tenía los ingredientes necesarios para el disfrute del campo, a condición de que éste se practicase a temprana hora. El sol calentaba tanto el suelo después de las ocho, que sufrirían las patas del perro y los pies del sujeto que se encontraban a ambos extremos de la correa. Algo inusual captó su atención a la mitad del camino: una nube de polvo levantada por un vehículo a gran velocidad, que se acercaba cada vez más y que a punto estuvo de atropellarlos. El vehículo frenó con brusquedad. De él descendió alguien conocido. Se trataba de su vecino que, alterado, ahorró los saludos y pidió que caballero y perro subieran al auto. Era urgente, ya daría las explicaciones en el camino.

            En casa había quedado sola la esposa. Esa mañana, un dolor en el tobillo le impidió acompañar a esposo y perro. El sueño ligero que a esa hora ella ya estaba por abandonar, fue interrumpido por los ruidos que escuchó abajo en la cocina. Era extraño: los brillantes números verdes del reloj despertador indicaban las 7.30. Él habría salido como todos los días, a las siete, y sus caminatas habituales duraban una hora como poco. Los ruidos eran cada vez más fuertes y más fuera de lo normal. Ella olvidó su dolor de tobillo y salió de la recámara. Un reflejo en el ventanal de la escalera hizo que sus pies y sus niveles de adrenalina saltaran. Era claro: esos reflejos no pertenecían a su esposo. La pistola que empuñaba la imagen no era parte de la indumentaria deportiva que él acostumbraba a esas horas.

            Ella corrió a refugiarse en su habitación, atrancó la puerta y dio dos vueltas al cerrojo. Lo hizo con tanta energía, que los sonidos que provocó viajaron hasta los oídos del dueño de la imagen del ventanal y del arma empuñada. El sujeto era parte de un grupo de tres maleantes, o cacos, o jijos de su pelona madre que en ese momento hurgaban en los cajones del comedor. Lo hacían con desparpajo y con la seguridad que les daba el saber que a esas horas la casa estaría sola y a su disposición. 

            No supieron lo que hacían. La aguda inteligencia de la dama escondida y las maratónicas sesiones de series y de películas policiacas atendidas, le otorgaron amplios conocimientos y tácticas. Aplicó, aquí, las últimas de su repertorio:

            “Habla fuerte, que no te escucho. ¿Eres el de la patrulla? Sí, sí es aquí, en el 242 de Bellavista. ¡No! No Buenavista. ¡Bellavista! Puerta negra. Sí, hay un coche afuera. ¡No! naranja, no. ¡Rojo! Ese es el de mi vecino. ¡Ya! Ya estás cerca. ¡Apúrate! Son como tres, están armados. Están en la cocina. Ustedes disparen. ¡No! ¡No los agarren! ¡Disparen!”

            La inexistente patrulla y su operativo de rescate solo transitaban en los gritos de la dama, que se escucharon lo que sigue de fuerte y claro: aterradores. Uno de los rufianes, forajidos o cerdos inmundos, subió al segundo piso. Golpeó la puerta con fuerza, al tiempo que desembuchó todo el ramillete de frases escatológicas que, en un asalto, se deben dirigir a una doncella que no quiere abrir la puerta.

            Ella escuchó los improperios sin inmutarse. En sus múltiples experiencias en el tráfico de la ciudad, ya había conocido esos y peores enunciados. Desde maldiciones, mentadas de madre, hasta deseos de muerte. Sus oídos registraban esas señales y las canalizaban a la mierda sin filtros ni remordimientos.

            El resto de la banda, emplazada entre la cocina y el comedor, se comió completitas y sin sal, todas las argucias de la dama. 

            —¡Córrele, manito! Esta vieja ya le habló a la policía.

            —Pélate, carnal. Ora sí ya nos pepenaron. Ya está afuera la patrulla.

            El bandolero, cacomiztle o pinche animal que todavía seguía neceando con abrir la puerta de la alcoba de la dama, escuchó las órdenes desesperadas de su líder y abandonó la labor. Los tres salieron a toda carrera. Atravesando lotes baldíos, brincando bardas y espinando sus personas entre cardos y nopales silvestres, abordaron al fin el automóvil Tsuru que los esperaba en la esquina. Con su poderoso motor de 1.6 litros, cuatro cilindros y 105 caballos de fuerza, salieron volando.

            El angustiado marido, su perro babeante, y el vecino del coche babeado, llegaron por fin a la escena del crimen. O del presunto crimen. Patrullas con sus torretas encendidas, vecinos y vecinas con los pelos parados, pijamas de todos gustos, malos y peores. Todos estaban ahí. Todos al pendiente. Todos estorbando. Todos en el chisme. Todos menos unos: los albañiles de la obra situada al frente del domicilio en cuestión. De quienes a partir de ese día no se supo más, como tampoco de su poderoso Tsuru.

www.paranohacerteeltextolargo.com

Twitter: @LiraMontalban

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