“Te pedimos por nuestro hermano Rodolfo, a quien llamaste de este mundo a tu presencia.”

Todo era oscuro a mí alrededor, no sentía mi cuerpo, ni frío ni caliente. El olor a flores de iglesia nunca me ha gustado y me dieron ganas de estornudar, pero no pude.  Fue en ese momento cuando caí en la cuenta de que, si olía a iglesia y la frase que escuché tenía dedicatoria para mí, luego entonces,  el  muerto  era  yo.

No terminé de asimilar mi nueva condición, cuando sentí una extraña y enorme fuerza que me succionaba del ataúd. Mi cuerpo quedó ahí, inerte, ahora lo podía ver, así como al cura con sus satélites monaguillos y a mi familia y amigos, cabizbajos.  Aceptando mi suerte, consideré apropiado dar las gracias a mi cuerpo y a mis deudos por todos estos años de compañía, pero ya no me dio tiempo.

Las imágenes se desvanecieron para dar lugar a brillantes rayos de luz que me daban la impresión de pasar a gran velocidad alrededor de mí.  Esta extraña sensación sólo duró pocos segundos para mi fortuna porque, lo confieso, no fue nada agradable. 

Entonces lo pude ver. Era un gran salón de un blanco inmaculado, con ventanas enormes a través de las cuales solo se podían ver nubes en reposo.  Filas de personas se acomodaban en silencio y con gran orden. No fue difícil encontrar el lugar que me correspondía porque una gran bandera de México así me lo indicaba.

— ¡Bienvenido Roflo!—   me decía la voz que escuché a mis espaldas. — ¿Roflo?, Así me decía de cariño mi tía Ángeles. ¿Cuándo murió, que nadie me avisó?—  al voltear, me encontré con un señor de blanca túnica y grandes barbas blancas también, quien me inspiró una gran paz y confianza.  

— Sí, mi querido Roflo. Has adivinado, soy San Pedro y es mi deber advertirte una cosa. — me dijo consternado.  —Tenemos un pequeñito problema con tu trámite de recepción debido a la enorme fila de mexicanos por atender. —  Procedió a explicarme amablemente que, además de las muertes por causa natural y accidental, cada día, tristemente, estaban llegando más de 80 decesos ocurridos por muerte violenta. Por lo que el tiempo de espera de compatriotas para la revisión de su expediente y en su caso, ingreso al cielo, podría ser un poco lento, tal vez de algunos años.

Me ofreció entonces un conveniente trato, al que, debido a mi buen comportamiento en vida, era más que merecedor. Yo podía escoger entre permanecer en la fila del purgatorio algunos años equivalentes al tiempo terrenal, o, regresar a la Tierra a esperar mi turno en algo muy parecido al paraíso. Escogí obviamente el regreso. 

Ya para despedirme, le pedí sus consejos para disfrutar de esta nueva etapa en mi regreso a la tierra.  

Me entregó entonces, un pergamino con instrucciones precisas a fin de lograr una vida plena y tranquila en los años a la espera de ser llamado a mí turno, y que era, según su dicho, lo más parecido al paraíso que podía ofrecerme. 

Nos despedimos con un apretado abrazo y ¡claro está!, sus bendiciones.

Circula en los noticieros y en las redes sociales mi foto, captada en el momento preciso en que, resucitado y atolondrado, estoy saliendo del ataúd. Se puede apreciar también al cura y a sus satélites monaguillos cayendo desmayados y, en mi mano, un pergamino antiguo del que puede leerse el título: Los años dorados.

One Comment to: Otra oportunidad – Rodolfo Lira Montalbán

  1. Marisol Morales

    septiembre 23rd, 2020

    Esta exquisita metáfora, invita al lector -acompañado de un café- a reflexionar cuántas veces hemos estado “en fila” en ciertas situaciones en la vida y hemos tenido que tomar la decisión de “permanecer formados” o elegir nuestro próximo destino. Me encantó
    ¡Espero ansiosa la próxima redacción!